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11MAR2008

Articulos por gumaro

EL DÍA DE CORPUS

Cinco días hay en el año que relucen más que el sol: Navidad, Pascua de Flores, Jueves Santo, Corpus Crísty y el día de la Ascensión.

El día de Corpus, como bien dice el refrán, era una de las grandes fiestas del año, pero también es una de las que con el paso de los años ha perdido casi todo su esplendor.

Dicha fiesta se celebra un Jueves del mes de Junio, no tiene un día señalado por que es una de las fiestas movibles que hay. Era una fiesta religiosa, pero al mismo tiempo también folclórica.

El día de Corpus, la gente se levantaba temprano para hacer las “Jeras”cotidianas e imprescindibles de cada día, segar herraña, “forraje”, pelar hoja para los cerdos entre otras. A media mañana había que estar preparados para la celebración. Por la mañana cada vecino barría el trozo de calle que correspondía a su casa, o pajares, cortinas o lo que fuera, todo bien barrido y regado, dejando la calle cubierta de flores, “flores de San Juan”, ramas de hinojo, flores de piñón, y las paredes enramadas con ramas de chopo y de fresno, haciendo algún arco de vez en cuando con colchas sacadas del baúl para la ocasión. Todo el pueblo estaba vestido de gala entre el fuerte olor a tomillo que desprendían las flores. Es que tenía que pasar el Santísimo. A las doce más o menos se celebraba la misa, los mozos volteaban las campanas anunciando un gran día de fiesta, la Iglesia perfumada con flores y aquel agradable olor a incienso. Acabada la misa la Iglesia no se cerraba, quedaba el Señor expuesto, y custodiado por voluntarios que se iban relevando. Después de bien comidos, con la comida extra para aquel día, que solía ser un pollo de corral con arroz en la mayoría de las casas, luego se celebraba la procesión del Santísimo, el Santísimo iba bajo palio acompañado por seis mozos. Delante de la procesión iba el Pendón, el cual, era de enormes dimensiones, tenía que ser portado por un sólo mozo con excelentes condiciones físicas, éste mozo era llamado el “jaqueton.

Acabada la procesión, a la salida se nombraba nuevo mayordomo para la función del Corpus del año siguiente, si no había voluntarios se nombraba uno siguiendo las rigurosas normas. El mayordomo entrante tenía que pagar la limonada para todos en aquél mismo momento, que después de bailar el baile de la medida, repartía a la “roda”un voluntario.

Acabado esto, era medía tarde, era hora de empezar el baile en “La Moral”, con una música compuesta por dos músicos, dulzaina y bombo y redoblante. Lober siempre fue un pueblo donde gustaba bailar a la mayor parte de la gente, ya fueran solteros o casados, por esto, toda la tarde seguía un baile con mucha animación, disfrutando todos de la fiesta, y como solían decir al tomar la limonada. “Que doy en un año”

 

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11MAR2008

Articulos por gumaro

LAS PRIMERAS OBRAS ESTRUCTURALES EN LOBER

En la primavera del año 1956, un grupo de mujeres uniformadas paseaban por las calles de Lober, eran las juventudes de la Sección Femenina.

La Sección Femenina era un organismo que la Falange tenía para apuntar en el mismo a todas las mujeres que voluntariamente querían ser ser falangistas. Fue fundada en el año 1934, y su misión principal consistía en educar las mujeres para que el día de mañana pudieran fundar una familia ejemplar. Su fundadora fue Pilar
Primo de Rivera.

Durante su estancia en Lober enseñaban educación a los mayores y menores, enseñaban a coser y bordar a las muchachas, enseñaban a hacer manualidades entre otras cosas a toda la gente que voluntariamente se apuntaba, nos hacían cine dos veces por semana, cosa nuca vista en Lober por la mayor parte de la gente, la gente vio como se comunicaban entre ellas con una emisora, cosa que mucha gente de aquél tiempo no se podían imaginar. Todos los días se veían coches en el pueblo, cosa que no era muy normal en aquellos tiempos, vivían en un campamento en Gallegos y se desplazaban diariamente en coche.

Coincidiendo con la estancia en Lober de la Sección Femenina, hizo una visita al pueblo el Gobernador de la provincia y en el discurso que hizo prometió que nos haría una fuente en medio del pueblo y que nos traería la luz eléctrica.

En el mes de septiembre del mismo año llego un gran camión cargado de tubos al pueblo, eran las cañerías para el agua. En varios meses se hicieron las obras y se hizo un depósito nuevo, la mayoría de los trabajos se hicieron todos a prestación personal, y era el mes de mayo de 1957, que Lober tenía un charíz en “La Moral”. La obra fue algo que entusiasmó y alegró a todo el pueblo, por que Lober estrenaba una obra de tanta importancia, que algunos vecinos no se lo podían creer. Hubo algunos que cuando hacían la zanja no se creían que el agua no subiera la cuesta que hay desde la era, hasta la plaza de la punta arriba el pueblo.

En años venideros, se hicieron cuatro fuentes más en el pueblo y que todavía hoy existen, la única que ya no existe, es la de “La Moral”.

Meses más tarde se cambio el mobiliario de la escuela por nuevos pupitres más cómodos. Hasta entonces había unas incomodas banquillas, y para los más pequeños un banco, que para leer la cartilla se ponían de rodillas y la cartilla sobre él.

En el año 1960 se empezaron las obras para poner la luz, costó muchas discusiones en la casa concejo, había que hacer prestaciones personales, los postes los descargaban en la N. 122. Fue un otoño de los más lluviosos conocidos, los camiones no podían entrar al pueblo cargados por peligro de atasco por el camino morisco. Es que tampoco teníamos carretera ...

Los postes se tenían que ir a buscar a Ceadea con el carro y luego se tenían que repartir donde correspondían. Era otra obra de gran envergadura para el pueblo. En principio se pusieron ocho luces de alumbrado público, que se pagaron con dinero de los vecinos, esto era lo que provocaba las discusiones. En la primavera del año 1961 Lober tenia luz eléctrica.

En el año 1963 se empezó a hacer la carretera, desde la N 122 en dirección Gallegos del Río sólo 3 klm. En aquellos años no había maquinaria, todo era pico y pala. Esos 3 klm, quedaron sin asfaltar, y no fue hasta final de los años 1970, que se asfaltó hasta Gallegos del Río. En la década de los 80 se asfaltó hasta Lober continuando hasta Tolilla, y de ésta dando salida a Rabanales.

En la década de los 1980 se hicieron las obras de alcantarillado y pozo sondeo, pero por mal entendimiento entre vecinos no fué hasta ya entrado el nuevo milenio que por fin hubo agua corriente en la casa.s

El pavimentado de calles se inició en la década de los 1980, hoy en su mayoría están todas pavimentadas, o si bien aún queda por hacer algún callejón.

¿Cuales serán las próximas estructuras de los pueblos de Aliste?. Todavía quedan muchas cosas por hacer y restaurar, esperamos que de vez en cuando se haga algo.

 

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05MAR2008

Articulos por gumaro

SUPERVIVENCIA EN ALISTE

Aliste como toda su comarca, hasta bien entrada la década de los 60, fue una comarca de familias numerosas en la mayor parte de los pueblos. Los recursos con que se contaba no eran suficientes para subsistir, solo se podía contar con la agricultura y la ganadería, y que no siempre iba bien, pero era de lo que se sobrevivía.

De las ovejas se sacaba lana. De ésta, se vestía toda la familia, nuestras madres se pasaban hilando la mayor parte del año, pero no por eso dejaban de hacer otras labores del campo, para hilar cualquier momento era bueno, cuando más se hacía éste trabajo era por las noches, pero por el día también aprovechaban el rato que podían. De la lana se hacían, pantalones de paño para los hombres abrigos (jerséis) ,bufandas, calcetines, las camisas se hacían de lino ect. Para las mujeres hacían los manteos, medias , refajos, la bantal o faltriquera, chaquetas, mantones, mantas, colchones, colchas entre otras cosas.

El calzado, hecho por los hombres de la casa como: las famosas cholas y las albarcas para toda la familia, y que prácticamente era el calzado que se gastaba. El jabón, también era elaborado por las mujeres, iban juntando los desperdicios de grasas, las deshacían en una caldera, una vez deshechas le ponían una cantidad de sosa cáustica, lo vertían en un cajón rectangular destinado para tal fin, cuando estaba frío lo cortaban obteniendo los panales.

La agricultura era la principal fuente de alimento de Aliste, del trigo en el molino se hacía el harina, de la cual se hacía el pan, el pan estaba presente en todas las comidas. Todas las casas disponían de un horno, que solía estar en la cocina la boca, y la bóveda quedaba en la parte trasera que daba al corral, se amasaba cada 15 días más o menos, y se hacían doce ó catorce hogazas, y algunas veces también se hacía un hornazo, que era una hogaza con tocino y chorizo dentro, muy bueno, por cierto.

El almuerzo solían ser unas sopas de ajo, que era agua con ajos machacados, manteca, pimiento, y sal, muy digestivas, pero de alimento me parece que tenían poco. Mas consistentes eran los almuerzos de invierno cuando se almorzaba con las morcillas y los torrejones. Las comidas de medio día dependían de la época del año, en invierno solían ser berzas con patatas cocidas con tocino, parte de éste se dejaba para merendar a media tarde, tocino con pan, y cuando salían las acedas una ensalada de éstas o melujino o arrabazas. Los viernes de cuaresma, en vez de tocino solía ser tortilla, y alguna vez escabeche por aquello de que era emporada.

En el mes de julio cuando empezaban los fréjoles verdes, la comida eran fréjoles con patatas, y también con tocino, y en las meriendas, el tocino con ensalada de pimiento, tomates o lechuga. Las comida de medio día se solían alternar también con garbanzos ó fréjoles secos. Las cenas casi siempre eran de patatas cocidas, a veces con una raspa de bacalao y un refrito de tocino. En las grandes fiestas, a veces se mataba un pollo del corral, y el día de Santa Marina ese día en todas las casas se mataba un cordero y algún pollo, ese día había invitados y había que quedar bien.

