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TAGS: Historia
19JUL2007

Historia de jeijo

El País de las Jaras


La pronunciada pendiente de “El Carrilón” hacía resollar y entrecortar las palabras escasas de los tres mozos. Aunque iban con algo de prisa, Jeijo no tuvo más remedio que, casi llegando a su cima, detenerse. Le venía bien tomar algo de aire, aunque esto era un motivo secundario. Se dio la vuelta y observó su pueblo desde aquella posición altanera. Para él, no cabía la más pequeña duda que desde aquel patio de butacas de aforo ilimitado se contemplaba la mejor escena que se podía representar de Lober de Aliste.

Un color pizarra, pintado por un primerizo atardecer sobre la Sierra de la Culebra, hacía las veces de telón de fondo. A su izquierda, y en la función de tramoyista de los teatros alistanos, un sol que entre bambalinas de pinos y matorrales daba luces y sombras a un decorado de verdes, pardos y dorados montes. Éstos, desde la cierta lejanía de la cumbre del “Carrilón”, asemejaban olas que daban la impresión de querer engullir a un pueblecito que luchaba, a finales del siglo veinte, por sobrevivir y no convertirse en un mero hogar de veraneantes. Sobre las tablas del escenario participaban, ajenos al maremoto, actores formando una aleatoria conjugación de viejas y nuevas casas, maquillados con arrugas de piedras unos, en blanco resplandeciente o crudo otros.

En el reparto, aquí y allá, se entremezclaban corrales, cortinas y también olvidados pajares con sus viejas tejas enmarcadas en refaldos. Entre ellos, y con papel estelar, una actriz encarnada en la torre del campanario, con su cruz de granito cual peineta desafiando tímidamente al cielo e inclinada redentora hacia su galante altar. Como cierre al espacio de actuación, y a modo de foso para orquesta, se encontraban las “Peñicas” y su arroyo seco y tortuoso, cual minúsculo “cañón del Colorado”, en el que de rapaz había gastado muchas tardes.

Y así, boquiabierto ante la escena que, estuviera donde estuviera, siempre llevaba grabada en su retina, fue interrumpido por su hermano que lo llamó para continuar el camino. Los tres jóvenes pasaron la cima y comenzaron a descender por la cara solariega de la colina. Mientras iban descubriendo los montes que encajaban “Valdelmayo”, los chicos, apaleados por un estío lleno de interminables noches de fiestas en incontables coliseos alistanos y de tardes deportivas de fútbol y pelota mano en los habituales estadios de Lober, siguieron arrojándose por una pendiente que, cada vez más pronunciada, hacía que sus pasos se alargaran sin querer.

Tanto picaba, que bajar por allí sobre una bicicleta sin tocar el freno se había convertido años atrás, para él y sus amigos, en una cuestión de agallas, del mismo modo que subirla en la de llevar el nombre honorífico de Indurain. Así, y entre carriles de hormigas, fueron dejando atrás el melodrama de un Lober temeroso de su futuro incierto, pero ya escrito en guión, y que sólo esperaba a que se lo chivaran desde la caseta del apuntador ocupada, esta vez, por un verano que llegaba a su fin.

Pisaron la hierba sagrada del valle. Aquella que se reservaba para el ganado. A pesar de ser un año seco, en muchas partes del lugar, el pasto guardaba en sus entrañas el frescor de la primavera. Esa mezcla entre verdor y sequedad, unida a un cierto grosor en su espesura, hacía que hundir sus pies en ella produjera la sensación de estar pisando escarcha en pleno verano. Aunque seguían viéndose algunas vacas, principalmente era “pastiada” por los tres o cuatro atajos de ovejas que no habían viajado a la vecina y prima Sanabria. Demasiado pote para tan pocos comensales, pensaba Jeijo. El valle había contemplado mejores episodios de grandes festines que parecía que no se volverían a emitir. Ahora, más bien, la hierba quedaba a expensas de los inocuos dientes del viento que siempre, aunque en el pueblo pareciese que el día estaba en calma, corría por “Valdelmayo”.

Más fuerte unos días, más suave otros, pero el correr del aire siempre estaba presente por aquel largo pastizal que se traducía en la imaginación de Jeijo en un paisaje semejante a la estepa mogola por la que, ¡quién sabe!, podría aparecer la roja melena de Genghis Khan montado a horcajadas en lomos de su caballo. Sin embargo, el hecho de que aquel día fueran a la espera del jabalí con la escopeta de uno de sus acompañantes le hacía sentirse como “John Dunbar” en “Bailando con Lobos”, cuando es invitado por los indios a la cacería del búfalo por las interminables y salvajes llanuras de Dakota del Sur. Aquel rodaje en exteriores siguió hasta llegar a su destino: una fuente y sus charcas, valle arriba, donde habían preparado concienzudamente la espera.

Esa misma tarde, horas antes, y asfixiados por un sol encaramado en el cielo que apenas regalaba sombras, habían reconocido el terreno con el fin de elegir el sitio más adecuado para el acecho. Los signos evidentes de pezuñas hechas huellas sobre el fango, de hoyos escarbados en las inmediaciones de las charcas del valle y las rozaduras de barro seco sobre unos pinos cercanos, les había llevado a tomar la decisión indiscutible y unánime de apostarse detrás de una pared del prado que se situaba en frente del lugar de recreo de los cerdos salvajes.

La pared, ahogada en zarzales punteados de mora, era relativamente alta para lo acostumbrado en Aliste y les venía al pelo a la hora de posicionarse con la escopeta. De todos modos, para estar menos visibles a ojos indiscretos, construyeron en su retaguardia, a tres metros de la pared y a base de cuerdas y estrechas varas de roble, un parapeto no muy alto de ramas de escobas y alguna que otra jara. Para rematar la trampa, vertieron un poco de gasoil entre la charca y la pared.

Como la espera se podía hacer larga, decidieron cenar allí. El aperitivo, junto con la escopeta, lo había traído otro mozo en el tractor de su familia que estacionó monte arriba, en el camino de Samir. Cenaron matanza, latas de conserva y alguna pieza de fruta. Para Jeijo, comer en el campo era sinónimo de tranquilidad. Todo se hacía pausado. Se degustaba la comida de un modo ancestral, ajeno a las modernidades. Se comía sin prisa por terminar, sin necesidad de acabar rápidamente por el comienzo de una serie o un partido de fútbol. Mientras cortaba, navaja de Palaçoulo en mano, una tira de jamón sobre el pan, disfrutaba de la brisa, el paisaje y la última luz del día. Cada bocado era un deleite para las papilas gustativas en las cuáles se detenía indefinidamente cada uno de los sabores.

