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02SEP2010

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Casa Peñalba

Bonita y nueva Casa rural de Lober. (Nuevo alojamiento)


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Escrito por CALAiTO

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TAGS: Historia
16DIC2009

Historia de jeijo

Navidades. Tardes de cuentos.

Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.
“Los Cuentos Vagabundos”
- Ana María Matute.

Seguramente las mañanas más frías en la ciudad de Doña Urraca sean las de enero. El primer día de escuela tras la vuelta de las vacaciones de navidad era una de aquellas, por lo que a la hora del recreo se agradecía el frágil calor del sol. A Jeijo le encantaba jugar al fútbol todos los días con los de su clase. Media hora aliviada de libros y lecciones restregando sus zapatillas y pantalones por una arena del patio salpicada de pequeños cantos rodados. Sin embargo, aquel día sus ojos reflejaban una angustia que se transfiguraba en pequeñas lágrimas que secaba con sus ateridas manos. Unas manos que le escocían por dentro, mezcla de rabia y de impotencia por revivir unos buenos momentos que se esfumaban como las luces de su ciudad entre la niebla nocturna. Le invadía un sentimiento de distancia, de vacío y de soledad interior mientras recordaba una alegría y una euforia que habían desaparecido, y que extrañaba.

Aunque de lejos podía parecer que jugaba en uno de los campos de fútbol del patio con el resto de sus compañeros, no hacía caso al balón. Deambulaba por el amplio espacio de recreo como un vencejo con el ala rota. En su corazón todavía resonaban las navidades que había pasado en el pueblo, como de costumbre, junto a su familia. Vacaciones repletas de interminables juegos con primos y amigos, tanto al calor de una estufa, como entre charcos y hielo. Ansiaba volver atrás en el tiempo, regresar a aquellos días y hacerlos eternos.

Recuerdos y más recuerdos que lo obnubilaban de tal modo que no vio como el balón, desgastado y a medias de hinchar, se dirigía hacia él rozándole su fría oreja derecha, lo que le enfureció aún más. Pateó el balón hacia su portería y le llovieron críticas e insultos por tan estúpida acción. Jeijo se puso a jugar mientras volvía a una realidad cruda e implacable con los sueños, como el filo de un cuchillo que traspasa el corazón y ahoga en sangre los sentimientos y emociones.

Recordó, volviendo al pupitre, una historia que escuchó el día antes de la nochevieja. Era antes de cenar, con la noche bien metida en la tarde y junto al entrañable fuego que ardía en la chimenea de la casa de sus abuelos. Normalmente a esas horas, solía jugar con su hermano y sus primos en el salón de aquella casa. Revolvían los sofás, alternaban varios juegos de mesa y de naipes y atracaban el cajón del mueble en el que se guardaba el dulce típico de la Navidad: turrón del duro, blando o el codiciado de chocolate, mazapanes de soto, polvorones y frutas de Aragón, todo aliñado con peladillas, pasas, almendras y nueces. Y lo hacían a escondidas porque si venía alguno de los adultos se llevaban la reprimenda de siempre: “que luego no cenáis…”.

Tan larga era la noche que también había tiempo para disfrutar de alguna película o serie basada en cuentos navideños. Sus protagonistas eran variados: ángeles algo tarambanas que intentaban ganarse sus alas, gente desdichada a quien la navidad le cambiaba la suerte, niñas pobres de buen corazón martirizadas por mujeres diabólicas y un poco hechiceras, apuestos héroes que se las veían con villanos y duendes, o decenas de Papá Noel sumidos en absurdas peripecias a la hora de entregar los regalos a todos los niños del mundo. Cientos de cuentos ligados a la Navidad, desparramados entre villancicos y dulces canciones y cargados de buenos sentimientos que se guardaban en el cajón del olvido el resto del año. Aventuras conmovedoras de final feliz arremolinadas entre belenes y adornos desempolvados de año en año. Al fin y al cabo las mismas historias y cuentos, un mismo perro con distinto collar, pero que siempre ablandaban, a quién más y a quién menos, el corazón.

Aquella tarde vieja, como el año, Jeijo dejó por un momento el salón y se fue a la cocina. Allí, en el escaño y algunas sillas de madera, parte de su familia se apiñaba junto al fuego. Jeijo tomó asiento en la silla más pequeña y se arrimó a la chimenea para extender sus manos hacia una lumbre que ardía lenta, de talle bajo, como suspirando ávida de más leña. Sus manos entraron enseguida en un dulce calor que hizo volver la sangre a sus dedos a través de un agradable hormigueo. Sensación que se hacía más placentera al sentirse acurrucado al calor de las llamas mientras afuera, en la intemperie, se oía silbar el viento de la noche, frío, perverso como las brujas de los cuentos, que dejaba su rastro de hielo sin miramientos y pretendía con escaso éxito colarse por el hueco “enciscado” de la chimenea. El olor de la leña quemada pareció disiparse por momentos cuando su padre abrió la puerta que daba al corral. Acarreaba un fajo de leña de encina y, con él, un trocito de frío que encontró una oportunidad de filtrarse en la cocina y que enseguida se empotró en la espalda de Jeijo. Antes de cerrar la puerta y espantar la helada, su padre dejó pasar a un paisano del pueblo. Pasaba los cincuenta y peinaba pocas canas. Venía a saludar a la familia, pues era conocido de siempre, pero su trabajo en una lejana ciudad le impedía venir al pueblo tanto como deseara.

Una vez que su padre colocó la leña recién traída sobre la lumbre y azuzó los rescoldos con el fuelle, el huésped, con el frío en el lomo, tomó asiento junto a un Jeijo que observaba como las débiles llamas crecían poco a poco y trepaban por los troncos de leña engulléndolos en su haz de luz. Al poco, el fuego se agrandó de tal manera que su intenso calor obligó a quienes se sentaban junto a la chimenea a retirarse un metro hacia atrás. Mientras, el paisano, deshaciéndose de su chaqueta azul de lana, respondía a las típicas preguntas: cómo le iba, qué tal los hijos, cuánto tiempo sin venir, para cuándo la vuelta... El hombre respondía con los tópicos de siempre: bien, tirando; ahí andan que ya dejan a uno “pa’ atrás”; vengo cuando puedo que el viaje es largo; sólo Dios lo sabe… y a cada respuesta tornaba los ojos hacia la lumbre, mordiendo su labio inferior, aguantando la lágrima. Al final, en un arrebato, manifestó que ya le hubiera gustado hacer como el lobo del cuento.