La matanza de los cerdos era el gran sustento de las familias durante todo el año, en cada casa se mataban por lo menos dos o tres cerdos grandes. La matanza era un día de reunión familiar, se juntaban por la mañana temprano y se tomaba el aguardiente con pan, eso para coger fuerzas, luego ya se salía derecho al corral donde se cogian los cerdos con una soga por el hocico y se ponía el cerdo encima el banco, clavándole un gran cuchillo en el cuello, las mujeres cogian la sangre con un cubo para hacer las morcillas. Después se chamuscaba el cerdo con pajas de centeno guardadas para tal fin, después de bien labado se sacaban las tripas, las cuales se lavaban bien para hacer los chorizos, después el cerdo se colgaba de una biga del portal esperando al día siguiente que el veterinario diera el visto bueno, se deshacían las hebras para los chorizos, que luego se adobaban con los respectivos condimentos. Se echaban de sal los tocinos, jamones y espaldas, era el sustento de la familia de todo el año. Ha por cierto que buenas aquellas hebras asadas en la lumbre, parece que ahora so saben tan buenas, ¿eh.? La manteca se deshacía ese día por la noche en una gran caldera, cuando ya estaba deshecha se echaban dentro de la manteca grandes trozos de pan, que luego se sacaban y espolvoreándole azúcar por encima, eran las “pingadas”, después se sacaba la manteca con un cazo que se depositaba en grandes ollas que se guardaba para condimentar las comidas. En la caldera quedaban los chicharrones que bien machacados con pan migado y azúcar eran los torrejones, muy buenos por cierto. Los jamones no siempre se comían, a veces se vendían a los jamoneros, en las familias siempre había gastos y no siempre había de donde sacar dinero, y a veces se vendían jamones, y después se compraba tocino, ya que en muchas casas si había mucha familia faltaba tocino. Los terneros era la única fuente de dinero que se podía tener, y no siempre era suficiente para hacer frente a los pagos. Había que pagar los consumos y contribuciones al ayuntamiento, había que pagar guanos y nitratos, y los gastos imprevistos de cada día.

La viña era en aquellos tiempos la finca más bien cuidada en todas las familias, de ella salía el vino casi para todo el año, aunque no era de muy buena calidad, ya que el clima alistano no es propio para la viña, en verano las noches son más bien frescas, y eso no ayuda mucho a la maduración de la uva. En algunos pueblos de Aliste se hacía aguardiente, licor muy apreciado en la comarca, pero estaba prohibido por la ley, y se tenían que sacar unos permisos para elaborarlo. El aguardiente se obtenía de la destilación de bagazo, poniendo a hervir éste, y colocando encima un recipiente de agua fría, que daba lugar a la condensación del vapor y así se obtenía el aguardiente. A partir de los años 60, la vida en Aliste empezó a cambiar, la gente iba a los trabajos, se cobraban pensiones, los pesqueros empezaron a ir por los pueblos con pescados frutas y pollos, empezaron a funcionar carnicerías en Rabanales y San Vitero, la maquinaria empezó a funcionar en la agricultura. A partir de aquella década Aliste también empezó a morir, la gente joven empezó a emigrar a borbotones, la natalidad descendía a pasos agigantados, los pueblos se quedaban sin gente a un ritmo imparable, hoy muchos pueblos están a punto de desaparecer, pero los que hoy vivimos, cada vez que vamos a uestros pueblos estamos felices en la tierra que un día nos vio nacer.

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LOS MOLINOS

Los molinos en Lober y en general en Aliste, son edificios simples, no muy grandes, de una forma rectangular, adaptados para el trabajo que desarrollaban. Yo diría que éstos molinos hoy ya son edificios históricos en Lober y en Alite, de los cuales ya sólo nos quedan recuerdos. Yo desde aquí diría a las administraciones que corresponda que tomen mano en éste asunto, no para ponerlos en marcha, sino para rehabilitar los edificios de éstos molinos, que formaron parte de nuestra historia y que hoy están a punto de desaparecer, y no creo que rehabilitarlos saliera muy costoso.

Todos los molinos tenían la misma forma, forma rectangular, y situados a un lado del río, sitio estudiado, de forma que el agua pudiera entrar bien en él, a través de una calienda que la llevaba a una presa llamada “Zuda”, y que en invierno, época de crecidas no quedara enaguado, ya que con las crecidas el agua retrocedía por el desagüe y el rodezno quedaba frenado.

Los edificios no tenían mucha claridad, solo tenían una pequeña ventana para mirar desde dentro la Zuda si tenía suficiente agua, tampoco tenían chimenea aunque en todos ellos durante el invierno se hacía lumbre sobre todo cuando se tenía que ir a moler de noche. Los tejados solían ser de pizarra, en tiempos material barato en Aliste por existir canteras en diferentes pueblos de la comarca.

Los mecanismos del molino eran muy primitivos, de ahí el valor histórico que tienen, aparte de las piedras o muelas y el rodezno, todo lo demás era de madera. Podemos mencionar algunas partes de la maquinaria que hacía funcionar el molino: el rodezno,l as piedras (muelas), la tolva, la caja (tambor) la criba (canaleja), el tocador (tarabillo) y el farnero. Cuando la tolva se quedaba sin grano, y las piedras continuaban funcionando se decía que andaba de “Rueso”.

Las piedras eran de cantería como allí decíamos (granito), piedra muy abundante en Fornillos y Moveros, tc., había algunas que las llamaban francesas, éstas hacían el harina más fina .Estas piedras eran redondas, con un aro metálico, a su alrededor tenían un rayado, era lo que molía el grano, este rayado con el tiempo se gastaba, y había que picarlas periódicamente. Para sacar la piedra de arriba se disponía de un artilugio en forma de media luna con una especie de uña por cada lado, se enganchaba en dos agujeros que la piedra tenía por los lados dándole la vuelta.

La Canal era una canal estrecha en forma de embudo por donde salía el agua con mucha presión que hacía funcionar el rodecno. El rodecno era una pieza circular con muchas aspas metálicas, fijada sobre un eje, que al caer el agua sobre él volteaba con mucha fuerza provocando el movimiento de las piedras. Las piedras se graduaban por medio de un tornillo, que con más o menos separación la harina salía más o menos granulada, la caja era una caja de madera circular que cubría las piedras, la tolva era un artefacto de madera donde se echaba el grano, que resbalando poco apoco iba cayendo en la criba, la criba era un cajón pequeño de madera donde caía el grano que venía de la tolva, tenia una tela metálica agujereada donde quedaban algunas posibles espigas o pequeñas piedras que podía tener el grano, el tocador era un palo redondo, dentado, enganchado a la vara del rodezno, que al rozar los dientes con el cajón de la criba hacía que el grano cayera alas piedras donde éstas lo machacaban, el farnero era un deposito escavado en el suelo y forrado con pizarras donde caía el harina que salía de las piedras.

Normalmente los molinos solían ser comunales donde varios vecinos tenían parte , unos tenían un día, otros tenían dos, y otros podían tener horas, por que normalmente en las herencias se repartían , para que todos los herederos pudieran moler.

Como ya he dicho anterior mente, los molinos si en breve no son rehabilitados, pronto solo tendremos el recuerdo, y pensando sentiremos en la mente, aquel. Tic- tac- tic- tac que era el corazón de los molinos.font>

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Escrito por D.F.F.

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03MAR2008

Articulos por gumaro

LA TRASHUMANCIA EN LOS AÑOS 60 EN LOBER

La trashumancia en Lober ha existido desde tiempos remotos. Había otros pueblos vecinos que por su ubicación en riberas o pastos más frescos y con abundante agua, el ganado podía quedarse pastando sus terrenos durante la calurosa época estival sin hacer la trashumancia.

Lober, un pueblo siempre con un exceso de ganado ovino, llegando el verano los pastos se quedaban secos o escaseaban debido al exceso de reses, por eso en verano siempre se tenía que hacer la trashumancia hacia las sierras de Puebla de Sanabria, buscando los frescos pastos y el agua de aquellas sierras, la gente decía que si las ovejas iban a la sierra, en invierno enfermaban menos. Había unas gentes de algunos pueblos que se cuidaban de arrendar los pastos, éstos eran los llamados amos, que después contrataban ovejas cobrando un tanto por cada una. También éstos tenían que contratar pastores y arreadores para cuidar la gran cabaña de ovejas que se juntaban, y que siempre solían ser dueños de las ovejas.

La trashumancia se hacía a finales de junio, salíamos de Lober al atardecer y llegábamos a dormir a los corrales de Rabanales cerca del río Ceval, allí metíamos las ovejas en los corrales campestres, y los pastores íbamos a Rabanales al bar del “Rabiau,” allí recuerdo que vi yo la televisión por primera vez, era el año 1963, tenía yo 14 años. Al día siguiente, había que madrugar quedaba un largo y agotador camino por andar, así salíamos los siete u ocho ganaderos de Lober y allí se juntaban también otros dos o tres que había en Tolilla, y salíamos río Ceval arriba, que nos empezaba a salir el sol antes de llegar término de San Vitero, allí ya se empezaban a ver rebaños de diferentes pueblos de Aliste, las ovejas de Lober y Tolilla ya iban juntas, aunque los rebaños iban aglomerados, no se acababan de juntar, por el instinto que las ovejas tenían, ya que por el balar ellas se conocían. Ya llegábamos a los campos de Aliste, mochila llena de comida, y capa al hombro, para llevar todo esto durante todo el día, era un gran esfuerzo . La comida que solíamos llevar era pan y tocino, chorizo ya no había o si había alguno se guardaba para medicina. Por los campos de Aliste ya empezaba a calentar el sol, allí no había agua ni sombra, a veces se encontraba alguna fuente que no era agua corriente, era agua detenida, y para cogerla teníamos que quitar una gran cantidad de “saltones”saltamontes, que caían al agua y como no podían salir allí morían, pero como no había otra aquella era buena para saciar un poco la sed y mojar el pan que llevábamos que ya se había quedado duro. En los campos de Aliste el sol era agotador, teníamos que taparnos con la capa de paño, de esa manera no daba el sol tan directamente en la cabeza. De hay el dicho que dice que lo que quita el frío , también quita la calor.