Salado, agrio, amargo y dulce se entremezclaban con jaras, pradera y arboledas en un menú frugal, pero a la vez especial por el realce de una hogaza casera amasada y mimada por la “ti Claudina” en el único horno de Lober que aún no había sido relegado por los pitidos emitidos desde una pequeña furgoneta cargada de pan, procedente de Gallegos o Ceadea. Quedando escasos minutos para que muriera el día, finiquitaron el yantar y recogieron los restos en una bolsa que dejaron cerca de la entrada de su guarida. A continuación se tumbaron sobre el suelo para hacer mejor la digestión y más llevadera la espera.

La noche recién comenzaba. Jeijo jugaba con sus pies en las hendiduras creadas por las piedras superpuestas de la pared del prado y sus manos, bajo la cabeza, se fundían con la hierba que aparentaba rezumar humedad. A su derecha e izquierda, en misma posición de relajamiento se encontraban sus tres compañeros. No hablaban. No podían. Apenas susurraban palabras contadas. Sólo escuchaban la posible llegada de la presa. Y mientras eso sucedía, cada uno de ellos, en sus pensamientos, dejaba pasar el tiempo que parecía detenerse mucho más de lo estipulado en un reloj suizo.

En verano, el silencio de la noche alistana era ruidoso. El aire, que discurría tranquilo y sosegado, se llenaba con los cantos reproductores y competidos de ranas y grillos, con el pío del tímido autillo, con el ruido disimulado, casi imperceptible, de algún ratón y con el rumor del ligero viento que acariciaba, más bien acunaba, rebollos y pinares. Aquellos ecos hipnotizaban. Aparecían y de repente desaparecían. Luego volvían, más estridentes ahora, más débiles después. O se callaban para siempre mientras parecían seguir resonando, indelebles, en los tímpanos de Jeijo.

Aquel sonido ambiente, inigualado por el “dolby surround”, más que despertar, mecía a los cuatro muchachos y los integraba, como un ser más, en la naturaleza salvaje de Aliste. O como le gustaba decir a Jeijo: el “País de las Jaras”. El cielo ayudaba al éxtasis de la relajación. El hecho de que la luna casi llena se deslizara por entre los montes de naciente y fuera escalando posiciones en el cielo, hacía que aquella noche, quizás, no fuera la más apropiada para dejarse llevar por el espectáculo estrellado del cielo alistano que, libre de aplastantes faros urbanos, humos artificiales y neones de colores adulterados, brindaba continuamente con sus luces de niebla de lejana procedencia. Aún así, la iluminación del techo del teatro era digna de observar con detenimiento.

Allí tumbado, Jeijo, presa de un embrujo, sentía que se había detenido el tiempo, que aquel momento silencioso lleno de murmullos se alargaría hasta el infinito y le hacía sentir vivo e inmortal. Parecía palpar que nada había cambiado. Que todo era igual a milenios precedentes. O casi igual. En el mismo instante que el frescor de la noche erizaba el vello de sus brazos, un pequeño y veloz punto de luz de un satélite surcando el cielo devolvió a Jeijo a la realidad.

La espera no se dilató por mucho tiempo. Cuando la noche todavía era una niña, empezaron a escuchar sonidos que llegaban muy débiles y que apenas se llegaban a distinguir de los demás ruidos nocturnos. Sin embargo, poco a poco, los nervios se fueron tensando en el momento que distinguieron el rumor cierto de los jabalíes por entre los pinares que se situaban monte arriba, a su derecha. Estaban algo sorprendidos. No pensaban que podían venir por ahí, tan cerca de ellos y casi por la espalda. Jeijo pensó que al final el parapeto había servido más de lo que se había previsto.

Los sonidos de los jabalíes se escuchaban cada vez más próximos a ellos. Los muchachos seguían tumbados aunque ligeramente incorporados para poder ver algo, más bien intuir. El sonido del paso firme por entre la hierba y alguna que otra resonancia gutural indicaba que uno de ellos estaba muy cerca. Además, parecía localizarse por el flanco de la entrada del caseto construido. Las dudas de por qué se acercaba tanto se fueron disipando: el jabalí había olido los restos de la cena y tenía la intención de proseguir con el festín. Cuatro, cinco metros no más, debía haber entre el jabalí y ellos. Distancia tan cercana que puso a todos con tal tensión que Jeijo escuchaba los latidos de su corazón bombeando sangre cargada de adrenalina ante la inminente acción.

En esto, su amigo el cazador se fue incorporando levemente para apuntar, sin embargo el jabalí lo vio y comenzó a chillar mientras subía monte arriba, dando la espalda al valle, a las charcas y al gasoil. Los mozos se levantaron como un resorte. Al alzarse, la mirada de Jeijo, acostumbrada a la oscuridad, rebasó la línea de la pared del prado y vio en las charcas a tres crías de jabalí que iniciaban, alertadas por su madre, carrera por el valle. Después, Jeijo se giró para ver como la escopeta encañonaba hacia la oscuridad a un cuerpo nervioso, rápido y negro que no dejaba de berrear.

Dos segundos después la escopeta descerrajaba dos tiros. Los dos cañones, sin piedad, descerrajaron la noche que se abrió por unos instantes a un silencio absoluto iluminado por dos fogonazos de gris pólvora que osaron competir en milésimas de segundo con la pulida luna. Tras ellos, se precipitaron dos balas al encuentro del salvaje habitante del “País de las Jaras” y mataron los susurros de las sombras. Se sumergieron las ranas. Se detuvo la brisa. Voló el autillo. Dos cartuchos humeantes, descargados de su rabia y su veneno, cayeron sobre la hierba mientras los cuatro jóvenes pasaban a un estado de excitación e inquietud por saber como había terminado todo.

Les pareció sospechoso un bulto quince metros más arriba. No se movía. Dudaron unos segundos y, armándose de valor, se decidieron ir a su encuentro. Se acercaron lentamente hasta comprobar, decepcionados, que era un matorral más de los tantos que habitaban por aquellas tierras sin labrar. De la jabalina y su descendencia ni rastro.

A finales del siglo veinte, todo había cambiado en Aliste. Hasta el bar, donde Jeijo tomaba una cerveza y sus neuronas proyectaban a modo de “flash-back” la cacería de días antes, había sido décadas antes la Casa de Concejo. Entre la generación de Jeijo y la de sus abuelos sólo había una intermedia, pero parecía haber trascurrido varios siglos. La arraigada economía de autoconsumo había perdido su batalla contra las jóvenes e industrializadas ciudades a las que los hijos de Aliste, como los padres de Jeijo, habían comenzado a emigrar lustros atrás con la humilde intención de librar los fines de semana, de tener un mes de vacaciones o la de poder darse algún capricho de vez en cuando.