Jeijo, que jugaba con las tenazas a quemar los porros más finos desparramados por el rellano de la chimenea, despertó de su sueño de brasas al oír la palabra de aquel bello y mítico animal, a la par que defenestrado y odiado durante siglos. Todos parecían preguntarse a qué historia se refería, porque leyendas sobre el lobo había muchas. El paisano sonrió levemente y luego carraspeó sobre su mano cerrada. No se le había pasado por la cabeza que en aquella visita tuviera que hacer de narrador, así que, en ademán de envalentonamiento, dio un trago al vino que le habían servido y, con parsimonia, inclinado hacia el fuego, se explicó:

“Pues cuentan de un cachorro que nacido en un pequeño pueblo de montaña, una vez destetado, fue adoptado por una familia que vivía en una gran ciudad. Si bien parece que tenían raíces en la aldea. El perro era “guapín”, salió a la madre, de raza cazadora. Un lebrel ¡vamos!, aunque algunos aseguraban que de padre tenía al mismísimo lobo. De vez en cuando, aquella familia, que lo cuidaba como si fuera un hijo más, lo llevaba al lugar donde había nacido. Era entonces cuando el cachorro la gozaba. Nadie sabe la razón exacta, pero, según iba creciendo, aquellas contadas escapadas no parecían ser suficientes. Puede ser que las almohadillas de sus patas no se acostumbraran al hormigón y prefirieran la frescura de la hierba. Puede ser que su mirada se perdiera entre tanto edificio y no encontrara su olfato el olor del tomillo. Fuera lo que fuese, cabe decir que cada latido de su corazón lo impulsaba a huir de la ciudad y a dejar para siempre sus humos y sus ruidos. Así que, llegados a este punto, en una de las tardes de paseo con sus dueños, en un despiste de éstos, se escapó. A pesar de las llamadas y los silbidos, no miró nunca hacia atrás. Debió trotar por cientos de calles hasta que por instinto salió de la ciudad y después tuvo que cruzar el campo llano hasta llegar a los montes que conocía…”.

El relato del paisano se interrumpió cuando un tío de Jeijo pidió paso para colocar, en el gancho que colgaba de la salida de humos de la chimenea, una lata agujereada repleta de castañas. Las llamas invadieron el metal, ennegreciéndolo aún más, y dentro, las castañas comenzaban su particular inquisición. El emigrante pasó sus dedos lentamente por sus labios y su barbilla y prosiguió:

“Claro está que cuando el perro llegó a su objetivo, las comodidades de las que disfrutaba en la ciudad desaparecieron totalmente. No tenía otro remedio que subsistir en el monte. Abreviando: se asilvestró. Tuvo que sobrevivir de la carroña, de la caza de conejos y lebratos. Hasta de ratones. A veces el hambre le hacía bajar a los pueblos y robaba gallinas, al igual que el zorro. Con esto se ganó mala fama entre los hombres, que le quisieron dar caza. Pero ni el hambre, ni la comida envenenada que algunos le pusieron como cebo, eran estorbos para seguir queriendo vivir en su tierra. Cuentan los pastores de la zona que lo vieron muchas veces cazando con los lobos, que a pesar de su pelo blanco con pintas negras y sus orejas gachas era uno más de ellos. Otras veces fue avistado como un solitario que se perdía entre el claroscuro de los carbizos o bebiendo el agua clara de los arroyos. Algunas noches se le oía aullar, y cuando cantaba el cuco se callaba…”

El arreón a la lata para que las castañas no se quemaran por un lado interrumpió al paisano por un momento, que aprovechó para darle otro trago al vino. El dulce aroma de las castañas asadas se iba notando en el ambiente y, mientras terminaban de cocinarse, todos miraban al horizonte del fuego. Nadie hablaba. Todos esperaban la continuación. El paisano, con templanza, recostándose sobre el respaldo de la silla, sabiendo que llegaba el final del cuento, entonó con voz grave y entristecida.

“Parece ser que dejó simiente y llegó a viejo. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se hizo la herida, que infectada, lo mató. Unos que si fue el colmillo de un jabalí que defendía su vida, otros que si la dentellada de un mastín que protegía a un rebaño. El día que traía su muerte, la helada fue tal, que tuvo que bajar a su pueblo natal en pleno día para beber el agua entre el hielo cuarteado de los pilones. Nadie se acordó de sus fechorías por los corrales y todos lo miraron con respeto. Al fin y al cabo, todos vivían de la misma tierra ¿no? Tras saciar su “sede”, puso rumbo otra vez al monte con paso renqueante. Por la noche se escucharon sus aullidos, mientras la luna llena se encaramaba al cielo. A la mañana siguiente, los perros de unos cazadores forasteros lo encontraron yaciente sobre la hierba, con los ojos abiertos apuntando al alba, pero sin vida para sentir la helada sobre su cuerpo. Los cazadores, ante los ladridos espantados de sus perros, se preguntaron qué hacía por allí un perro de caza parecido a los que ellos tenían. Luego observaron algo que lo diferenciaba y un escalofrío recorrió el espinazo de sus espaldas: eran sus ojos, de un color anaranjado, dorados como la miel de romero, fieros, de mirada profunda. No había duda ¡Eran los de un lobo!”

Un profundo silencio se apoderó de la cocina. Solamente el chisporroteo de la madera consumiéndose en el fuego se atrevía a romperlo, y a su vez lo remarcaba más en la mente de todos. Las llamas atrapaban sus miradas y sus pensamientos. Luego, todos cogieron castañas. La primera siempre quemaba de más. El paisano hizo una mueca doliente y apuró el vaso de vino. Él, como Jeijo, como casi todos, ya vislumbraba cercana la hora de volver a su rutina, cuando llegara el año nuevo, cuando la última castaña ya estuviera fría.