A medio día estábamos frente a San Cristobal, y continuábamos caminando, las ovejas con el sol no caminan, había que esperar que cayera la tarde . Llegando al término de Gallegos del Campo ya empezaban a caminar más, y había que recuperar terreno, Allí, ya se veía la cabaña de todo Aliste, aún no iban juntas, era en la “Fuente el Horno” donde se juntaban todas las de Aliste unas 5000aproximadamente. La fuente “El Horno” en término de Gallegos del Campo era una fuente con abundante agua fresca y que todo el día pensábamos en llegar a ella, durante muchos años sació la sed de todos los pastores alístanos.

El camino continuaba, ya sólo se veían ovejas por todas partes, pero ningún pastor conocía las suyas, la noche ya se echaba encima, aún quedaba camino por recorrer. Por fin se llegaba ya al sitio llamado el “Carrilon” que era donde se dejaban, esto era termino de “Flechas”en la Sierra de la Culebra, cerca de Peña Mira. Allí , se hacían cargo de la cabaña los pastores y arreadores que las llevaban al destino, a la sierra de la Pedriña, la Escoba, entre otras. Llegando allí después de tres o cuatro días más de camino, los arreadores volvían a sus casas y ya sólo quedaban los pastores, con sus grandes perros para defenderse de los lobos, eran los que las cuidaban durante dos meses aproximados dependiendo del pasto que hubiera mas o menos.

Tomábamos el camino de regreso, hacía Mahide, llegando a ese pueblo, cenábamos en una taberna que había, la cena solía ser latas de sardinas y jarras de vino, esa noche eso no falta, y acabado de cenar el gasto se pagaba a “escote”, la cama era campestre, íbamos a la era donde trillaban y dormíamos entre la paja, por aquella zona las noches eran bastante frescas, nos tapábamos con paja solo dejando la cabeza fuera, que también teníamos que tapar con la capa, por que sino picaban los mosquitos. Por la mañana había que levantarse temprano, había que coger el autobús en Mahide, que nos llevaba hasta Ceadea. De allí caminando hacia Lober, parábamos a almorzar algo en la fuente la ferrada, que era algún trozo de pan duro que nos había quedado del día anterior, y llegando a casa final de viaje.

Al cabo de mes y medio o dos, los arreadores subían hasta Puebla en tren, buscaban la cabaña y emprendían el viaje de regreso, después de cuatro días de camino, llegaban al destino, que era algún pueblo de Aliste, normalmente era Grisuela. Allí acudían todos los ganaderos de Aliste, había que apartar las ovejas, cada uno tenía que buscarse un corral de algún amigo o conocido, las ovejas iban dando vueltas por la calle, y tenias que vigilar cuando pasaban para conocerlas y irlas metiendo en el corral que habías buscado. Para conocerlas, las ovejas tenían una señal en las orejas, ésta señal cada ganadero tenía la suya propia, de ésta manera nadie se las podía quitar. También tenían otra marca para conocerlas, era “la mela” cuando se esquilaban, se le hacía una señal con pez caliente, cada uno también tenía la suya, que solía ser una letra. Una vez apartadas venían los disgustos, a uno le faltaban dos, a otros cuatro, en fin, los pastores traían algunas pieles, la cuales unas decían que las había comido el lobo, otras que se habían caído de alguna peña y se había muerto, en fin cosas así.

Esta es la historia de la trashumancia en Lober en aquellos años60.Hoy aún se continua haciendo,y no creo que el sistema mucho haya variado.

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Escrito por D.F.F.

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27FEB2008

Articulos por gumaro

LOS DUROS TRABAJOS DEL CAMPO EN LOBER.

Los trabajos del campo eran realizados por los hombres y mujeres indistintamente, unas veces solos y otras acompañados. Había trabajos que indispensablemente tenían que ser dos personas o más.

El recoger los cereales del campo, fue siempre la principal preocupación de los labradores, unas veces por miedo al fuego, otras por las tormentas, y ya con las mieses en la era, la preocupación más grande era la lluvia, siempre estaba el sufrimiento presente.

El cultivo de los cereales se hacía tradicionalmente a una “hoja”, con un sistema de año y vez, quedando un año sin sembrar hasta el año siguiente.

Después de abonada la tierra se sembraba a voleo, y se araba para tapar el grano. Esto era la sementera en el mes de octubre, anteriormente, se había hecho la rielva en marzo, y la bima ó “bina” a primeros de junio. En el mes de junio era también la siega de la hierba, se segaba con el gadaño “guadaña,” después de dejarla secar varios días se cargaba en el carro, y con el rastro se arrastraba para que no quedara nada en el prado. Para cargar el carro se necesitaban por lo menos dos personas, una a bajo para darla y otra arriba para componerla. El carro bién cargado, sobrepasaba por encima de los picones, y con unas sogas gordas echadas por encima que sujetaban la carga.

Con estas fechas de la hierba también coincidía la siega de la cebada, ya se había secado, y había que segarla y trillarla, había que ir al molino para hacer pienso, ya que los graneros se habían quedado vacíos y los cuchinos estaban cuincando en la corteja.

A primeros de julio se segaba el centeno , y a continuación el trigo, la siega hasta no hace muchos años se hacía manual con la hoz. Los segadores usaban “dediles”especie de fundas de cuero que se ponían para proteger sus dedos, y hacer la manada de mies más grande, a la izquierda se dejaban las manadas formando gabillas, y después se juntaban en manojos ceñidos com pajas de centeno llamadas ataderas ó garañuelas, y éstos se juntaban en montones llamados mornales ó morenas.

La comida era en el campo y a veces a pleno sol de julio, o también si había algún árbol o arbusto cerca se aprovechaba la sombra. El cántaro y la barrila para el agua, y el barril para el vino, eran siempre fieles compañeros de los segadores.

El día de Santiago se partían las eras, y el acarreo empezaba al día siguiente, los manojos se daban para el carro con el “urcon”, cuando el carro estaba cargado, se echaban unas sogas cruzadas y tensadas fuertemente para sujetar la carga por los largos caminos pedregosos y polvorientos. Llegando a la era se descargaba en grandes montones llamados “medas.”

A continuación venía la trilla, los trillos estaban formados por cuatro fuertes tablas juntas, y por debajo fuertes piedras de “siles”que cortaban la paja y desgranaban las espigas, el trillo lo arrastraba una pareja de vacas o de burros, en el trillo siempre iba una persona para hacer peso y recoger los excrementos de los animales. Durante la trilla había que dar varias vueltas a la parba con tornaderas, y cuando la paja estaba más fina, se daba con una pala de madera para sacar las espigas del fondo. Cuando estaba la paja desmenuzada se juntaba en un montón largo llamado parbón, en Lober se alineaban con la “Peña el Burro” de la sierra de la culebra, por que decían que entraba el aire más recto.

La limpia consistía en aventar la paja y el grano para separar éste de la paja, la limpia no requería mucho viento, para que no se llevara también el grano, el aire se llamaba portugués y el castellano. Cuando ya se había aventado casi toda la paja, se empezaba a sacar el grano con la pala de madera, era el Pejo, las granzas se pasaban por una ceranda o críba para separar el grano, el grano se juntaba en un montón llamado muelo, que después se metía en sacas hechas de lino para llevarlo al granero. El día que se recogía el grano se llamaba el día del gallo, por que ese día se solía matar algún gallo para celebrarlo. La paja era lo último que se recogía, se guardaba en pajares, la cual servía en invierno para envolver con pienso a las vacas y como abrigo en las cuadras para los animales .

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LA CAPA ALISTANA

La capa alistana se usó en Lober, hasta la década de los años 70 aproximadamente, hoy ya prácticamente, desaparecida. Unas acabaron de espantajo para los pájaros en las viñas, otras las cortaban para hacer alforjas, o para poner de melenas cuando se uñian las vacas, y otras todavía los más cuidadosos las conservan como prendas muy valiosas; las podemos ver en la procesión del Viernes Santo en Bercianos, y en otras procesiones de la Semana Santa en Zamora.

La capa era una prenda usada mayoritariamente por los hombres, hecha de paño pardo casero, y tenía tres partes diferenciadas, la capucha de forma puntiaguda, la esclavina con flecos a veces con un remate llamado “chiva”, y la capa sin mangas, que llegaba casi hasta los pies.

Casi todos tenían dos capas, la ordinaria de cada día que se usaba para ir al campo, con vacas u ovejas, para quitar el frío o la lluvia, y la de las fiestas, que se usaba para ir a misa los Domingos y otros actos religiosos, antiguamente la capa se usaba no solo para quitar el frío, sino que se ponía siempre que se entraba en la Iglesia.

La capa en tiempos pasados se usó también como traje de boda de los novios, iban tapados de arriba a bajo que apenas se le veía la cara, y las novias con el manto de crista, eran las indumentarias de rigor para ésta ceremonia. También se usaba la llamada casca parda también, y hecha de mismo paño, pero con mangas, ésta se usaba como hoy se usa un abrigo, por la parte de Pobladura, La torre, y por esa zona se usaba también la “Jerga” hecha también del mismo paño, pero ésta era en forma de manta.

En Portugal por la zona de Miranda, aún se fabrican estas capas, la confección es igual ó muy parecida, pero el paño ya es de fábrica, no es casero como era el alistano.

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EL INTRUEJO.