Esto se traducía en el paisaje alistano en la conversión de otrora tierras de cultivo y pastizales en semillero de enmarañado matorral, zarzales y ortigales que, no contentos en conquistar tierras de labor, ocultar “cañizos” y ahogar las plantas de bien, invadían también los caminos que las “rozadas” habían dejado de lado. Se convertían así en arrugas viejas de un campo cada vez más solo de la compañía humana pero, a la vez, más cortejada por animales que siempre habían estado allí en completa armonía con el hombre alistano. En los estertores del segundo milenio de la era cristiana, ese equilibrio hombre-naturaleza parecía balancearse en Lober.

Como ejemplo, la superpoblación del jabalí que se vislumbraba no sólo en montes, sino también en huertas, viñas, maizales y tierras de cereal. Sumido en estos pensamientos de presente y futuro de su amada tierra, Jeijo apuró el último trago de su cerveza y posó el botellín algo fuerte sobre la barra. Sonó a cierre. El verano daba a su fin y todos, como golondrinas sobre cables de la luz, se preparaban para volver a sus ciudades. La claqueta de la última escena, y con muchas tomas grabadas de veranos anteriores, dio un chasquido: tocaba despedirse, bajar el telón hasta otro puente, otras vacaciones.

Ahora tocaba la función de un pueblo olvidado, de puertas nuevas “pechadas” bajo un ataúd de viejos tablones, de calles sin tumultos, de una era añorando la algazara infantil y de blancas aceras sin conversaciones amarradas al fresco. Quedarían sólo los ecos de cerrojos y motores alejándose. Los pocos que no se iban tendrían un pase especial para el estreno de un “re-make”, otro más, basado en una soledad inundada de olas cabalgadas por jabalíes que seguirían siendo, más que nunca, dueños del “País de las Jaras”.


A los que les gusta perderse entre jaras”.
Jeijo.

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Escrito por Eltiodelbar

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TAGS: Opinión
06JUL2007

Artículos, opiniones, noticias, etc....

“Nostalgia de una Alistana”
Cuando recorro las tierras
me adentro en los pueblos
de mi querida Aliste.
Dos sentimientos distintos
hacen que me sienta alegre,
pero al mismo tiempo triste.
Alegre de ver tus pueblos,
ríos, montes y praderas,
a tus gentes nobles y buenas,
pues aún siendo sencillas,
orgullosas se sienten
de vivir en ellas.
Cantera fuiste Aliste
de muchas otras regiones.
A ellas fueron tus hijos
con nostalgia e ilusiones.
Que sepan que los esperas
y que nada han de temer,
si algún día a ti regresan,
aquí los has de acoger.
Por eso hoy sola te ves
sin bullicios de otros tiempos,
sin nadie que en ti repare
que necesitas aliento.
Mi alma siente tristeza
y deseo de corazón
que para esta tierra querida
quede aún solución.
Y así pues mis deseos,
al igual que mis sentimientos,
se vean de nuevo enfrentados:
progreso para ti quiero,
pero que no te hagan daño.
Conservarte pura y noble,
como tú eres
pero viva y alegre,
como lo eras antes.


Julia Barrigón.



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Escrito por Eltiodelbar

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14JUN2007

Historia de jeijo

Lorca en Aliste

Un “ya” en tono apagado, casi silencioso, sonó en aquel trocito de una de tantas riveras alistanas. Jeijo lo pronunció a la vez que levantaba sus brazos hacia un cielo azul hecho jirones por pequeñas y dispersas nubes blancas. En frente de él, a algo más de dos metros, su hermano y un amigo levantaban también su brazo izquierdo y derecho respectivamente. En sus manos sujetaban un total de cuatro cuerdas de color anaranjado, de aquellas que solían usarse para atar “alpacas”. Del otro extremo pendía una red de color rojo entretejida con fibras de nylon de forma tan junta que apenas pasaba su dedo meñique. La red quedó suspendida en el aire por el peso de cinco piedras que se agolparon todas en el centro, provocando que casi tocara la superficie del arroyo que, en el lugar donde se encontraban, iba encauzado entre paredes de piedra que delimitaban dos prados. En uno de ellos había una pequeña huerta en la que se encontraba Jeijo peleándose con zarzas, ortigas y un manzano para hacerse un sitio relativamente cómodo. En el otro lado del pequeño río, sus dos compañeros compartían un prado dedicado al pasto. Se ubicaba en la falda de un monte emplazado en el lugar que las gentes de por allí llamaban “La Mina”. La razón de aquel nombre era que, unos metros más arriba de donde se ubicaban los tres muchachos, existían dos antiguas minas de las que Jeijo no conocía su fin extractivo. Estaban excavadas en horizontal, a modo de cuevas, que hacían que desde la distancia pareciese como si aquel monte observara todo con dos ojos negros como el cisco, de mirada penetrante y de incesante lloriqueo por el manar de agua desde su oscura profundidad. Sus preciadas lágrimas, que eran retenidas en una presa metros antes de la boca de cada mina, se guardaban para los meses de sequía con el designio de regar mediante un método de turnos llamado “a la roda” y a través de una red de estrechos canales que, como caminitos de ratones, llegaban a todos los rincones de las huertas colindantes al monte. Éste se precipitaba sobre la parte del regato en el que se encontraban y justo en su orilla nacía una hilera de chopos y alisos que servían de cobijo a los tres chavales. Bajo aquel tejado de hojas recién nacidas, Jeijo unió las dos cuerdas que sujetaba, se las pasó a su hermano y a continuación saltó hacia la otra orilla. Extendieron la red y quitaron las piedras. Seis ojos buscaron con avidez algún pececito enredado sobre aquella maraña roja que una vez había servido para transportar fruta. ¡No hubo suerte!