Y así fue. El petardeo aquella noche de las castañas en la lata se desvanecieron entre las doce campanadas que daban paso al día uno del mes primero. Más tarde, la canción con la que los niños pedían el aguinaldo en la víspera de Reyes se coló en las casas de los vecinos, y después, Lober se quedó a solas con las heladas y las lumbres, con la matanza colgada en las cocinas. Y al final, llegó el primer día de “cole”, y la primera clase, la segunda y el recreo. Y después la lección de ciencias naturales a la que Jeijo no prestaba atención porque se había distraído con el cuento del perro que se convirtió en lobo. ¿O siempre había sido un lobo? Por fin un relato en el que no era el protagonista pendenciero y mentiroso; el lobo feroz de los cuentos tradicionales que se narraban a los niños. Por fin una historia con la vida de un personaje camuflada en las entrañas de los emigrantes alistanos; el cuento de un lobo, de uñas desgastadas de tanto patear por el monte, vagando en la mirada de todos los que añoraban su tierra.

A los que leen cuentos con ojos de lobo.
Jeijo.


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Escrito por CALAiTO

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31AGO2009

Historia de jeijo

Las bicicletas son para Aliste.

“… pero como todos los chicos de mi panda tienen bicicleta, yo no puedo ir con mi panda.
Las bicicletas son para el verano - F. Fernán Gómez.


Jeijo echó un rápido vistazo a un corral aplastado por el calor de las cinco de la tarde de un día de agosto. Observó a las gallinas con sus picos abiertos combatiendo el ardor estival bajo la sombra de un tejadillo de uralita y a los gatos despanzurrados bajo una higuera que decoraba una esquina del corral. Buscaba su bicicleta roja y en la primera ojeada no la vio. Luego se dirigió a la portalada dónde su abuelo solía estacionar el carro, pero allí sólo sesteaba la perra “Copa”; así que tornó sus pies hacia la panera que se encontraba en uno de los laterales del corral, casi convencido completamente de que algún adulto de su familia había guardado allí su bicicleta la noche anterior. Aunque ya no vivía en casa de sus abuelos, muchas tardes dejaba la bicicleta en su corral mientras jugaba el partido de fútbol que todos los días del mes jugaban él y sus amigos. Y al terminar la contienda balompédica, se iba a cenar a su casa olvidando muchas veces su bici en aquel corral.

En cuanto abrió la puerta de la panera, las gallinas dejaron de ser estatuas semimovientes que picoteaban con desgana la superficie del corral y fueron cacareando tras él. Primero, Jeijo constató que su bici estaba allí y luego, como otras veces, hundió sus dedos en el primer saco abierto que vio y, echando un ojo a que no lo viera su abuela, cogió un puñado de cereal que esparció por el corral para satisfacción de las aves. A continuación agarró el manillar de su bicicleta y la atravesó por medio del corral donde las gallinas finiquitaban aceleradamente su tapa de media tarde, abrió la puerta grande de madera que daba acceso a la calle y antes de que volviera a cerrarse ya daba las pedaladas suficientes para impulsar su vehículo hasta la era. Allí, a parte de algunos niños de menor edad traveseando entre los pilones y correteando por la áspera hierba de la era, se encontraban algunos amigos pasando el rato con un balón. El calor, pero sobre todo el escaso número de jugadores, enseguida los apartó de la idea de jugar un partidillo, así que se sentaron sobre la hierba y llegaron a la conclusión de que estaban cansados de interpretar – con el fin de conceder gol al delantero en cuestión – si el balón pasaba o no por encima de las piedras superpuestas que hacían las veces de postes.

Decidieron aquella tarde hacer unas porterías con postes de madera y, si se apuraban, quizás los largueros. Los pinos caídos del Ti Claudio tenían bastantes papeletas de ser el suministrador de su propósito, sin embargo alguien expuso la idea de poner rumbo a la ribera. Hasta allí había un buen trecho para ir andando, y por un momento esa idea se desvanecía en pos del pinar que estaba poco más allá de la punta arriba de la era. Sin embargo, uno de sus amigos dijo que podían ir hasta la ribera con las bicicletas por una ruta nueva que conocía. Cómo cortarían y traerían los palos sobre las bicicletas sería una decisión que acometerían en el momento de volver.

La ilusión se apoderó de ellos y convinieron en viajar hasta el río. Jeijo levantó su roja bicicleta postrada, casi caída, en la pared del pilón estrecho de la era. La bicicleta había vivido momentos mejores cuando sus padres se la regalaron unas navidades por Papá Noel. Ahora ya estaba algo destartalada debido al paso del tiempo, pero sobre todo por la caña que le había dado durante varios años por las calles y caminos de Lober. Sin embargo, era lo suficientemente válida para seguir disfrutando de Aliste. Y es que, si había alguna diversión que nunca se pasaba de moda, esa era la bicicleta. Daba igual ser niño, mozo o adulto; en Aliste era un pasaporte a la libertad, a recorrer cientos de senderos que no llevaban a ningún destino en particular y a la vez la mejor meta que se podía alcanzar: perderse bajo el sol, desaparecer entre la polvareda de un viejo camino, descubrir un nuevo paraje o detenerse bajo la sombra de un árbol arrimado a un sendero olvidado o sumido entre la vegetación.

La expedición constó de cuatro mozalbetes. Uno de ellos, el más joven y a la vez el más alocado encima de las dos ruedas, les guió por el nuevo camino que conducía a la ribera. Según sus palabras, la senda los dejaría junto al “pozo los bueys”, un lugar mágico bajo la falda del mítico monte de Peñalba, en el que el río Mena se apretaba en una presa hecha de grandes “fincones” con el fin de usar su agua en las huertas de alrededor. Un trocito de ribera engalanada con dos molinos y cruzada por grandes losas de piedra que denominaban “la puente”. Una larga rivera deslindada continuamente por alisos y chopos alargados, que vistos desde su tronco parecían tocar el cielo y escondían entre sus hojas verdes varias clases de tímidos pájaros, sólo adivinados por sus cantos. Para llegar a aquella pequeña jungla – que aquella tarde no llegarían a ver – tomaron rumbo por el camino de la era que conducía hacia al cementerio y torcieron, antes de llegar a él, hacia poniente. Era un sendero tortuoso y bonito por el que se veía durante un trecho la parte norte de Lober, ilustrada principalmente por cortinas, cuadras y pajares, hasta dejarlo a sus espaldas para adentrarse en la fronda del monte bajo.