El Intruejo en Lober hasta los años1970,era muy diferente de lo que es en la actualidad, bueno en la actualidad no se de cierto si se celebra tal evento ó no, ya que eso son cosas de la juventud, y de juventud hoy en Lober hay poca.. Yo hoy boy a explicar un poco lo que era el intruejo en tiempos pasados. Este día, la gente mayor ya lo esperaba con anhelo, ya era tradición el toque al concejo por la mañana, el alcalde disponía y mandaba lo que se tenía que hacer, que cada año más ó menos era lo mismo: una parte de vecinos los mandaba a guiar el agua al valle de Balde el Mayo, y esparcir las boñigas y lo que es limpiar un poco el valle en lo que se podía, otra parte de gente la mandaba a arreglar algún camino, éstos trabajos solo duraban hasta medio día. Las mujeres se quedaban en casa haciendo los típicos dulces de este día, las “fiyuelas”, que eran huevos batidos con harina y azúcar, y la masa frita en la sartén, con aceite y manteca, después de fritas se le espolvoreaba más azúcar por encima. Cuando los hombres llegaban del concejo, era la hora de comer, ese día era ya a base de, cocido con chorizo, tocino, y algún hueso del espinazo, y de postre las fiyuelas, al día siguiente, ya no se podía comer nada de esto por que era tempora.

Por la tarde ya empezaba la fiesta, a medía tarde el Sr. Alcalde volvía a tocar a concejo, se juntaban los vecinos, mujeres y la mocedad, en la casa concejo, y el alcalde invitaba a todos a vino, y si las cuentas del pueblo andaban bien, también había aceitunas o escabeche, por que todo esto lo cargaban en las cuentas del pueblo.

A esa hora, también se empezaba a escuchar el fol y el tamboril, era la hora que salían los intruejos, los más pequeños no sabían donde esconderse de miedo, ya que los disfrazados eran irreconocibles, se enciscaban la cara con corcha quemada, se ponían una prótesis dentaria hecha de patata, y vestidos con andrajos, corrían detrás de las mozas para enciscarle la cara, y todos bailaban en “La Moral”, al son de la gaita y el tamboril.

Los intruejos a la hora, ó hora y media ya marchaban, pero la fiesta continuaba hasta cerca de la media noche. Los vecinos continuaban también tomando rodas de vino, y algunos de ellos cuando marchaban a casa, toda la calle era suya.

Al día siguiente era el “entierro la sardina”, y poca cosa era lo que se hacía, los mozos con una escalera y unas jaras encima tapadas con una manta, iban a enterrar la sardina, quemando trozos de pellejos y trozos de gomas y dando voces, pero ya no había ni baile, había entrado la cuaresma.

Durante toda la cuaresma, estaba prohibido hacer baile, no se bautizaba y tampoco había bodas, se tenía que esperar al día Pascua. Pero, no por eso, la mocedad dejaba de divertirse, los domingos por la noche salían a la “Moral”, punto de encuentro de toda la vida, y allí jugaban a las “Tierras”, a los “Casaos,” y a la “Guardadica”, y la juventud se divertía así.

Llegaba el día Pascua una de las grandes fiestas del año, para aquel día, casi siempre se esperaba algún pregón, y la víspera era el día de la famosa “Chisca”, que consistía en hacer una gran lumbre a la puerta de la que se apregonaba, quemándole casi todo el cabañal que tenían, luego salían los protagonistas del casamiento, invitando a la gente a pan y vino.

El día de pascua, siempre se formaba un gran baile en la Moral desde media tarde, hasta cerca de la media noche, había que recuperar todo lo de la cuaresma, el baile ese día se solía hacer con una música mas buena que un domingo normal: Faustino, con la dulzaina, y Paulino de Gallegos con bombo y redoblante, y así acababa la fiesta.

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LA LENGUA ALISTANA.

En la comarca de Aliste, no siempre se ha hablado el castellano, anteriormente era el “Charro”,o en otros términos, el asturleones, era una mezcla de gallego, asturiano, castellano y portugués, hoy día, todos los que hemos nacido en Aliste, aun nos queda un acento de aquel charro, pero, aquel idioma se ha perdido para siempre.

En diferentes provincias españolas hay comarcas que tienen su propia lengua dentro de la misma región, y que, con el paso de los años, han sabido conservar, ó incluso la han enriquecido. En Aliste es todo lo contrario, la hemos dejado perder, como tantas otras cosas.

He aquí, algunas palabras que yo guardo, de algunas conversaciones oídas a las gentes de pueblos que hace unas cuantas décadas, todavía hablaban algo el charro:

En la feria del 15 en Rabanales, había un hombre que tenia unos vacios a vender, llega un comprador y pregunta: Caballero, ¿quien los vende? R. ui no me digais eso, por que el otrudie pola mañana se mos murió la burra y tenemos un disgusto mu grande, ontavia no semos ha pasau, ui que cueño...Bueno, canto quereis polos vacios. R. dos mil riales. P.ui....., por hai los hi visto, y no quieren tanto.R.Pero no seran tan buenos.P. Bueno, pa que veais que bolos quiero comprar, vos doy cin riales menos i si quereis chambar cambelos y si no dejelos. R. pues no volos doy; Bueno, peque la feria ya sesta estrupiando, porque comostá amenazando agua tolamañana, nusotros marchamos pa casa nosiendo que agarremos una chupa dagua, y dispues esa frescura simpre le sale a uno.

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Tí Justo, que andais faciendo......Ya facía mucho tiempo que no vos via. R Si, ya hacie, ya, es que i estau algo ruin i no salie mucho, P. Uei.... Jesus, sí peque teneis ontavia los ojos fundius. ...R. .Si, es que ontavia no ando bien, el oturdie diemos aconsulta, y me mando unas melecinas, ayer fuei el rapa a buscalas a la Villa. P. Y la tí MarÍa aunde la teneis... R..Bueno, la tí Maria en casa quedo, dié que dieba a masar, por que tiniemos un cuchino, que tamien habíe andau algo ruin, y lo dejemos havesi agradicie algo y hora lo quiriemos matar, y dijo que dieba a hichar unas uguazas, pa migar, pa facer unas morcillas, y unos torrejones pa los rapaces. Bueno tí Justo, haber si otro día que vos vea ya is arribau. Ala quedaivos con Dios.

Eeste era el idioma de nuerstras raices Alistanas..

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LAS BODAS EN ALISTE

Las bodas en Aliste en la actualidad poco se diferencian de las de cualquier otra parte, pero no siempre ha sido así, hoy trataré de explicar lo que era una boda en Lober ó en Aliste hace unas décadas, para que los más jóvenes tengan una idea como se casaron nuestros abuelos ó bisabuelos y un día lo puedan contar a generaciones venideras.

El día de la boda, desde muy de mañana los invitados estaban ya vestidos de rigor rural a la puerta de sus casas haciendo tiempo para los actos.

Cuando sonaba el primer cohete, los invitados se ponían en camino hacia la casa de uno de los protagonistas, el novio, y acompañados por el estruendo de los cohetes, los rapaces ilusionados corrían saltando paredes de los prados y cortinas persiguiendo la caída de las varillas.

La comitiva se reunía en el corral de la casa del novio, era el momento de tomar el aguardiente, cosa que los invitados no podían renunciar. Cuando se suponía que éste evento ya había terminado, y ya animados por el artesanal licor, se encaminaba la comitiva a la casa de la novia, presidida por el novio por el padre y el padrino.

Al llegar el acompañamiento del novio a la casa de la novia, las mozas invitadas cantaban los cantos de llegada:

Bienvenidos caballeros,

que esperando están por ella;

bienvenidos, bien llegados

sean todos los invitados.

Acabados los cantos, llegaba el emocionado momento de la bendición paterna. El padre siempre con emoción la despedía dándole su bendición, recordándole su vida en casa y diciéndole de la responsabilidad del cambio de vida, refiriéndose a la fidelidad a su esposo. Este era el canto de la bendición del padre:

Arrodíllate, niña hermosa,

en éste patio barrido,

que te eche la bendición

el padre que te ha querido.

Despídete, niña hermosa,

de la casa de tus padres,

que ésta es la última vez

que de ella soltera sales.

Después, todos los invitados juntos , y los novios con sus trajes regionales, llevando él sobre los hombros la típica capa Alistana, y ella el manto de “crista”, y se dirigían camino de la Iglesia acompañados también del gaitero, en ese día no faltaba nunca la gaita.

Las mozas continuaban sus cantares, refiriéndose al paso que iban a dar:

Mira, niña, lo que haces,

mira lo que vas a hacer,

que ese nudo que se hace

no se vuelve a deshacer.

El canto de éstos cantares, se iba repitiendo hasta llegar a la Iglesia. Al llegar a la puerta de la Iglesia, como era de costumbre tenía lugar la primera parte de la ceremonia. El momento más grave y Emocionante era el del “si” . Era el momento más sonado del día. En el momento que los novios decían “si quiero”,una verdadera tormenta de cohetes y bombas rompían el silencio de la mañana, ocho ó diez mozos prendían cohetes sin interrupción y se llenaba el aire de humo cogiendo la dirección del viento.

Después ya comenzaba la misa, y durante el ofertorio tenía lugar la tradicional ofrenda de la novia, unas velas en una cesta engalanada con un paño de lino que seguramente ella misma habrá hilado el lino, y el novio ofrecía una jarra de vino que también habría salido del sudor de su frente.

A la salida de misa todos le daban la “enhorabuena”, y emprendían el camino hacia la casa de la novia, ya después comenzaba la comida, había un menú tradicional, de entrada sopa de fideos a base de caldo de cocido, y no cabe duda que de bebida era el tinto vino de casa que con él se empezaba a animar la comida desde el primer momento, después venían los garbanzos, cocidos con la carne de los carneros sacrificados el día anterior, luego el plato fuerte; grandes trozos de carne cocida. Se servía en grandes cazuelas encima de las mesas provisionales que días ante habían preparado para tal fin, se ponía una cazuela cada ocho ó diez personas y todos comían del mismo recipiente.

El postre eran las típicas rosquillas de las bodas, que habían sido elaboradas por las mozas que habían sido invitadas, se lo hacían como obsequio a la novia, y las repartía la madrina.

Terminada la comida salían los novios e invitados, nunca faltaba la gaita y el tamboril todos juntaban su alegría entre la vueltas y revueltas de las jotas, baile charro, agarrao, baile llano, corrido.