Jeijo volvió a saltar a su posición de combate y volvió su hermano a pasarle dos cuerdas. Luego, al unísono, posaron la red sobre la superficie del agua cristalina que trascurría por aquel rincón de forma sosegada, sin corriente perceptible, empapando con detenimiento y sin prisa cada una de las piedras que formaban las paredes de ambos prados. Esa paz y quietud contagiaba a los tres muchachos que pusieron las piedras sobre la red con calma y buen hacer. Una en cada esquina y otra en el medio. La malla se hundió rápidamente en el lecho del río, mientras Jeijo miraba a su izquierda intentando localizar alguna sarda. Así llamaban por tierras alistanas a un pequeño pez que solía medir entre cinco y quince centímetros, del color de cualquier otro pescado y con apenas apreciables manchas naranjas a la altura de sus aletas. Jeijo había oído hablar a la gente del pueblo que en tiempos de hambre las comían, al igual que culebras y lagartos, pardales y crías de tordos, e incluso sabía de una anécdota sobre cachorros de perro. Su abuela, en particular, decía que la carne del lagarto era exquisita, que su sabor era parecido a la carne del pollo. Jeijo, lejano a aquella época de posguerra y hambruna que sus abuelos, padres y tíos comentaban de vez en cuando en la sobremesa de comidas y cenas, tenía otras intenciones con aquellos animalitos acuáticos. Éstos se habían alejado del lugar de la red cuando se hundió, así que tuvieron que esperar en silencio durante unos cinco minutos. Tiempo que se hizo eterno en aquel lugar repleto de incontables variedades de buenas y malas hierbas, juncos cimbreantes al son del viento, árboles que tocaban el cielo y flores guardianas de los olores,... todo ello ingredientes de una gran ensalada aliñada con agua fresca, clara y algo “herrada”. Segundo a segundo, comenzaban a ver las sardas acercándose aunque todavía temerosas de la red, o quizás de los tres muchachos que desde allí abajo, para los lóbregos e hipnotizados ojos de un pez, tendrían seguramente la pinta de poderosos dioses dueños del cielo. Esta vez habían acordado no tirar de la red hasta que los peces no se hubieran familiarizado con ella. Eso les llevó otros cinco minutos más. El aire estaba en calma y por los oídos de Jeijo se colaba la partitura compuesta por la primavera para instrumentos tan variopintos como el canto hechizante de incontables aves, el apabullante croar de las ranas, el intermitente timbre de grillos y chicharras y el zumbido del vuelo, algo ebrio, de los insectos. En la lejanía, y como fondo a la sinfonía de vida que hasta el mismísimo Vivaldi hubiera deseado componer, balaba un rebaño de ovejas. Las sardas, condenadas a no escucharla, se acercaban a la trampa. De vez en cuando, alguna aventurera entraba sobre su dominio pero con un gesto veloz daba la vuelta. Al final, la desconfianza se fue tornando en alerta y poco después en despreocupación… Había cuatro sardas sobre la red cuando Jeijo y sus compañeros de pesca volvieron a tirar de las cuerdas.

Finalizada la jornada, los tres pescadores volvieron sobre sus pasos. Se pararon a beber agua en la fuente de la “Ferrada”. Era un bonito ritual, tanto al ir como al marchar, echar un trago en aquel manantial que se hundía en las entrañas de la tierra como diminuta puerta al infierno. Tras beber, tomaron el camino que unía “La Mina” con el pueblo de Lober. La corriente del río les perseguía en su andadura, serpenteando entre pequeñas cascadas, estrechos pasos y ovaladas charcas infestadas de “bichería”. En el momento que pasaba a su amigo el tarro de cristal que hacía las veces de pecera de las sardas pescadas aquella tarde, dejaron el camino principal y tomaron un atajo. Los primeros metros discurrían por un estrecho sendero que obligaba a los tres muchachos a ir en fila de a uno. Ristras de chopos por un lado y enfermos pero aún vigorosos negrillos por otro, a la vez que inundados en sus pies por espigada hierba y en sus caras por hordas de rabiosos mosquitos, convertían la senda en un trocito de selva amazónica. O eso le gustaba pensar al aventurero y soñador Jeijo… Siguiendo con la aventura, dejaron la frondosidad y pasaron a un horizonte más propio de la sabana africana en la estación de las grandes lluvias. En aquel amplio horizonte de la penillanura alistana, tres pares de desgastadas zapatillas saltaban prados, daban patadas a los cardos y surcaban la hierba recién cercenada por el semicircular devenir del “gadaño”. Más arriba, el aire abochornado se contaminaba con palabras banales que los tres chicos soltaban con el cierto criterio que le daba el ser opositores a mozos. En ello, Jeijo tornó su mirada hacia la derecha y observó el inacabable “Valdelmayo”. Observando aquel fértil valle, que esperaba el comienzo del verano para recibir decenas de bocas llegadas con las campanas tañidas en toque de “vacada”, Jeijo se dio cuenta que el paisaje se traducía en un solo color: el verde. Pero no era un verde uniforme. Podían verse tantas tonalidades del color de la esperanza que se hubieran necesitado varias paletas de pintor para poder dibujar un cuadro de la vista que tenía en frente. No era el mismo verde el de los frescos fresnos que el de las hojas de las frutales, de los pinares o de los robledales. No igualaban las pegajosas y nevadas jaras con sus vecinas las escobas, las protegidas viñas o las anfibias “arrabazas”. Y no conjuntaban las perennes hojas de las encinas, con los gallardos castaños, los majestuosos árboles de ribera o el verde de la pradera manchado de infinitas flores. Incluso el trigo y la cebada, en su etapa adolescente, tenían diferencias notables. Jeijo no lograba entender ese dicho de que azul y verde no pegaban en el vestir. En Aliste, en primavera, cielo y campo eran un bello conjunto.