La pandilla de cuatro se adelantaban unos a otros, aceleraban, frenaban, hacían el cabra y sobre todo disfrutaban del paseo y del paisaje que se embellecía cada vez más según se acercaban a la ribera. Cada golpe de pedal hacía deslizar los neumáticos de las bicis surcando la tierra y levantando una imperceptible polvareda que se escurría entre los matojos de hierba y jaras que delimitaban el camino. Cada vuelta de la cadena entre los dientes engrasados de la pletina y el piñón imprimía suficiente velocidad a la bicicleta que hacía que el aire estancado de la tarde veraniega se convirtiera en un soplo fresco en los rostros de los muchachos. Y cada giro de manillar a izquierda o a derecha les acercaba un poco más al afluente del río Aliste. Era en esos momentos cuando la vida parecía detenerse, y daba lo mismo si detrás del monte de Peñalba – que ya en la lejanía tenían en frente – el mundo hubiera sucumbido a una catástrofe, porque allí todo seguía igual; igual de bien.

Y así, pedal tras pedal, encadenados a un viejo sendero y agarrados a los manguitos de la bicicleta, llegaron a un punto del camino donde la tierra desaparecía, daba un giro de noventa grados hacia la izquierda y para su sorpresa se convirtía en una ancha avenida de hierba seca. No sólo parecía acabarse el camino, sino que su pendiente era bastante empinada y parecía terminar de golpe en un regato, afluente del Mena. Las bicicletas se embalaron por la cuesta. Jeijo tomó ventaja sobre su amigo pucelano y su primo, dejando en último lugar al más mayor de ellos que llevaba una bicicleta de color verde, una mezcla entre una bicicleta de paseo y las antiguas y grandes que todavía se veían derrengadas por algunas cuadras y pajares, y reparada y acondicionada durante la última semana con el sudor de su padre. La velocidad cada vez iba a más y Jeijo empezó a apretar ligeramente su freno delantero, ya que el cable del freno trasero se había roto días antes. En ese instante, escuchó la voz del piloto de la bicicleta verde gritando repetidas veces. – ¡Qué no frena!–. Mientras iba adelantando sin compasión a los dos primeros colegas y se dirigía sin control a la altura de Jeijo que, en esos momentos, apretaba el freno a tope cuando casi al final de la cuesta, que se empinaba todavía algo más, la hierba desaparecía y afloraban peñas sobre el suelo lo suficientemente altas como para pensarse seriamente no pasar por encima de ellas a gran velocidad.

Las ruedas de la bici de Jeijo dejaron de rodar justo en el borde de aquellos escollos y observó como su amigo imprudentemente le rebasaba. Su bicicleta iba frenada, pero sus neumáticos, que eran planos y no llevaban un mísero dibujo, resbalaban por la hierba seca sin hacer caso omiso a las zapatas que se apretaban, como los dientes de un lobo a su presa, sobre las llantas de ambas ruedas. Tal era la velocidad que saltó el desnivel que las peñas dibujaban sobre el terreno dejando la bicicleta por un instante en el aire y dirigiéndose a tremenda velocidad hacia unas grandes rocas levantadas sobre el pequeño arroyo que casi lo tapaban. Las alternativas para direccionar y frenar su bicicleta eran unos grandes zarzales que había a su izquierda y la pared de un prado a su derecha. La tragedia se mascaba...

Jeijo fue testigo directo de cómo su amigo se chocaba contra la pared del prado y salía despedido de su bicicleta hacia el interior del prado. Se hizo un silencio. El impacto había sido brutal y todos se temían lo peor. Boquiabiertos, los tres chavales dejaron caer sus bicicletas y fueron raudos a ver cómo se encontraba su amigo. Observaron las consecuencias del tremendo choque en la bicicleta: una llanta delantera totalmente torcida y metida hacia un cuadro que también estaba bastante dañado y desperfectos en los pedales, radios y reflectantes. El choque se había llevado también algunas piedras de la “parede” y había arrancado un arbusto de metro y medio. Su amigo tumbado boca arriba y mirándolos de frente, convalecía en la hierba del prado y se dolía en general. Lo ayudaron a levantarse y comentaron todos sus puntos de vista, todavía alucinados por la bestialidad de la jugada. El accidentado declaró que la opción más válida fue chocar contra la pared porque las rocas del riachuelo eran grandes y puntiagudas y una caída sobre ellas podía haber tenido consecuencias fatales sobre su espalda o su cabeza, y la idea de meterse entre los profundos y altos zarzales, evidentemente, tampoco le había hecho mucha ilusión. Todos le dieron la razón. La mejor de las funestas opciones fue la elegida.

Regresaron a Lober andando, cada uno con su bicicleta y ayudando al herido. Un poco antes de llegar al pueblo Jeijo y su primo se adelantaron para avisar a los padres del herido. La madre parecía visualizar el accidente y se lamentaba de lo ocurrido temiéndose muchas más contusiones de las que realmente tuvo – por suerte – y el padre nada más enterarse masculló.– ¿qué le ha pasado a la bici?–. Sabiendo, el mejor que nadie, el trabajo que le había costado adecentarla.