Era tradición el baile de la medida el día de la boda, era un recipiente lleno de vino, y a su alrededor se movían los bailadores levantando sobre él las dos piernas, esto se hacía por la tarde a la hora de los “cachos”. Los cachos eran trozos de pan y vino que repartía la madrina y el padrino a toda la gente del pueblo. Después venia “el carro” se subían los novios y los padrinos encima de un carro, tirando los mozos de él y cantando.

Quien fuera gato ésta noche,

para entrar por la gatera

para dormir con la novia,

y echar al novio pa fuera.

Al día siguiente se hacia el segundo día de boda, que soila ser en domingo. Se hacía una comida de lo sobrante del anterior, y a media tarde el estallido de un cohete anunciaba el final de la fiesta.

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EL LINO.

El lino formó parte de la economía y de la cultura de aliste durante yo diría que cientos de años ya que no se sabe bien cuando se introdujo ésta planta en la comarca de Aliste, pero yo diría que los celtas ya la cultivaban.

Hasta principios de los años1970 se cultivó el lino en Lober, y era una buena parte de la economía de nuestro pueblo, ya que de él se sacaba la mayor parte de la ropa que se usó hasta finales de la década de los años 1960, esta ropa también llevaba un composición de lana, otro de los motores económicos que daban sustento a la mayor parte de las familias.

De el lino se hacían ya desde tiempos muy antiguos, por ejemplo las camisas de los hombres, manteles, sacas para meter el grano, alforjas para las caballerías, también se usaba la hebra del lino para las espitas de las cubas. Hoy todavía se conservan en los baúles de muchas casas, de las mujeres más cuidadosas, y con aquel fuerte olor a alcanfor muchas de éstas apreciadas prendas.

El lino era muy trabajoso desde que se sembraba hasta el final de la elaboración, se empezaba por trabajar la tierra, la cual tenía que estar en muy buenas condiciones, fina y sin terrones, se sembraba por el mes de abril en un sitio con suficiente agua para regar, después había que entresacarle la hierba que nacía y regarlo periódicamente cuando tenía falta.

Había dos clases de lino, uno se llamaba abertizo y el otro cerradizo, a la hora de la recolección había que vigilarlo por que el abertizo se le abría la vaina y se perdía la linaza sino se arrancaba a tiempo, y el cerradizo no se abría, ese se tenía que mayar para sacar la linaza. La linaza se guardaba alguna para la siembra del año siguiente, otra se guardaba para medicina de remedios caseros,(para cataplasmas para curar catarros,) la sobrante se vendía a los linaceros que pasaban por los pueblos comprándola, si se quería cobrar alguna perra gorda más, se iba a vender a la feria del Cristo de San Vitero el día 14 de septiembre.

El lino se elaboraba con gran trabajo, después de arrancarlo en el mes de junio, se sacaba la linaza, luego allá a finales de agosto se llevaba a curtir: se tenía unos 21 días tapado de agua en el río, después se sacaba y se dejaba secar bien, a finales de octubre se mayaba , que consistía en machacarlo encima de una piedra (poyo) para romper el tallo de la hebra dándole golpes con una mayadera, luego se espadaba, consistía darle golpes cociéndolo en manadas poniéndolo encima de una tabla clavada de punta en un madero, (fitera) y dándole con la espadilla, (forma de cuchillo grande de madera,) con ésta operación se separaba el tallo de la hebra, la hebra quedaba en la mano y el tallo caía al suelo (tascos.)En ésta operación ya nos quedaba solo la hebra, después venia el rastrillo, se peinaba la hebra con un artilugio de madera con púas de hierro en el centro y conseguíamos una hebra aún más fina, de ésta hebra ya se hacían los cerros, que era lo que se iba. Luego ya se ponía el cerro en la rueca y se hilaba. Yo trabajé en una fábrica de tejidos, y cuando elaborábamos lino se dejaba el tejido con un 10% de humedad, de hay que cando nuestras madres o abuelas hilaban el lino tenían que ir mojando el hilo con saliva tal como se iba empezando ha hacer el hilo para que éste quedara más suave. Una vez hilado se hacían las madejas con la naspa, (aspa) que era un artilugio de madera con cuatro aspas y una manivela que dando vueltas se hacían las madejas. Hechas ya las madejas se cocían éstas en potes grandes con ceniza de fresno para que quedaran más blancas, después de cocidas con otro artilugio llamado argadillo se hacían los duvillos (ovillos) y ya quedaba el lino a punto para ir al telar. Los telares que han existido en ésta comarca son primitivos, hoy ya son piezas de museo, en Lober todavía se conservan varios de éstos telares, igual que en la mayor parte de la comarca. Para confeccionar las prendas de éste tejido que éstos telares hacían, había las llamadas costureras, mujeres que se dedicaban a coser por las casas, en una casa cosían un día , en otra una semana, dependiendo siempre de las prendas que tuvieran que hacer, pero siempre cosido a mano, más tarde ya había máquinas de coser y cada mujer se hacía sus prendas.

Las mujeres siempre eran las que cargaban con éste duro trabajo, desde que se sembraba el lino hasta que se hacían las prendas, el hilado requería mucho tiempo, se reunían para hilar en los llamados hilandares, yo recuerdo que en casa de mi madre había un hilandar, comenzaban a finales de octubre y acababa el día de las candelas que hacían una cena, que solía ser botillo con arroz,

!!bien merecida se la tenían!!. el hilandar comenzaba sobre las ocho y media de la noche hasta las doce aproximadamente, en aquellos años aún no había luz eléctrica, y lucían con la pobre luz de un candil de aceite o de petróleo, al humor de la lumbre y siempre contando alguna historia, o algún suceso ocurrido en el pueblo o en la comarca.

Esta es la historia del lino, aunque aún me podría extender algo más con lo del hilandar y otras anécdotas que ocurrían.

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TURISMO RURAL

Lober de Aliste es un pueblo de turismo rural de la provincia de Zamora, situado al sureste de la comarca de Aliste a dos horas y media de Madrid y a treinta minutos de la ciudad de Zamora por la N. 122 y donde te podrás alojar en las casas rurales de Lober ó en el hotel la “JAFRIZ” de Fornillos.

Aquí no tenemos museos, ni tampoco catedrales, pero puedes disfrutar de una naturaleza sin nada de contaminación, y disfrutar de sus noches de estrellas brillantes y que el único ruido es el aullido de algún lobo, el canto de los grillos o de las ranas en alguna charca.

Podrás visitar las antiguas minas de hierro de la Ferrada, o la fuente con abundante agua con el mismo nombre, en primavera veras abundantes praderas repletas de margaritas y campanillas, y las blancas flores de las jaras, las amarillas de las escobas y codesos que hacen contraste con las azules del abundante tomillo en todas sus laderas y colinas. En Lober encontraras gentes humildes que nunca te defraudaran, sus antiguas casas y pajares están hechas de piedra y una mezcla de paja y barro y algunas con sus tejados de pizarra y contrastan con las modernas de nueva construcción hechas de ladrillo.

En Lober puedes ver vacas y burros por la calle, éstos ya en peligro de extinción, hay pequeñas explotaciones agrícolas que todavía se usan éstos animales para la labranza, también se pueden ver dos molinos harineros centenarios en la rivera que todavía funcionan alguna vez.

La gastronomía en Aliste es muy rica en carnes, por ejemplo: el chuletón de la muy conocida “TERNERA DE ALISTE”, en San Vitero, los buenos callos y mollejas de casa Matellan en Rabanales, el buen solomillo de casa Alfonso y el sabroso cordero de Grisuela, con un gran surtido de jamones y embutidos de la zona, todo esto regado con los distinguidos vinos de Toro y la Rivera del Duero.

Tenemos Miranda de Douro a 19 kmt., ciudad muy conocida de Portugal por su gran número de comercios, donde antes de llegar, pasaremos por Moveros pueblo de tradición alfarera, donde podrás visitar los diferentes talleres de alfarería con un gran surtido de piezas actuales y centenarias. Llegando a Miranda puedes darte una vuelta por la gran cantidad de comercios, y también te encontraras con el exquisito bacalao que allí cocinan, y si te apetece te puedes dar un paseo en barco por los arribes del Duero, donde pasa el río por un estrecho ñón durante varios kmts que hasta llegar al agua hay hasta 200 mts de profundidad, y llegando un poco más arriba `puedes ver el puente de Pino construido en el año 1929 y que fue diseñado por un alumno de Eifel.

Ven a Lober te encontraras a gusto

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YO TAMBIÉN SOY DE LOBER

Yo nací en Lober y me bautizaron en la Iglesia de Santa Marina, en cuya torre, la cruz ya no existe porque una malvada tormenta se la arrebató en el mes de septiembre del año 2007. Yo, cuando era un niño, también iba a jugar a la Moral con alguna pelota hecha por nosotros mismos con trozos de goma por dentro y con hilo de lana por fuera, o con algún camión hecho con un trozo de madera y una lata de las sardinas.

Yo también era de los que iban por las calles de Lober corriendo detrás de un aro, guiado con un artilugio hecho de alambre y un palo llamado gancho. Yo también era uno de tantos niños que todas las tardes ibamos a buscar agua con los cántaros al chariz de la era. Yo también fui a la escuela con Dª Casiana y el Sr. Pedro y jugábamos en la plaza de debajo de la escuela durante el recreo. Yo también, los días 18 y 19 de septiembre, compraba chirrilletes y petardos al Araujo y a Santiguiñas, con las pocas pesetas que conseguíamos para la fiesta de nuestros padres. Yo también pagué la media para ser mozo y poder estar en la calle después de que tocaban a la oración.

Yo también iba a echar la partida los sábados por la noche a casa del tío Sidoro. Yo también bailé en la casa concejo los Domingos de aquellas oscuras noches de invierno, a la tímida luz del candíl de petróleo, al son de aquel viejo tamboril cuyas pieles habían sido arrebatadas a un perro y labradas por los mozos más habilidosos y que lo tocaban aquellas buenas mozas que había en Lober en la década de los años 60. Yo también era de los que volteaban las campanas las vísperas de las grandes fiestas y que echaban la ronda alrededor del pueblo cantando, acompañados por la dulzaina o el fol de Paulino. Y yo también fui uno, como tantos de Lober, que un día dejaron su querido pueblo y nos fuimos a otras tierras desconocidas mirando a ver si se encontraba algo mejor.