Surfeando por aquel océano verde llegaron al pueblo. Para llegar a los pies de los pilones de la era, regatearon esquinas de empedradas paredes centenarias, fueron acechados por puertas de madera vieja vestidas, algunas, de coloridas cortinas, y se diluyeron entre sombras y claros dibujados por casas y pajares sobre un lienzo de compacta tierra. Arribados a su destino, y ante la atenta mirada de la posición de vigía del “Mayo”, abrieron el tarro y lo sumergieron sobre el agua de uno de los pilones. Los pececitos, liberados de su cárcel nómada, se habituaron rápidamente a su nueva casa y miraron con indiferencia a sus dioses captores. Éstos observaban orgullosos la nueva vida que habían traído a Lober: ahora sus vecinos podrían contemplar los peces mientras la “hacienda” doblegaba su sed. Allí, sentados sobre el abrevadero, los tres chicos terminaron la tarde. Los atardeceres de finales de mayo eran alargados y pausados. Parecía que el sol no quería despedirse nunca de la bella y vigorosa primavera en la que él, con sus dardos de luz, era principal protagonista. Se dilataba tanto la tarde que los gorriones tenían tiempo de revolotear en busca de una cómoda cama entre ramas de negrillos, zarzales, naves o corrales. En estos quehaceres de recogimiento, sobrevolaba solemne una cigüeña sus cabezas cuando la voz de la madre de Jeijo llamándolos sonó en su corazón como el botón de stop de un radiocasete. De repente, los oídos de Jeijo dejaron de escuchar la sonata que la primavera seguía tarareando. Fue como si aquella llamada hubiera apagado el televisor en el que se emitía un interesante documental sobre la espesa sabana africana o la prolífica amazonia. El corazón de Jeijo se apenó y su andar, en las decenas de metros que recorrió desde el pilón hasta el vehículo donde esperaban sus padres, se asemejó al deambular de un alma sin pena, un espectro que se estiraba con el fin de aferrarse con sus invisibles manos al borde del pilón. Aunque siempre era la misma canción, Jeijo, apesadumbrado, nunca se acostumbraba a volver a la rutina de la ciudad, a regresar al ostracismo de un paisaje gris y de un alquitrán que acababa comiéndose a uno por los pies. Antes de meterse en el coche, y después de despedirse de sus abuelos, volvió la mirada y observó con cierta envidia como su amigo, que residía de continuo en el pueblo, volvía a su casa despreocupado, sin prisa, latiendo su corazón con el botón del play bien apretado. Al cerrarse la puerta tras de él, cuatro de sus cinco sentidos dejaron Aliste. El vehículo arrancó y se fue alejando del pueblo entre humildes carreteras mientras los ojos de Jeijo, en un último esfuerzo por no marchar, se perdieron en el paisaje como lobos entre jaras y escobas, cual jabalíes hozando valles y charcas o a modo de milanos reales oteando prados y trigales. Jeijo, inmerso en aquel último recorrido y con la esperanza de regresar, recordó sus clases de literatura: “verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas,…”

A los que fuimos inseparables compañeros en la primavera de nuestras vidas



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Escrito por CALAiTO

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14JUN2007

Historia de jeijo

Una Tarde de Verano en la Era

Jeijo observaba impaciente como su madre, con la ayuda de un embudo de plástico de color verde, llenaba una barrila con agua fresca. Salía a borbotones de un cántaro colocado sobre una cantarera de madera oscura y vieja y que ocupaba parte de una pequeña despensa ubicada en la cocina de la casa de sus abuelos. A finales de aquel verano Jeijo cumpliría 10 años. Para un niño de su edad, pasar el tiempo estival en el pueblo era un regalo de los dioses. No podían existir mejores vacaciones. No conocía la playa, y de la montaña sólo había visto la sanabresa desde el alto del sierro en los días claros. Pero no le importaba en absoluto, ni siquiera se lo había planteado. Allí en Lober, tenía todo lo que un niño podía necesitar: cientos de caminos que recorrer, miles de cosas con las que jugar y millones de segundos para dejar volar su imaginación. Para Jeijo el pueblo de su madre era un universo paralelo y, a la vez, diametralmente opuesto a la ciudad en la que residía el resto del año.

Jeijo agarró una de las asas del recipiente cuando escuchó, como un eco venido de la profundidad de aquel barro labrado en Moveros, el sonido inconfundible del agua rebosando la boca de la barrila e invadiendo parte del embudo. Con brazos temblorosos consiguió levantarla, llevarla a sus labios y beber un poco de agua para dejar espacio al tapón de corcho, unido a la barrila por un fino cordel blanco, y la tapó. Jeijo, sin tiempo apenas de percibir el beso de su madre, salió disparado de la cocina, cruzó el corral sorteando gatos y gallinas y abrió la puerta exterior desde la cuál divisaba la era. Si aquel pueblecito, de casas con paredes de piedra y refaldos de pizarra, se podía comparar con otro universo, la era, entonces, tenía que ser su más reluciente astro. Los ojos de Jeijo, del color de las castañas, se llenaron con la imagen de aquel pedazo de terreno herboso, mayoritariamente seco en aquella época del año. Vista desde su posición, la era estaba flanqueada por dos caminos junto a los cuáles, a modo de muralla de protección y delimitando el terreno de la era, existían sendos pilones de agua. A su derecha, un majestuoso pilón de base cuadrada del que nacía un chariz de granito que dibujaba una especie de medio rombo y terminaba, a algo más de dos metros de altura, en un pequeño pico también romboidal. Del lado izquierdo, un pilón mucho más alargado y estrecho que estaba escoltado por dos majestuosos chopos, cercanos el uno del otro. Hermanos inseparables hasta el punto de que su fresca sombra se proyectaba sobre la era como una sola. Y cuando se levantaba el aire, “portugués” o “castellano”, sus hojas lo hacían sonar y, sin duda, salía más puro.

Jeijo avanzó hacia la era, pero no tomó ninguno de los dos caminos. Cruzó por entre los dos pilones que, rebosantes siempre de agua, formaban pequeñas charcas que hacían el paso intransitable, salvo por un pequeño camino discontinuo de pequeñas losas de pizarra colocadas sobre el barrizal y que cruzarlo por ellas se convertía en un divertido juego de equilibrio. Mientras pasaba de una en una, las ranas, molestadas en su baño de sol, saltaban y se escondían bajo el agua removiendo la arena del fondo. Jeijo se detuvo un momento en la losa más grande. Las observó con detenimiento y se dijo que más tarde volvería a ver si cazaba alguna. Para ello contaba con una rudimentaria arma que llamaba “ballesta” y que un amigo le había enseñado a hacer con sencillos materiales. Prosiguió su caminó y pisó la era. Lentamente fue mimetizándose en la vida y ajetreo que allí existía: parvas y parvones, carros, perros, vacas y algún que otro burro, medas construidas a base de manojos de color oro, señoras envueltas en pañuelos diciendo cosas que no llegaba a escuchar, paja y grano lanzado al aire, el mismo que momentos antes había pasado por entre las hojas de los chopos… El peso de la barrila iba haciendo mella en los brazos de Jeijo y se apresuró a llegar hasta el trocito de aquel planeta llamado era que en suerte le había tocado a su familia para realizar las tareas de la trilla. Aquel año, el país de su familia era el número 9, “como los años que tienes” le había dicho su madre a finales de la primavera.