Aquella bicicleta verde no volvió a salir de la lobreguez de un garaje. Nunca más volvió a saber de caminos y veredas o de curvas entre esquinas de cortinas o del siempre dificultoso paso por la “colaga”. Además, hubiera sucumbido a la inminente llegada de las “mountain bike” que arrasó con los distintos tipos de bicicleta que, según la época, habían arribado a los polvorientos caminos del verano alistano y que iban perviviendo de generación en generación, de tal forma que se juntaban modelos diferentes: bicicletas de paseo de diversos tamaños, las de “carrera”, las de asiento para dos, las California XL2, bicicletas con manillar de “Harley”, incluso alguna de marca Peugeot. A Jeijo nunca le faltó bicicleta, pues pasaba mucho tiempo en el pueblo, y tuvo a lo largo de su infancia y adolescencia varios modelos. Y siempre se la dejaba a aquellos que no tenían, cosa que le costó más de una bronca de sus padres, pero de las que hacía caso omiso porque pensaba que todos debían disfrutar de aquel invento que parecía hecho por dios, como el caballo al hombre, para los jóvenes de Aliste.

Y es que con las bicicletas se podía jugar a mecánicos y ponerse las manos engrasadas igual que aquéllos, se imitaban a los saltadores de motos con rampas hechas principalmente con trozos de chapa robadas de la escuela de Tolilla y se contaban de igual modo las anécdotas de caídas, como cuántas pedaladas era uno capaz de dar haciendo el caballito. Jugaban a policías y ladrones, hacían circuitos y se cronometraban, derrapaban en la arena, en la gravilla de la carretera y en la hierba seca de la era. También, la bicicleta era un medio para hacer pinitos con el “tuning” cuando la decoraban con fragmentos de señales de tráfico para que brillaran entre las luces nocturnas o le colocaban un pequeño espejo retrovisor. Era el vehículo perfecto para asaltar otros pueblos, como si fueran jinetes guerreros con licencia para saquear lo que encontraban a su paso, y parecían motoristas cuando les daba por acelerar el manguito del manillar mientras un trozo de plástico duro, colocado oportunamente entre el cuerpo de la bicicleta y los radios, golpeaba éstos haciendo un ruido similar al de una moto “petada”. Y si la bicicleta no tenía frenos pues se usaba la suela de la zapatilla, bien contra el suelo o en la goma de los neumáticos. Y sin olvidar que era un medio de transporte ideal para llegar más rápido a los sitios: a coger un balón a casa, a beber agua de alguna fuente, o darse un garbeo por el pueblo y encontrar a los amigos, porque ellos, sí, eran los auténticos motores de las bicicletas y del engranaje de un maravilloso verano más.

A quien me pueda contar una buena historia sobre bicicletas.

Jeijo.


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Escrito por Jeijo

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01ABR2009

Historia de jeijo

Un paseo estelar


En muchas tradiciones, la vía láctea aparece como un lugar de paso que enlaza los mundos divino y terrestre. También es comparada a la serpiente, al río, a una huella de pasos, a una salpicadura de leche, a una costura, a un árbol. Es tomada por las almas y por los pájaros para su viaje entre los mundos. Simboliza la vía de los peregrinos, de los exploradores, de los místicos, de un lugar a otro de la tierra, de un plano a otro del cosmos, o de un nivel a otro de la psique” - Alain Gheerbrant



Los créditos de la serie “Aquellos maravillosos años” se deslizaban por la pantalla de una televisión que emitía en blanco y negro para dar luego paso a los anuncios comerciales. Era el momento de acudir a la cita nocturna que Jeijo y uno de sus primos solían tener las noches de agosto con sus amigos. Apagaron la televisión y salieron de la casa de sus abuelos por la puerta principal. Junto a ella orillaba una estrecha y larga acera que era ocupada a esas horas por su familia y otros vecinos. Todos disfrutaban de amenas charlas en las que “arreglaban” el país, o el pueblo, e intercambiaban pareceres sobre el tiempo y el campo. Tras la acera se encontraba la calle de la iglesia, la arteria principal de Lober, una calle especial, tanto que la naturaleza le había regalado un trozo decorado con pequeñas piedras de color rosado esparcidas por un suelo de tierra. Al otro lado de la calle, apenas alumbrados por la escasa luminosidad de la farola exterior de la casa del Ti Pedro, estaban esperándolos el resto de la población adolescente que veraneaba en Lober. El reloj de Jeijo marcaba el inicio de la última hora del día y era el momento de perderse en el seno de las tinieblas, morder la noche y comerse a bocados su frescor que tanto se echaba de menos durante el ardor diurno.


Era una noche en que la luna parecía enfadada con su prima la Tierra y no le revelaba ni una mísera línea de su luz argentada. Tal era la oscuridad del firmamento en aquellas noches sin luna que el cielo parecía una persiana bajada y las estrellas sus pequeñas rendijas por las que pretendía colarse la luz del sol. Era un cielo plagado de estrellas, más bien saturado de motas de luces tiritonas que, ajenas a la polución de las ciudades, rompían el negro cielo y se convertían en el mejor espectáculo nocturno, dejando boquiabiertos a cualquiera que pasara una noche de verano en Aliste. Niños, jóvenes, adultos, ancianos…, daba igual cuántas veces las pupilas de uno se hubieran fundido con aquel paisaje tan lejano, licuado con paciencia de millones de años y respaldado por teorías extrañas e incomprensibles como la del “Big-Bang”. Siempre había una nueva estrella que descubrir y nunca se cansaba uno de volver a maravillarse con constelaciones como la “W” de Casiopea, el “carro” de la Osa Mayor o la “sartén” de la Osa Menor, con la pequeña estrella polar al final de su “mango”. Sin embargo, la protagonista principal del cielo azabache era la vía láctea. Un conjunto de miles de estrellas que rompían en dos el cielo como si fuera el espinazo del universo. Una verdadera guía, como se solía decir, hacia Santiago de Compostela. Y en el caso de Lober, en dirección contraria a la ciudad gallega, la vía láctea orientaba hacia el empalme de la carretera, como si el camino con esencia de brea, que era la vía que transitaba por Lober, fuera un espejo en la tierra del camino de estrellas con refulgencia de nata. Y era aquella dirección la que tomaban la mayoría de los paseantes nocturnos.