Hoy ya han pasado 36 años y yo, todavía, cada día, pienso en Lober.

Un saludo para Aliste y, en especial, para todos aquellos que, como yo, son de Lober.

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AGRADECIMIENTO

Gúmaro da las gracias a todos cuantos hayan leído sus artículos. No es mucho lo que en ellos he aportado, a los mayores, recuerdos de sus maravillosos años en Lober, a los jóvenes , tal vez alguna pista, y pudiera ser que en años venideros éstos artículos alguien los pueda ampliar.

Un saludo, y muchas gracias.

gumaroep@hotmail.com

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Escrito por D.F.F.

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21FEB2008

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Galería pública de fotos

Página dedicada a reunir las fotos del pueblo, de su gente... actuales y antiguas. (disponible para todos aquellos que quieran subir fotos).


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Escrito por D.F.F.

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01FEB2008

Historia de jeijo

Tesoros

Mi primo, el mayor de la familia, y yo siempre soñábamos de niños con ser detectives. A través de la ventana de una de las habitaciones de la casa de mis abuelos, donde dormía mi primo, se nos podía ver intentando resolver casos que nos inventábamos o que agrandábamos sobre algún suceso acontecido que oíamos a nuestros mayores. Otras veces nos dedicábamos a espiar a las chicas o a otros niños. En épocas pasadas, aquella también había sido mi habitación que compartía en vacaciones con el mismo primo y algunos fines de semana con mi tío y una cinta de “Los Pecos” a la hora de dormir. Por eso, y otros motivos, allí siempre me sentía como en casa y estaba encantado de que fuera nuestro “cuartel general”.

Detectives era la profesión preferida, tanto que competía con la de futbolista – yo, un niño que no tenía más “novias” que una pelota con la que pasaba incontables horas –. Hacíamos que fumábamos cigarrillos imitando a grandes personajes del celuloide, como el duro Humphrey Bogart, admirábamos el refinamiento de Hercules Poirot y la perspicacia del gran Sherlock Holmes y nos reflejábamos en los personajes de la serie que tanto empezaba a cuajar: Corrupción en Miami.

No sabíamos que una tarde de verano, recién comenzada en el silencio de la siesta, tendríamos un caso real que pondría a prueba nuestra capacidad detectivesca. Habíamos quedado, como casi todas las tardes, con otro amigo en la sombra que dibujaba la casa de mis abuelos y que avanzaba lentamente durante toda la tarde, como un caracol pertinaz, hacia la era. Saliendo por la puerta pequeña del corral observamos como venía por el camino que conducía desde su casa hasta la era. Llevaba un paso ligero, con cierto ademán de persona de color del Bronx neoyorquino al ritmo del sonido de “Modern Talking” o su paisana “C.C. Catch” que emitía su radiocasete, de aquellos que todavía no conocían el sonido estéreo y el dolby surround.

Una vez los tres juntos, gastamos nuestra primera media hora intentando encajar guijarros entre las cuatro paredes de los dos pilones de la era. Era difícil, pero tenía su recompensa cuando veíamos la abombada trayectoria de una piedra que primero subía al cielo y luego descendía vertiginosamente hacia su objetivo chocando contra el agua y haciéndola sonar con un profundo eco, a la par que salpicaba gotas que flotaban en el aire unos instantes y luego desaparecían como si se evaporaran entre los rayos de un sol incendiado. Cuando nuestros brazos dijeron basta, dimos un respiro a las pequeñas piedras de nuestro alrededor y decidimos ir en busca de las tres chicas que el día anterior nos habían enseñado el inquietante juego de las Tijeras de Verónica.

Era simple. Unas tijeras abiertas introducidas hasta la mitad en un libro y atadas con una cinta a lo largo de él, de manera que tijeras y libro se mantuvieran en el aire con el simple apoyo de un dedo por la parte inferior de cada ojal de la tijera, con peligro de muerte si se metía el dedo por dentro, ya que se suponía que eran los ojos de una tal Verónica muerta en extrañas y macabras circunstancias. Por supuesto, el arma homicida fueron unas tijeras. El juego consistía en hacer preguntas en alto a Verónica que contestaría con un escueto o no en función de hacia que lado se moviera el libro. Y la verdad es que el libro se movía.

No tardamos en encontrarlas. En la Fontanina, auspiciadas por la sombra fresca de un grandioso pajar de piedra, junto a su puerta de madera que iba a juego en esplendor y altura con el resto del inmueble, estaban jugando otra vez con Verónica. Las dos más mayores en edad sostenían una por cada lado las tijeras y la otra niña, de mi quinta, parecía hacer alguna pregunta. Al llegar, nos unimos enseguida a preguntar banalidades: que si le gusto a tal, que si cuál está por pascual, qué si ganará la liga el “madrid”, la “real” o el athletic, etc. De pronto, la niña, incipiente mujer que había importado el juego desde Vitoria, hizo una pregunta qué tornó inesperadamente las carcajadas de la diversión del juego en bocas cerradas. ¿Existe algún tesoro en Lober? – preguntó. El silencio se concentró en las miradas cruzadas que los seis nos hicimos, sobre todo hacia la “vasca”, posándose finalmente con expectación en el movimiento del libro. Sí, fue la respuesta…

¿Qué sería del verano sin las noches? En Lober, el ambiente nocturno se llenaba de conversaciones enramadas, como la hiedra, en las pequeñas y largas aceras construídas en alguna de las caras exteriores de las casas. Otras personas, vara y linterna en mano, se aventuraban a adentrarse en la espesura de la noche y paseaban por la carretera camino del “empalme” o de Tolilla, no había más direcciones. Los niños teníamos un amplio repertorio de juegos: el “veo veo”, el “escondite inglés”, las comidas preferidas, el pañuelo o la rayuela. Sin embargo, el juego estrella para la noche era el escondite.

En la noche que siguió a la pregunta enigmática, el sitio elegido para “salvarse” eran las tablas cruzadas que tapaban la puerta de una gran casa blanca deshabitada, con cierto aire señorial, dinteles de granito en puertas y ventanas y con fecha de nacimiento: 1.915. El tiempo había hecho mella en la pintura blanca de sus paredes y en las tejas, lo que le daba un aspecto lúgubre y desangelado. Era un lugar ideal apenas iluminado por la bombilla de la casa de la Ti Dominga y por el que parecían pasar fantasmas – siluetas de niños – apenas perceptibles entre la poca luminiscencia de las bombillas que cada casa encendía para alumbrar sus humildes entradas hasta una hora prudente.

Comenzado el juego, me oculté en un oscuro callejón sin salida y tras mis pasos me siguió una de nuestras amigas vespertinas que sólo me dijo – “Tenemos el tesoro”. Aquellas palabras se deslizaron por mis oídos percutiendo cada letra dentro de mí como el insomne tic tac de un antiguo reloj despertador. No me había vuelto a acordar del tesoro imaginando que Verónica se refería al escondido en Peñalba. Aquel que estaba enterrado a tan poca profundidad que podía encontrarse a golpe de arado o pezuña de ganado: la campana de oro. Sin embargo, aquella frase me dejó confuso. ¿Acaso habían sido capaces de encontrar la campana? Me quedé pensativo, absorto, tanto que me tocó “quedármela” la siguiente vez.

Desde entonces, nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: "mierda en bote". Al final nos cansamos de no obtener pistas suficientes y llegamos a la conclusión de que Verónica se había confundido y todo había sido fruto de una broma hilada en el tedio de las primeras y calurosas horas de las tardes de verano. Casi ya olvidado el asunto, mientras apurábamos los últimos minutos antes de ir a comer sentados en la acera de la casa de mis abuelos, en una sombra que menguaba a pasos agigantados, observamos como las tres muchachas llevaban un objeto no muy abultado que apenas se hacía visible excepto por su color amarillo chillón.

Se dirigían dirección a las escuelas, calle abajo. No nos bastó decirnos nada, sabíamos que podía ser el tesoro. Las seguimos lo más sigilosamente posible y siempre con precaución de no ser vistos. Llegó un momento en que las perdimos de vista, pero justo antes de doblar la esquina por la que supuestamente debían haber pasado oímos sus voces. Parecían llegar del corral de Felisa y llegamos a escuchar suficientes palabras entrecortadas para entender que estaban enterrando el tesoro. No hacía falta seguirlas más, así que desandamos nuestros pasos y volvimos a sentarnos en el alfeizar de la misma ventana, como si no nos hubiéramos movido de allí. Al poco las “piratas” regresaron a sus casas. Un sol casi vertical daba la hora de comer y los cinco minutos de espera se hicieron eternos. Luego, apresurados cogimos las dos bicis que estaban aparcadas de cualquier manera sobre el suelo y nos dirigimos hacia el lugar dando un rodeo.

Encontramos el tesoro. Nuestros ojos se obnubilaron al ver un recipiente color amarillo que estaba enterrado entre el abono seco. Si alguien nos hubiera visto habría pensado que nos habíamos vuelto locos, como esas personas afortunadas que les toca la lotería de Navidad. Reíamos, saltábamos, pero decidimos huir del lugar enseguida por si volvían las dueñas del tesoro. Volvimos a montarnos en las bicis. Me subí en la parte de atrás de una de ellas y, mientras sostenía el tesoro, fui llevado en volandas por mi primo carretera abajo, dirección Tolilla, haciendo parada en Fuentelugar.

Nuestro amigo hizo los honores de abrir el recipiente. Sus manos nerviosas denotaban el estado general de los tres. Desenroscó la tapa y todos al unísono inclinamos nuestras cabezas. Nuestros ojos se centraron en su interior olvidándonos un momento del resto del mundo. En un segundo la ilusión se transformó en decepción y luego en una enorme humillación – me pregunté si el día de los santos inocentes no era en Diciembre –. Mi primo arrojó el contenido a la carretera y le dio un puntapié al recipiente. Un bote de Cola Cao que fue a parar al arroyo que regaba las huertas colindantes. Nos quedamos pensativos, abochornados, repasando lo que había pasado los días anteriores. La verdad se hacía más dura observando que el tesoro se componía de “caganetas” de oveja y boñigas de vaca. “Mierda en bote”.