Bajo la sombra de una meda le esperaba su abuelo, que sólo tuvo ojos para la barrila. Bebió hasta saciar su “sede”, mientras dos pequeños ríos de vida corrían por las comisuras de sus labios, se adentraban en sus incipientes arrugas y limpiaban parte del sudor y polvo de paja pegado a su rostro. Entre tanto, Jeijo no paraba de preguntarse por qué su abuelo vestía unos grisáceos pantalones largos con el calor que hacía. Terminó de beber, esparció agua por su cara y nuca y agradeció a Jeijo el favor. Éste, a su vez, observó como su padre, sentado sobre un trillo, le hacía ademán de que le llevara la barrila. Jeijo corrió hasta la parva, puso un pie en ella y saltó sobre el trillo. Mientras su padre se refrescaba, Jeijo gozaba de aquella atracción de feria. Observaba como el trillo, venido de la lejana Segovia, surcaba aquel mar de cereal que lentamente se hacía añicos por la lenta y, a la vez, eficiente labor de las pequeñas piedras afiladas e incrustadas, como dientes de tiburón, en el bajo del trillo. La parva era grande y por el lado interior del coso, y en sentido contrario al que iba Jeijo, navegaba otro trillo capitaneado por su abuela y con su primo como segundo de abordo. Sin parar de rumiar, tiraban del trillo dos vacas con una parsimonia y una paciencia, de esa que viene impuesta y no queda otro remedio, dignas de elogio ante aquel sol de justicia. Terminó su padre de beber y dejó a Jeijo solo en el trillo. Le dijo que era sólo un momento, mientras se quitaba su sombrero de paja y se lo ponía a Jeijo sobre su pelo lacio y algo largo. Jeijo se quedó perplejo observando como salía su padre de la parva en dirección a la sombra que hacía las veces de cuartel general de su familia. Nervioso ante aquella nueva experiencia, agarró las cuerdas que servían de mando de los dos “motores” del trillo y se sentó en el taburete. Hasta la segunda vuelta no se fue relajando y disfrutando del viaje, aunque siempre con un ojo avizor. De repente ocurrió lo peor. La vaca de la derecha, de piel rojiza, casi oscura en algunas zonas de su cuerpo, y largos cuernos apuntando al cielo, levantó su rabo. Primero orinó sobre la parva y, una vez terminado lo que a Jeijo le parecía el “Salto del Ángel”, se dispuso a proseguir con otras tareas de evacuación. En ese momento, Jeijo agarró, algo dubitativo, una lata vacía que tuvo como primer uso el envase de pescado en escabeche. Tenía unos treinta-cuarenta centímetros de diámetro y algunos menos de fondo, estaba bastante oxidada y apenas se dejaban entrever los dibujos de pececitos de color gris, sin alma, que nadaban sobre un fondo amarillo. Su interior, también desgatado, estaba algo sucio por restos secos de anteriores recogidas de excrementos. Se armó de valor y puso la lata casi pegada a las patas de la vaca. Soportó la caída de la primera boñiga, pero cuando cayó la segunda, sus brazos no resistieron, más por el asco que por el peso, dejando caer la lata y la mierda sobre el “pan”.

Como Jeijo era un niño, tenía licencia para que le ocurriera aquello y salvarse así de limpiar lo acontecido. Poco a poco se fue cansando y desentendiéndose de la trilla. Le parecía divertido hasta cierto punto, pero también se daba cuenta de que aquello era algo muy serio para los mayores. Esperó a que su primo bajara del trillo y se fueron alejando del lugar buscando agujeros de grillos en los que introducían una fina y larga paja de centeno con la intención de apresar a sus moradores. Al final el destino los llevó a coincidir con su hermano y otros niños de variadas edades en los pilones. Cuando se cansaron de mojarse, cazar “sanguijuelas”, renacuajos, zapateros… y observar boquiabiertos el perfecto vuelo estático de las libélulas, como casi todas las tardes, se marcharon a jugar un partido de fútbol en otra era, más pequeña y menos interesante que aquélla. Sin embargo, cuando cayó la tarde y el ejercicio de la trilla terminaba, un rato antes de cenar y mientras un sol grande y colorado se recostaba lentamente sobre su habitual cama de jaras y robles, la era se hizo pasto de los niños. Corriendo a ver quién se la “quedaba”, escondiéndose entre los parvones o escalando, los más osados, las medas, no había tiempo de parar. Tampoco se libraban los trillos que, atracados fuera de su mar de paja, eran ocupados y usados como coches deportivos, de policías y de ladrones. O simplemente saltaban sobre los sacos de color blanco que en su día guardaron nitrato y ahora, reciclados, almacenaban el trigo extraído ya de su madre. Jeijo era uno más de aquella invasión infantil llegada con la luz violeta y añil del atardecer, mientras luces temblorosas de nacientes estrellas iban llenando el cielo de pequeños testigos del fin de un día de verano más.

“A los que fuimos niños en Lober en los inigualables años 80”

Jeijo.

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28FEB2007

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17ENE2007

El pueblo

El pueblo se despierta con un gran vestido blanco, sólo cuando el invierno anuncia su llegada. Detrás quedaron los días de verano en los que amanecía entre una gran alfombra marrón que cubría la vegetacíon de estas tan preciadas tierras.

Los rayos del sol comienzan a salir por las colinas y se reflejan en las campanas de la iglesia que tantos años lleva en pie, viendo, generación tras generación, a los pequeñuelos que juegan entre sus paredes.

En pocos minutos el pueblo entero se levanta. Atolondrados encienden la chimenea para calentar aquellas frías casa de piedra, que con tanta paciencia hicieron los padres de los padres de los padres de nuestros abuelos, y que aún siguen en pie a pesar de los años.

Comienza un nuevo día en el pueblo y cada habitante vuelve a su trabajo. Unos trabajan en el campo, otros en la ciudad...Pero antiguamente había otras tradiciones: se trillaba, se cultivaba la tierra...

Sin embargo, a unos kilometros del pueblo, dirección a Rabanales, los parajes nos abren las puertas para volver a años pasados. El agua de los riachuelos produce un bonito sonido que a todos nos suena familiar, y el aire puro nos recuerda lo maravilloso que es este pueblo.

Y tras muchos prados llegamos a la mina. Un camino largo, cargado de barro que se mete por tus botas, de roedores que te sorprenden mientras caminas, para llegar al lugar más impactante del pueblo. Miles de litros manan de un lugar sin origen, para regar las tierras que tanta sed tienen, pasando por árboles que cubren el riachuelo que a tantos animales da de beber.

Pero no es el único lugar del pueblo que llama la atención, el camino que va a Tolilla es, sin duda, otro bonito paraje lleno de zarzas que rodean un riachuelo que camina entre rocas de granito, donde tantas veces descansaron nuestros antepasados después de una dura jornada.

Y si cruzamos de nuevo el pueblo, llegaremos al final de las casas y el comienzo de una carretera desastrosa, pero que a su derecha tiene un amplio terreno verdoso que servía para trillar. Si subimos un poco más encontraremos una antigua mina de la que se extraía zinc, pero que ya no es explotada.