Jeijo y sus amigos también decidieron aquella noche coger derroteros hacia el empalme. Salieron del pueblo con sus risas, sus voces y correrías de siempre, todo amenizado con una banda sonora platicada a golpe de cabezal de un viejo radiocasete. Sus siluetas se fueron fundiendo en la oscuridad de la noche mientras se alejaban del pequeño pueblo de Lober y avanzaban por su única carretera convertida en una guía de viandantes nocturnos en aquellas noches oscuras del verano alistano, un “suco” que conducía a piernas, patas y varas, bien en la ida hacia el empalme, o bien a la vuelta de nuevo al pueblo. Como otras noches, en su camino se encontraron a gente adulta regresando de su paseo, adivinados entre la espesura nocturna por las pequeñas luces de sus linternas de petaca que parecían querer emular a las estrellas.


Subieron por la carretera dirección al sierro. Bajo los pies de Jeijo y sus amigos el asfalto, aún caliente del martirio del sol, desprendía un escaso pero suficiente calor que desaparecía en cuanto sobrepasaban los límites de la cuneta. Era una extraña sensación pero a la vez agradable, y hacía de la carretera una guía más segura y confortable cuando los jóvenes se adentraban por ella en el frondoso monte y dejaban atrás su pueblecito. Durante el camino, se divirtieron cogiendo a puñados la gravilla de la carretera que posteriormente la lanzaban fuerte contra el asfalto. Su choque se convertía durante un tiempo fugaz en chispas, un pequeño resplandor nocturno formado por decenas de centellas que asemejaban y maravillaban, durante un segundo, como las estrellas en el universo. Cuando los brazos se cansaron, siguieron la senda de asfalto que los llevó a su destino: el empalme de la carretera de Lober con la calzada que iba desde Gallegos del Río a la nacional 122. Un cruce de caminos situado a poco más de dos kilómetros de Lober y rodeado por jaras que se comían las cunetas, que parecían un muro bajo la oscuridad de la noche sin luna, como si quisieran ser una barrera a los transeúntes para guardarlos y separarlos del mundo salvaje de la noche del monte alistano.


Jeijo, como el resto de sus amigos adolescentes, se tumbó en la carretera mientras reposaba su cabeza en el estómago de uno de sus compañeros, a la vez que éste hacía lo mismo con otro, de tal manera que casi todos fundían sus orejas en el cuerpo de alguien. Así, cada uno se convertía en una almohada viviente que producía un calor suficiente para contrarrestar el frescor, casi rozando el frío, de las madrugadas de finales de Agosto. Y desde el mejor calor del mundo elevaban sus pensamientos al infinito de un firmamento oscuro punteado en blanco.


Era entonces cuando la música se colaba punzante en los oídos de los jóvenes y en el inmenso vacío de la oscuridad. Si la música nunca faltaba en todo el día, tampoco lo podía hacer durante la noche porque le daba forma a las notas, las esculpía y las colgaba de las estrellas para que sonaran dentro de cada uno con más fuerza, haciendo la noche aún más mágica. Letras de amores con el inolvidable acento italiano de Eros Ramazzoti o canciones que no dejaban a nadie indiferente como las de Mecano, se mezclaban con las cintas de otros grupos extranjeros como O.M.D., Pink Floyd o Transvision Vamp y con canciones sueltas grabadas de la radio…, siempre con la música a todas partes, eterna armonía contenida en siete notas difundida en parajes solitarios, de otra galaxia, como los eran el empalme y su entorno.


Y así, con la música como segundero, fueron despeñándose en el vacío del tiempo los minutos y las horas. Jeijo cerró sus ojos. En la oscuridad de sus párpados cerrados seguían brillando un instante los luceros del cosmos. Cuando se desvanecían, los volvía a abrir y el espectáculo de la bóveda celeste llenaba otra vez su mirada de puntos blancos. Unos destellantes, como aguijones de luz, otros más apagados y temblorosos, como si en cualquier momento se fueran a extinguir. Cuando parecía que su mirada se iba a perder para siempre en las estrellas, los volvía a cerrar, y al poco otra vez abiertos. Su juego se interrumpió por el ruido del motor de un coche que los muchachos y las mozas iban distinguiendo cada vez más nítido en la lejanía de los montes alistanos. Uno de sus amigos incitó a los demás a ver cuánto aguantaban sin quitarse de la carretera. Al principio nadie se movió, pero poco a poco fueron levantándose del colchón de asfalto cuando el vehículo se iba aproximando a su altura. Sólo tres de los jóvenes permanecieron inmóviles hasta el final, o eso pensaron ellos que se levantaron a la vez, casi de golpe, nerviosos, cuando el silencio de la madrugada engañó a sus sentidos haciéndoles creer que el automóvil se encontraba más cerca de lo que realmente estaba.


El hecho de levantarse desperezó a todos de su letargo y decidieron irse a la cama. Además, el fresco de la noche ya se había convertido en un frío poco tolerable a las prendas veraniegas. Regresaron a Lober por la carretera, su particular vía láctea que conectaba la realidad del pueblo con el misticismo del monte, la vida humana con la salvaje del país de las jaras, y siempre, como guía del alma, la música y sus risas. Los ojos de Jeijo se volvieron a colar una vez más por las rendijas de la persiana del cielo, desliéndose en el inmenso universo al que, por chocante que pareciera, también pertenecía el pequeño pueblo de Lober, que sierro abajo se anunciaba por su escaso alumbrado público. Un trocito de estrella que brillaba en su corazón con la misma intensidad que lo hacía Venus en la noche negra, y que nada tenía que envidiar a la vía láctea y su bruma de estrellas dirección a Santiago… o al “empalme”. También, bajo la sierra de la culebra, fundiéndose con el cielo como si de otras galaxias se tratara, asomaban tímidamente las lucecitas de algunos pueblos alistanos. Jeijo sonrió al caer en la cuenta de que paseaba por el universo con sus astronautas preferidos.


A los que miran las estrellas y siguen viendo figuras
Jeijo


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Escrito por CALAiTO

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02MAR2009

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LA OSCURIDAD ALISTANA.

Ay Aliste, que largas son tus noches de invierno desde el ocaso hasta el amanecer.

Ay Aliste, como caen tus hojas cuando llega la tardor.