El orgullo herido era menos pasando los días en Aliste. La amistad y el verano no se podían romper por aquella tomadura de pelo. Unos días más tarde, y en otro lugar del mundo se encontraron los restos del Titanic. ¡Menudo tesoro! Aunque a mí no me importó. Yo había descubierto la era y sus pilones, las charcas llenas de ranas en “Valdecarbayo”, los derrapes de las bicicletas, el agua fresca de la ribera del Mena, los pequeños refugios en que se convertían las aceras – con sus sombras de día y luces tenues en la noche -, el inquietante juego de Verónica, los partidos del atardecer, los “apartamentos” y las presas de agua en las “Peñicas”, los caminos por los que nos abríamos paso con nuestra música, los juegos de cartas, las moras y la gaseosa de sabores. Y lo mejor de todo: buenos amigos. Descubrí toda aquella diversión bajo un calor que no se apreciaba, sobre una tierra que no se quejaba, rodeados por estrellas que nos envidiaban.


A todos los buenos corazones que siempre descubro en Lober.

Jeijo
“Nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: ‘mierda en bote’.” SALVA.



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Escrito por Jeijo

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23NOV2007

Historia de jeijo

Caldo de Otoño”

El débil sol de otoño entraba escaso por la ventana de la cocina. Al abrigo de la chimenea menguantes brasas lucían entre ceniza y a su vera la familia de Jeijo, reunida gracias al “puente” de todos los santos, comenzaba a disfrutar de una comida copiosa y asada en la lumbre. Para regarla, su tío descorchó una botella de vino en la que había una pegatina roída y amarillenta de la que apenas se podía leer “vino de la Rioja” y que ya nada tenía que ver con la procedencia de su contenido. Sirvió a los comensales y enseguida Jeijo tomó el vaso y lo puso a trasluz un instante. Parecía sólido... Le dio un sorbo. Aquel vino se columpió en su lengua con un sabor fuerte, añejo como un coñac, casi se masticaba y su aroma no envidiaba al “bouquet” de un buen vino francés.

Miró a su abuela un momento. En ese instante las memorias de Jeijo se transformaron en un escalofrío que recorrió como una culebra de agua su espina dorsal y terminó en dos lágrimas que se mantuvieron a duras penas en sus ojos. Le vino a la mente la cosecha y elaboración de aquel vino, ocho años ha, y que, quién sabe por qué, seguía manteniéndose bebible. Entre sorbos de cristal y ruidos de cubiertos enredados entre platos, Jeijo recordó la vendimia de la uva que había sido madre de tan buen vino y que prodigiosamente había dejado tan buen sabor y había mejorado con el tiempo – como solía decirse del buen vino – en una tierra que no se lucía precisamente por sus buenos caldos…

… Su madre entró en la habitación temprano. Llevaba amanecido un rato pero como Jeijo y su hermano no eran madrugadores les costó levantarse de su cálida guarida. Jeijo se desperezó en cuanto salió a la calle. El sol de los primeros días de otoño aún calentaba y contrastaba con las lágrimas de rocío de la madrugada de tal manera que daba la impresión de que la tierra sudaba. Entre bostezos y estirones observó que toda su familia estaba preparada para ir a la vendimia. La mayoría montó en los coches, sin embargo Jeijo subió al carro que conducía su abuelo, vara en mano, rumbo al “sierro de las corzas”, acompañados por crujidos de los viejos listones del cuerpo del carro, el traquetear entre cantos de las ruedas de radios de madera y la lenta pero efectiva marcha de las dos vacas “uñidas” bajo el yugo.

Llegados a la viña, todos se equiparon con los aperos necesarios para la tarea: cubos, cestas de mimbre, baldes negros, navajas, gorras y sobre todo mucha disposición a doblar la espalda. Comenzaron la vendimia del lado contrario de la viña donde habían estacionado el carro y los vehículos. La viña, situada al sur de la falda del sierro de las corzas, tenía pocas carreras pero era tan larga que embutía en el alma la desesperación y la interrogación de cuándo acabaría la jornada.

La vendimia se realizaba entre pequeñas riñas sobre como debían atacarse las carreras – si a lo largo o mejor por filas – conversaciones de anécdotas sobre vendimias de años anteriores, de si la uva era mejor o peor, de si el tiempo había acompañado o no, o si era mejor la “híbrida” a la hora de recolectar. Palabras que se ahogaban en la espesura de los robles ladera arriba y que de vez en cuando amainaban y se transformaban en un silencio que sólo se rompía por el golpear de racimos recién cortados contra los cubos y por el ruido de las hojarascas de las vides violadas por los brazos de los vendimiadores.

A Jeijo le gustaba la vendimia porque eran días de reunión familiar, como un pequeño anticipo de las navidades y un extra al recién terminado verano. Si no fuera así, y porque le había empezado a gustar beber el vino, no hubiera estado muy dispuesto a doblar repetidamente la espalda o trabajar de cuclillas, incluso, cuando ya no sabía como ponerse, de rodillas sobre la tierra. Entre estos barrocos esfuerzos, recibía consejos de su abuelo y su padre para que aprendiera a dejar las uvas royas, pero estas advertencias no servían de nada porque todas le parecían iguales y ante una duda repetitiva, y por no preguntar siempre, al final lanzaba al cubo todos los racimos que encontraba a su paso.

Como agacharse no era santo de su devoción, siempre se ofrecía voluntario a transportar los baldes llenos de uvas para descargarlos en el carro. Su padre, su hermano, tíos o primos, todos en comandita y con los baldes de duro y negro plástico rebosantes de uvas a caballo sobre sus hombros y espaldas, daban la estampa de los personajes dibujados en los botes del Cola Cao. Y luego volvían a la tarea por entre las carreras balanceando el balde o parándose a coger algún buen racimo. Y otra vez a agacharse y sumergirse en aquel documental de minifauna enredada entre hojas, parras y babos: avispas con sus aguijones latentes y sus primas las abejas, “teresas” camufladas, arañas de largas patas y minúsculos torsos, incluso se dejaban ver ratones entre el terreno seco y algo pedregoso o perfectos nidos de media esfera olvidados ya por sus pequeños constructores. Y otra vez volvían las conversaciones sobre quién había venido a vendimiar al pueblo o, llegando ya a un punto de cansancio, de si se paraba a almorzar.
Hasta que el final esta maravillosa idea se hacía realidad: el último y algo duro salchichón y chorizo de la matanza del año anterior, jamón cortado en tacos, hogaza de pan, agua fresca, cervezas vino, aunque éste último no apeteciera con tanta uva en el buche, y manzanas eran pequeñas delicias que reponían las fuerzas no sólo del cuerpo sino que allí sentados y auspiciados por la sombra fresca de un “freno” y con un cielo dolorosamente azul como límite a las miradas perdidas surgidas mientras se masticaba, también descansaba el alma del ajetreo de la ciudad y de las sombras sin aliento de los edificios.

Como decía su madre, la vuelta a la tarea era difícil porque “con la tripa llena uno no se podía doblar”. Sin embargo, poco a poco, al igual que el trabajo incansable de las hormigas, las filas fueron disminuyendo y cuanto más cerca estaba el final más se aguantaba a terminar. Jeijo en la última fila se desentendió de coger más uvas y se dedicó a cargar en el maletero del vehículo de su padre los cestos llenos de uva para comer y lo cubos vacíos impregnados, al igual que las manos de los vendimiadores, del dulce de la uva.

Regresaron al pueblo. Tocaba comer. Lober se llenaba del ambiente de la vendimia. Había un olor especial mezcla de dulce, vinagre, humedad y sulfuro. La estampa del pueblo se empapaba con cubas y artesones en remojo por fuera de los pajares o junto a los pilones, con idas y venidas de carros y coches y sobre todo con la gente que regresaba al pueblo con el fin de convertirse por unos días en “químicos” del vino. Aunque hacía calor pasadas las tres, un estofado de patatas con carne era el mejor reconstituyente al esfuerzo de toda la mañana y mediodía. Tras el café y algún gato enredando bajo la mesa siguió la tarea.

Jeijo se enfundó unas botas verdes de agua que le llegaban a la rodilla y se aupó al carro junto a su padre que realizó la misma operación. Se subieron encima de un mar de uvas, porque el que se ahogaban hojas de vid, avispas y otros insectos, y comenzaron el proceso lento de ir aplastándolas para desbordar su jugo que lentamente se deslizaba por el artesón colocado en la base del carro y salía por su espita en cascada hacia un balde redondo y verde. De allí, se transportaba a las oscuras y añejas cubas de las que previamente se había eliminado el oxígeno que contenía quemando un poco de azufre en su interior y que dejaba un olor muy fuerte y desagradable en la bodega. El trabajo de pisar era arduo por lo que se relevaban entre varios. Todo el mundo seguía con alguna labor. Pisar, llevar el mosto y la “madre” a la cuba o desechar el tallo de los racimos pisados. Más trabajo pero más ameno y descansado que la recogida de la uva. Su abuelo fatigado por la jornada dejó de ayudar y se tumbó cerca del carro. Aunque su cuerpo decía no a seguir allí, su espíritu de agricultor le hacía retenerse, vivir lo que había sido su vida, estar con los suyos y pasar otro día más de trabajo de campo pero al fin y al cabo, como pensaba Jeijo, agradable si era bien llevado.