Pero no hace falta salir del pueblo para disfrutar de su vegetación. Su amplia era es sin duda el lugar clave del pueblo. En sus pilones los animales beben agua y en su terreno los niños juegan generación tras generación.

Aunque lo mejor del pueblo es la juventud que se reune en el bar y que da vida al pueblo día y noche sin faltar ningún año.

Gracias a todos por venir a nuestro pueblo.

Sin vosotros esto estaría vacio.


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26NOV2006

Artículos, opiniones, noticias, etc....

MIS RECUERDOS SOBRE EL PUEBLO DE LOBER DE ALISTE Y SUS GENTES.

 

¡ Ah, Lober, Lober…!

 

Como de recuerdos hablamos, después de Tolilla es Lober el primer sedimento de mi memoria consciente. Allá por Marzo/Abril de 1930 ( a la sazón tenía dieciocho meses- año y medio -), mi prima Felisa, la prima mayor en línea paterna, estaba por viajar como emigrante a la Argentina, donde su madre vivía desde 1913/14. Según menta, embarcó en Vigo el 30 de Abril de 1930 ( 21 años y días antes que yo).

 

Esto lo traigo a colación, porque Felisa me llevó con ella a Lober, para despedirse de las Familias amigas de tradición: La tía María la tabernera; su hija Paula casada con Isidoro y su pequeña hija Rosario; la otra hija Andrea, casada con Mariano Sutil y su niño ( unos 9 años) Antonio; más otros parientes y amigos de fiestas y cercanías.

 

Las despedidas, las tengo un poco borrosas, lo más significativo era el llorar de despedida.

 

Lo que sí tengo claro, más la vuelta que la ida, es el viaje en las alforjas que llevaba la burra cardona. Felisa me puso en una alforja, y de contrapeso puso en la otra una piedra, que agarró de la pared del prado de mi abuelo Simón, que tenía en el término de Lober, que lo llamaban el prado de la Patera.

 

Esto y, el recuerdo de la foto de Familia en el corral de atrás, que sacó el tío Pedro de Grisuela, son los recuerdos más remotos de la memoria consciente. El tío Pedro de Grisuela, era aparte  una especie de agente de viajes que hacía las entonces sencillas gestiones. De esto me enteré con el tiempo, claro.

 

Todas las Familias de Lober citadas, venían el 8 y 9 de Septiembre a la Fiesta de Tolilla; y la nuestra a la de Lober, los días 18 y 19 de Septiembre. No me acuerdo nada de las de 1930 ni 31. Seguro que no fuimos en 1932 ( había muerto en Agosto mi abuelo Francisco), tampoco habremos ido en 1933, que murió mi abuela Juana     ( entonces los lutos tenían plazos de rigor).Sí me acuerdo de 1934, que en el sobrado de la tía María la tabernera, en un colchón en el suelo dormimos en cama redonda: María Antonia, más una o dos hermanas (nietas de la tía María de una hija casada en San Juan del Rebollar, creo que de nombre Victoria; Rosario, otra nieta hija de Paula-Isidoro; y, yo. Éramos en total cinco. La mayor creo era María Antonia con unos siete largos años, su dos hermanas eran menores; Rosario tendría también los  siete años cumplidos; yo iba a cumplir  seis a fin de Octubre.

 

En 1935, como en Abril había muerto mi abuela María, a la fiesta fui yo sólo, a casa de la tía María. Creo que Paula-Isidoro todavía no habían hecho la casa que luego sería la nueva Taberna de Lober, de manera que estaban en la casa de la tía María, con su hija Rosario.

 

De la comida recuerdo las sopas del caldo de garbanzos (típico): Una con fideos finos, la otra con pan heñido de Carbajales. Comí de las dos, pero me gustó más la de pan heñido.

 

En la noche dormimos Rosario y yo en la misma cama, ella en la cabecera y yo a los pies. Era una habitación que había, en la casa de la tía María, entrando al lado derecho.

 

Del año 1936 a 1940, no hubo celebraciones, por la Guerra y por la prisión política de mi padre. Los festejos se reanudaron en 1941, con actores más crecidos y, una mayor participación en bailes y festejos.

 

De ahí en adelante, nuestra Familia asistió a la Fiesta, los años 1942-43-44-45-46-47-48-49-50, yo también, salvo en 1948, que estaba en la Academia de Aviación de León. En 1949, todavía estaba en León, pero aproveché el regreso de la Base Aérea de La Tablada de Sevilla, y fui a la Fiesta. De 1950 en más, no era testigo presencial, ya estaba en Argentina; alejado unos 10.000 kilómetros, en dirección Suroeste y en el Hemisferio Sur, con la llamada constelación Cruz del Sur, equivalente a la Osa Menor y su Estrella Polar.

 

Los sucesores taberneros de la tía María, fueron su hija Paula, su yerno Isidoro y su nieta (hija única de estos) Rosario.

 

El establecimiento, bien surtido y mejor atendido, era el centro de reunión social de Lober, tanto en la Fiesta anual, cuanto en los otros días de guardar, e incluso los de rutina de cada día. A propósito del establecimiento, tengo una anécdota: A poco de inaugurado, un día me llamó la atención un cartel  bien visible en la pared que decía: “HOY NO SE FÍA. MAÑANA SÍ”. Nunca había visto otro así, y me dejó perplejo el sentido del mismo y la interpretación. En principio, me parecía que los que estaban comprando no lo habían leído o no sabían leer ( muy común en la época);    ¿ por qué no esperaban a comprar al día siguiente que era mañana…? Mis cinco años más o menos, lo podían justificar. Se lo comenté a mi padre: el cartel y el razonamiento y, claro está, él me desasnó con su calidad pedagógica.

 

Tolilla y Lober tienen fronteras comunes ( raya), y una distancia entre puntas, de Pueblo a Pueblo, del orden de 1,60 a 1,80 kilómetros.

 

El camino básico tradicional, era el de roderas, que pasaba por la Ermita, Vegamolino, la Corredera y entrada por la Iglesia, a la parte de abajo el Pueblo. Era el habilitado para carros, animales y otros. Había uno alternativo, peatonal, que parte de la mitad del pueblo de Tolilla, con una subida de nivel por escalones de piedra, a las cortinas camino de la Fuente, la Majadica, la Ermita, calleja de la Patera, su ruta y rápida llegada a Lober. También ahora los une ( a los dos Pueblos ) una carretera, bien secundaria, que de cualquier manera los metió en la comunicación en general, y en la vial en particular. Son otros tiempos, y aunque no en mucha proporción, a Aliste algo le ha tocado.