¡¡Qué sólo te quedas cuando tus hijos te abandonan…!!

Qué oscuras quedan tus laderas y galazas por la soledad y las sombra que la rodea.

Ay Aliste, como se han perdido tus caminos por la sombra de tus montes y la oscuridad se agrava entre la niebla, que el mortecino sol no tiene fuerzas para romper.

¡¡Qué solas se quedan las calles de tus pueblos cuando llega el atardecer…!!

Solo el humo que sale de las chimeneas pueden decirnos que dentro de las cocinas quedan corazones que todavía laten.

¡¡Ay Aliste, quién te ha visto y quién te ve.!!

 

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Escrito por D.F.F.

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02MAR2009

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MILAGRO O FARSA.

Siempre los más viejos del pueblo son dignos de escuchar por sus anécdotas e historias, no sólo vividas por ellos, si no contadas a ellos por nuestros ancestros.

Hoy me he recordado de una historia que oí muchas veces contar a mi madre, la cual a ella habían contado sus antecesores pueda que haga más de 150 años que ocurrió, pero que ella afirmaba que es verdadera, al conocer a gente que esta historia la había vivido.

Cuando iba yo a la escuela de Lober, el catecismo hablaba de los Diezmos. Los Diezmos eran una renta que obligatoriamente los vecinos debían pagar a la iglesia para la subsistencia del Sacerdote y mantenimiento de la Iglesia, y al final enriquecerse este, puesto que los Diezmos equivalen a un 10% de las cosechas y haciendas. Todo esto limpio de polvo y paja y sin poner en riego ningún capital, solamente por decir misa todas las mañanas. Los bautizos y entierros se contabilizaban fuera parte de los Diezmos.
Un día los vecinos cansados de ver como una buena parte de sus haciendas y cosechas desaparecía en pagar los Diezmos a la Iglesia, decidieron negarse a pagar.

A partir de ahí, un día los que asistían a misa que eran todos los del pueblo se dieron cuenta de que uno de los santos que están en el altar mayor desapareció indignado por la decisión tomada por los fieles.

Un buen día un pastor que pastoreaba con su ganado en el campo por el Sierro, encima de una peña habitaba el santo que había desaparecido de la Iglesia en una choza hecha de leña, indignado por qué no se pagaban los Diezmos. Por la noche cuando llego a casa con su ganado fue a casa del cura para comunicarle el hallazgo.

El domingo siguiente el cura explico a los fieles el hallazgo del santo que había marchado de su casa indignado porque ya no se pagaban los Diezmos a la iglesia, proponiendo a los fieles hacer una procesión hacía el sitio que se encontraba el habitáculo del santo para recuperarlo y devolverlo a la iglesia.

El sacerdote pidió a los fieles que retiraran su decisión de no pagar los Diezmos, y prometieran ser fieles al pago de los mismos.

Esta es una estrofa del
cántico que cantaban en la procesión:

Santo Faburiño

pagaremus nos,

el Diezmo de las habas

pagaremus nos.

A partir de aquél día el santo se quedo tranquilo en su altar, mientras los fieles continuaron pagando muchos años el 10% de sus haciendas y cosechas.

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Escrito por D.F.F.

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02MAR2009

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LAS CABAÑUELAS

De siempre se ha conocido que de una manera u otra ha habido diferentes maneras de predecir el tiempo. Según leyendas los pastores siempre fueron pioneros, con sus observaciones en la dirección de los vientos, el color de las nubes, la presencia de aves migratorias, oír más o menos claras las campanas de algunos pueblos, y como no, tampoco podían faltar numerosos refranes dedicados a la meteorología. En Lober se decía, que si las campanas de Gallegos del Río o de Flores se oían claras, era señal de tiempo claro y seco, en cambio , si se oían claras las campanas de Mellanes, seña que a los pocos días llovía. Estos son algunos de los refranes que yo oí siempre a los más viejos que conocí en Lober, y que tenían reacción con la meteorología:

Duero claro y sierra oscura, agua segura.

Si la abeja ves beber, mu pronto veras llover.

Si la sierra se pone la capa, no dejes la tuya en casa.

Cielo aborregau, a los tres días mojau.

Enero hiela el agua en el caldero.

Si llueve en la luna nueva de octubre, agua para todo el invierno.

Los pastores, siempre pendientes de la meteorología, eran los más entendidos en cuanto a la predicción meteorológica, y alguno de estos descubrió las “Cabañuelas” que junto con el calendario zaragozano fueron los únicos argumentos que los alistanos se regían hasta que por los años 60 llegaron a los pueblos de Aliste las primeras radios de las que escuchaban el parte con el correspondiente pronóstico meteorológico recibido del satélite Meteosat.

Las cabañuelas, recuerdo por poco contar a los más viejos del pueblo, cuando decían: Hoy es la cabañuela de tal o cual mes, y siempre puse interés en preguntar a alguno de ellos que me enseñara, pensando que eso con el tiempo se perdería, pocos sabrían después explicarnos tal manera de predecir el tiempo.

Mi madre, era una de las que las sabía contar por haberlas oído a los más viejos, aunque ella, decía, nunca se acordaba de contarlas cuando era la época.

Las cabañuelas, como su propio nombre indica, provienen de “cabaña”, de ahí se dice que fueran pensadas por un pastor. Unas “ andan” y otras “desandan.”

Las que “andan” comienzan el día de Santa Lucia 13 de diciembre, y acaban el día de noche buena 24 de diciembre ambos inclusive, correspondiendo así un día a cada mes. Por ejemplo: El día 13 de diciembre sería la de enero, el día 14 sería la de febrero y así sucesivamente hasta acabar los meses. Dependiendo el día que haga la cabañuela, dependerá el tiempo el mes que le corresponda.

Las que “desandan” comienzan el día 26 de diciembre y acaban el día 6 de enero, estas van al revés, el día 26 sería la de diciembre, e día 27 la de noviembre, y así sucesivamente hasta agotar los meses, pero siempre el tiempo con el mismo método que las anteriores.