Su abuelo falleció poco después de aquella vendimia, no se sabe si antes o después de que cantara el gallo y cuando el otoño pintaba, y regalaba a los alistanos, un paisaje vivo de bellos y múltiples colores apagados de tonos ocres, marrones, naranjas, morados, amarillos y oro, que hacían del paisaje un puzzle por el que se colaba aun el verde furtivo de la primavera. Un otoño como otro cualquiera en que las hojas caían como una lluvia fina e incesante que sepultaba la tierra yerma y helada. Tiempo de ásperos y maduros madroños, de tardes desapacibles, de largas noches acurrucadas al calor y al crepitar de la chimenea, de castañas y de “setos”. Fue una fría mañana protagonizada por un sol perezoso que disputaba con las gallinas quién se acostaba antes. Un sol que madrugaba cada vez menos provocando pequeñas e inmaculadas nieblas agarradas a los fondos de una tierra que su abuelo hizo suya a golpes de azada, camisas sudadas y manos agrietadas…

… Acabada la comida, la botella de vino se encontraba vacía. Sólo restaba un “culín” en la que quedaban los posos y un color morado, casi negro, tintando el cristal. Jeijo apuró las últimas gotas de su vaso mientras pensaba que una muerte es una hoja menos que se desprende del alma y cae en la indiferencia del tiempo. Un alma que se tiñe de otoño a medida que trascurre el tiempo, como las canas en el cabello. Su abuelo se fue, lo mismo que desaparecían los negrillos y las cuadras, al igual que se convertían en trastos viejos los arados romanos, los artesones, las “palanganas” y los trillos, como los concejos y las rozadas. Sin embargo, antes de despedirse una parte de él se quedó y se coló por última vez en la bodega donde “cocía” el mosto dejando, como última hijuela, su impronta en aquel vino que Jeijo y su familia disfrutaron por mucho tiempo. Siguió presente en sus comidas, en sus recuerdos, en sus paseos por montes y veredas. Al final, Jeijo espantó la culebra de agua alegrándose de haber conocido sus tradiciones, su forma de vivir, las costumbres comunales que rigieron el pueblo, de aprender a ser justo en esta vida, de disfrutar con las pequeñas cosas que ofrecía Aliste y de no olvidar que al mal tiempo hay que darle buena cara porque al final la primavera siempre regresa.


(A mi familia)

Jeijo


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Escrito por Jeijo

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21OCT2007

Historia de jeijo

Caramelos de Marina

Jeijo se dirigió al pilón de la plaza y se engarabitó en la base de la pila de la fuente. Contaba con siete años escasos y le costó subirse. Sin embargo, le convenía alcanzar aquella meta para prestar atención con detenimiento a todo aquello que era nuevo para él. Resollando y desde su posición de pívot de la NBA observó la plaza. Si había un lugar en la aldea de Lober que podía competir con la era como sitio de recreo y de reunión de sus vecinos era la plaza de la iglesia. Una plaza diminuta, coqueta, ni redonda ni cuadrada, perfilada al libre albedrío por la propia iglesia, dos casas, un corral de paredes altas, dos pajares y una destartalada “casa concejo”. El dibujo se rompía por la boca de cinco calles que conducían respectivamente a “la cuesta”, al “pallarico” y la calle de los “negrillos”, a la cantina, al barrio “la lana” y al “toral”.

La plaza era presidida por una iglesia ni más grande ni más pequeña que las estiladas por esos lares, con esquinas y campanario de granito labrado o de cantería y el resto levantada con mortero y piedras de la tierra. Sus tejas eran viejas y entre sus raíles se almacenaba musgo y alguna que otra pelota de tenis roída por el tiempo. El campanario se desvencijaba hacia el tejado del cuerpo de la iglesia, como si hubiera sido diseñada por el mismo arquitecto de la torre de Pisa, y en su parte superior destacaba una cruz de geometría casi griega. Bajo ella y en el esplendor de la espadaña había tres arcos: dos que cobijaban las campanas y otro por encima de éstas algo más pequeño donde no había bronce para tañer, lo que hacía que por su hueco pasara la luz del atardecer y esperara ansioso la devolución de la leyenda más famosa de Lober: “la campana de oro”. A naciente, en lo más alto del cabecero y en línea con la cruz, había una piedra blanca de cuarzo o jeijo. Justo debajo y en el interior del cabecero estaba Santa Marina, patrona con figura de ángel pero sin alas, ataviada con una larga túnica policromada y a su vez descolorida, puesta en el medio de un altar color oro y con gesto de preguntarse qué pintaba tan lejos del mar.

Aquel domingo, la plaza de Lober estaba más llena de lo que se acostumbraba tras la salida de misa. Esta vez, además de sus vecinos se habían unido otras personas “extranjeras” y estaban dispersas sin formar el habitual corro de los concejos o de las subastas de los santos que tan bien manejaba el “ti” Manolo Pérez. Por detrás de la muchedumbre y en su posición de centinela del pilón blanco manchado en sus bajos por barro, como la cola del vestido de una novia tras el fin de fiesta, y junto a los mozos que sentados a la orilla del agua reían mientras fumaban el tabaco que el padrino ofrecía una vez terminada la ceremonia eclesiástica, Jeijo, que de haber nacido niña hubiera llevado el nombre de la patrona, seguía observando. Era un día nublado aunque el cielo aguantaba como queriendo decir que el recién bautizado ya había recibido suficiente agua. Abuelos, viudas, matrimonios, solterones que parecían no haber encontrado su media naranja en las solteronas que afilaban ya sus garras, mozos y “semimozos”, así los llamó un cura una vez, niños de los “del pueblo” y de los que venían emocionados los fines de semana,… todos juntos parecían esperar algo a lo que Jeijo no acertaba a adivinar. Era su primer bautizo en Lober. La acogida de la tierra de Aliste en su seno humilde a un nuevo ser.

Pero a un Jeijo despistado le sorprendió que al final lloviera, más bien granizara. Emocionado, saltó del alto y corrió hacia el centro de la plaza. Sin embargo, no se guareció en la portalada de la iglesia como hubiera sido lo normal. Al contrario, Jeijo se dejó golpear por un granizo de colores que rompía el monótono día gris. Empezó a corretear por entre las piernas de los adultos y a chocarse con algún otro niño. Todos, pequeños y mayores, se agachaban y deambulaban por la plaza emocionados por una lluvia de caramelos que desde la posición de Jeijo parecían caer del mismísimo cielo. Recoger los caramelos de un bautizo era la parte lúdica tras el fin del acto religioso. La gente corría de un lado para otro, como pollos sin cabeza, en busca de los caramelos y soportaban empujones que en otra situación no se hubieran aguantado sin venir detrás una palabra malsonante u otro envite como respuesta. Todo daba igual. Era el momento de correr, empujarse, incluso pisarse… y mientras, el homenajeado en brazos de su madre no se daba cuenta de nada. Jeijo a pesar de ser su primera vez aprendió rápidamente la mecánica del juego de acopiar caramelos, incluso llegó a coger alguno al vuelo.

Pasó toda aquella algarabía rascando la tierra del suelo con sus uñas para “apañarlos” mientras sorteaba despreocupado, y con su mirada ya puesta en otra presa, los pisotones de solteronas cegadas por su sed de dulce, quién sabe si afectadas por la gula de acumular causada por el generalizado pensamiento existente entre la gente que vivió la posguerra del “por si acaso”. Terminado el festín preguntó a su madre de dónde había salido aquel maná infantil. Ella respondió – “por la cruz del campanario, hijo”. Sus pequeños ojos tornaron hacia el cielo, buscó la cruz y observó una parte esquilmada que tenía en el punto cardinal superior. Jeijo supuso que por allí, como en los volcanes, había comenzado la erupción de lava dulce.

Volvió a preguntar – ¿y quien los ha tirado por ahí? – su madre, siguiendo la broma, le contestó – “la señora que está en el altar, se llama Marina”. Jeijo se creyó todo a pies juntillas y le caló hondo como la gota gruesa que cae desde un canalón roto. El resto del mediodía entre desenvolturas sonoras de caramelos y salivaciones gustativas Jeijo no dejó de echarle un ojo a aquel milagro y otro, cómo no, a sus bolsillos repletos de sabores. Y todos los domingos cuando entraba en la iglesia y se acercaba a la sacristía miraba a Marina, con su mirada perdida en un horizonte que no veía, y le daba las gracias por endulzar la vida.

En otro bautizo, un Jeijo algo más mayor, se dio cuenta que los caramelos, y si había suerte duros y pesetas, los lanzaban los padrinos desde el campanario o, más habitual, desde la entrada de la iglesia. Aprendió que las nubes de las que procedían las gotas dulces tomaban nombre propio y su origen no era divino. Y aunque los años pasaron y los bautizos menguaron siempre miraba la cruz con respeto, como si tuviera un halo enigmático, y guardó perpetuamente aquel recuerdo de su primer bautizo como un tesoro de la infancia con la misma fuerza que atesoraba en su pantalón los caramelos de los bautizos.

Y la cruz siempre estuvo allí. Mientras jugaba a la pelota en la pared occidental de la iglesia, y casi pegado a ella, si miraba hacia arriba parecía tocar el cielo. O sentado al fresco en las noches de verano, por fuera del bar, daba la sensación de ser una estrella más que con su brillo opaco sólo iluminaba al pueblecito de Lober.

Sin embargo, en una oscura noche de un senescente verano una tormenta acabó con la cruz. El estruendo de luz buscó desde un cielo estremecido la vieja vigía impasible de la vida de Lober que desapercibida saludaba siempre silenciosa a sus vecinos, los mismos a los que vio en sus bautizos, bodas y entierros. Se despidió con otra lluvia. Esta vez cambió los caramelos por su esencia de antigua piedra que se desparramó, como estrellas en el cielo, por la plaza y por las tejas que aún siendo menos viejas seguían estancando alguna pelota. Se despidió entre sollozos de truenos quién sabe si cansada, triste, por el fin de un verano que como antaño, como en los bautizos, llenó de vida la plaza.

A Santa Marina, por venir de tan lejos para congregarnos en su plaza.
Jeijo



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Escrito por CALAiTO

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23SEP2007

Fotos 2007

Reportaje realizado por trankkos y Romerito de la
Iglesia de Santa Marina
EFECTOS DE LA CAIDA DE UN RAYO EN LA TORRE - SEPTIEMBRE DE 2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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