Como parece lógico pensar no siempre coinciden las que "andan" con las que "desandan" y por eso tradicionalmente decían que son más fiables las que van hacia atrás.

1 de enero de 2009.

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Escrito por D.F.F.

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02MAR2009

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EL CONCEJO.

El concejo es también una de tantas cosas perdidas en las pueblos de Aliste en nuestros días, y por la ausencia de este vemos como los caminos se quedan intransitables por falta de tránsito, por falta de arreglos ect, ect.

Eran varios días al año en que el Alcalde Pedáneo reunía a los vecinos para ir de concejo, el día de “Antruejo” y el día de “Jueves Santo” eran ya por tradición dos días de concejo, a parte durante el año había otros muchos días que si el Acalde lo consideraba oportuno reunía los vecinos para hacer cumplir esta misión.

PAGAR LA ENTRADA DE VECINO.

Cuando un hombre se casaba, para tener derecho a las cosas comunes del pueblo, como eran, Quiñones de leña, Quiñones de labranza, así como para tener derecho a poder pastorear con sus haciendas por los sitios comunales, era imprescindible estar dado de alta como vecino en su pueblo de residencia. Para eso era necesario pagar lo estipulado por las normas de cada pueblo, pero que más o menos, por todos los pueblos de Aliste, las normas eran parecidas. En mi pueblo, Lober, para poder ser vecino el requisito imprescindible era en un día de Concejo, pagar, vino suficiente para todos los vecinos, escabeche y aceitunas negras, para hacer una merienda todos juntos por la tarde a la hora que se acaba el Concejo.

EL TOQUE AL CONCEJO.

Para llamar los vecinos al concejo, se hacía con un toque de campana. Normalmente el día anterior por la noche al tiempo de oscurecer el Alcalde daba una señal, que era tocar la campana grande varias campanadas sin intervalos, con este toque los vecinos quedaban avisados que el día siguiente deberían tener el día libre para lo que el Alcalde ordenara. Por la mañana siguiente alrededor de las ocho de la mañana, otro toque de la misma característica pero al final del toque se añadían tres campanadas sueltas, las cuales confirmaban que debían personarse los vecinos en la plaza de la Iglesia, donde el Alcalde pasaba lista, y posteriormente daba la orden del trabajo comunal que tenía previsto hacer. Al toque al Concejo debían asistir todos los vecinos, y si por las circunstancias que fueran alguno no podía asistir, debía pedir permiso al Alcalde, y este lo concedía si era por una falta justificada, pero siempre le quedaba pendiente una “gera” que este vecino debía devolver al pueblo en día que de común acuerdo se acordara. Una vez leída la orden por el Alcalde y avisados los vecinos de las herramientas que debían ir provistos, se podían marchar a almorzar, para luego una hora más tarde, el Alcalde daba el toque definitivo, y los vecinos se debían personar en el sitio de trabajo acordado donde otra vez se pasaba lista.

TRABAJOS MAS SE HACÍAN DE CONCEJO.

Las tareas que más se hacían de concejo era arreglar caminos, para este trabajo a veces era necesario un carro o más con la correspondiente pareja de vacas, para transportar relleno de tierras o grabas para el relleno de baches. La limpieza de zarzas de las callejas estrechas en el “pago” de las callejas de la Huerta, el Arroyo Baldelmayo, y la Rivera, hoy en día todas ellas en difícil acceso por las zarzas y arbustos que han crecido. Partir las “eras”que se solía hacer el día de Santiago, y luego se echaban a suertes. Hacer “Quiñones” de leña, y “Quiñones para arar, limpiar fuentes, bebederos, pozas de riego comunales y albañales. Limpieza de valles como el “Campetón” y “Baldelmayo” entre otros, esparciendo la “muñicas” y limpieza de regaderas para el riego en primavera.

ALCALDE PEDANEO.

Casi por lo general en Aliste al ser pedanías pequeñas el Ayuntamiento está compuesto por varios pueblos, el caso de mi pueblo, Lober, el Ayuntamiento está en Gallegos del Río, el cual está compuesto por siete pueblos. Cada pueblo tiene su Alcalde pedáneo independientemente del Ayuntamiento, el cual es nombrado a dedo por el Alcalde Presidente, siendo acompañan dos” regidores” nombrados por el, cuya misión de estos es ayudar al Alcalde Pedáneo a vigilar los sitios comunes del pueblo acotados para el pasto, y vigilar las rayas de los pueblos colindantes, para que las haciendas de no traspasen la demarcación de estos, si así lo hicieran, los ganaderos prendados por los regidores, deberán pagar al pueblo la correspondiente multa impuesta por el Alcalde Pedáneo. Si se negaran a ello, el cobro de estas multas lo pasarían al Ayuntamiento, siendo después este el encargado de cobrarlas por vía de apremio.

25 de Febrero de 2009.

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Escrito por D.F.F.

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01DIC2008

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Nunca te vayas de Aliste.


..........................................
Nunca te vayas de Aliste,
nunca te vayas vecino,
que en Aliste ya no hay nadie,
que sepa matar los cuchinos.


Nunca te vayas de aquí,
nunca te vayas amigo,
que las escuelas se cierran,
porque ya no quedan niños.


Las fuentes ya se han secado,
las viñas ya no hacen vino,
los negrillos ya se han secado,
ya no se matan cuchinos.


Los linares ya no se aran,
ya no se siembra lino,
las mujeres ya no hilan,
ya no hay camisas de lino.


Nunca te vayas de Aliste,
que te lo dice un amigo,
que un día él se marcho,
y nunca lo tiene en olvido.


Las calles están desiertas,
los pueblos medio vacios.
¡!Quien ira con la ovejas,!!
¿Quien guardara los vacios.?


Ya no se carda la lana,
ni tampoco se teje lino,
ya no se baila la jota,
todo se lo llevó el río.


Las tierras ya no se aran,
los valles están perdidos,
ya no se echa la ronda,
porque los mozos nos fuimos.


Nunca te vayas de Aliste,
nunca te vayas amigo,
te lo dice un alistano,
Que quizás está arrepentido.


Autor: Gumaro,15/11/08 

 

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