 

En las Fiestas de Lober, por lo menos desde 1941, aparte de los bailes de la tarde y de la noche, para un círculo cerrado de no más de media docena, se habilitaba sala de juego en la Taberna del tío Isidoro, hasta que los rayos del sol abrían los balcones del Oriente. Yo, siempre fui de los espectadores, dado que no entendía ( ni llegué a entender, por desinterés) nada del juego de azar con las cartas. Creo que jugaban al siete y medio, casi siempre; por lo menos es del que me acuerdo.

 

Uno que era muy experto en el tema, era un mozo de Lober, nieto de la tía María la Tabernera, que se llamaba  Antonio SUTIL CASADO, hijo del Pueblo, que llegó a ser uno de mis mejores amigos hasta mi viaje a la Argentina. Había varios expertos más, locales y de la zona; pero ninguno tenía nada que hacer, arrasaba con todos y con todo, un muchacho nacido en Puercas de Aliste, hijo de un Concejal del Ayuntamiento de Gallegos del Río en la época de la República, cuando mi padre era el Alcalde del Municipio. No sé el nombre ni apellido, pero se conocía como Pernales, que también fue fusilado por las hordas fascistas en 1936. A este muchacho, yo también lo conocí en los frontones de Zamora, jugando pelota a paleta y era muy bueno; como dije, era hijo del Concejal referido.

 

Los vínculos pastoriles entre Tolilla y Lober, eran menos densos que con Mellanes.

Apenas con cierta tranquilidad, por el pacer tranquilo de las ovejas, en la zona llamada el Campetón, que eran unas praderas de buen pasto; y si Septiembre venía lluvioso, al final del mismo y todo Octubre ( un mes especial y en general de buen tiempo), los rebaños se instalaban pastando y pastando, por horas sin casi moverse.

 

Allá por mitad de Octubre de 1943, en una mañana de niebla ( en Octubre ya son comunes por las noches y hasta avanzadas las mañanas), que  de a poco iba levantando, las ovejas pastaban tranquilas en los alrededores del Campetón, y el tío David (de Lober), que era buen cazador, en los rastrojos de la planicie de siembra entre el Campetón y el camino a Fornillos, con rastreo y su perro, en unas dos horas cazó media docena de liebres. Era impresionante la carga de liebres que juntó.

 

Otra particularidad era, que muchos vecinos de Lober tenían huertas en la Ribera de Tolilla, que sí tenía muchas y buenas huertas. Unos las tenían por compra, otros por herencias , habida cuenta que sí había frecuentes casamientos entre los dos Pueblos..

 

Que yo recuerde, estoy seguro que me olvidaré de alguno, voy a enumerar:

“ Claudio González Salvador de Tolilla a Lober; Fermín Alvarez González de Tolilla a Lober; Victoria Casado Bermúdez de Tolilla a Lober; Valentina Cruz Pedrero de Tolilla a Lober; uno de Lober ( no recuerdo el nombre) casado con Paulina Cruz Pedrero que fue vecino de Tolilla; Germán… que en su día fuera músico de la dulzaina de Lober, casado con Teodora Ratón Pedrero afincado en Tolilla. En su tiempo, creo que el tío Andrés Casado era natural de Lober, y se casó con la tía María Bermúdez de Tolilla, donde se estableció; y, una hija de ésta ( no recuerdo el nombre) se casó y fue a vivir a Lober, madre de Emilio, otro hijo que estaba en la Guardia Civil , Manolo y ¿Daniel?.

 

Este entramado familiar, más las amistades potenciadas de la cercanía, eran las causas de que las fiestas de ambos Pueblos, estuvieran cargadas de presencias de los unos y de los otros.

 

Debo destacar, que en términos cuantitativos, las juventudes de Lober eran mucho más alegres que las de Tolilla. Tan es así, que ellos durante años tuvieron su propia “Dulzaina” de puntera, redoblante y bombo. Me acuerdo que entre los músicos estaban Antonino, Manolo; Quico, Germán y, alguno más que en este momento las neuronas de la memoria no aprehenden.

 

Y allá por las épocas de verano, más bien en la trilla de Agosto, por ningún motivo, de repente atronaban la noche con la puntera, el redoblante y el bombo, con melodías tales como : “ Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa…”.O,”…La Parrala…La Parrala dicen que nació en Lober y otros aseguran que era de Tolilla…”.O, “… Julio Romero de Torres…”O,”…Pintor que pintas iglesias, con el pincel extranjero…aunque la Virgen sea blanca píntame angelitos negros…” Y así, vals, jotas y otras melodías de la época y de las anteriores. Eran alegres, pero juntos así en patota o pandilla, de buena onda, eran algo burlones, como suele suceder en esas reuniones colectivas ( se potencian las individualidades entre pares).

 

Yo en mi época conocí a todos los vecinos de Lober y, naturalmente a mis contemporáneos. Inclusive los núcleos de la mayoría de las Familias.

 

No obstante, por los vínculos de amistad debo destacar las de la tía María la Tabernera; Su hija Andrea, el marido Mariano Sutil y el hijo de ambos: Antonio SUTIL CASADO. La otra hija de la tía María: Paula, casada con Isidoro SALVADOR y su hija Rosario SALVADOR CASADO ( que mi padre me insinuaba como de “buen partido para mi”, que yo consideraba casi como hermana).

 

Con Antonio SUTIL, a partir más o menos  de 1944, fuimos grandes amigos, a pesar de que él me llevaba alrededor de 7-8 años, amistad que conservamos en presente hasta mi venida  a la Argentina en 1951.Ambos a la distancia, hemos seguido manteniendo la llama de esos recuerdos; de inquietudes, deseos de aprender y de cambiar, vía conocimiento, el destino de nuestras vidas, fuera de las rutinas ancestrales; que si no ha sido el desiderátum soñado ( casi imposible), pasos importantes se han dado.

 

Con Rosario (SALVADOR) tuvimos  grande y cariñosa amistad toda la vida. Ella se casó muy joven con José, hijo de una Familia muy apreciada de Lober, como él también lo era. Con Rosario, en la Fiesta, había cierta complicidad con las chicas que invitaba, amigas de ella. Es más, creo que era 1942 /43, con una   de Gallegos que había invitado, la amiga y yo nos disponíamos a poner los platos en la mesa del comedor para la comida del mediodía; nos hacíamos chistes entre nosotros, y de repente recibo un sonoro beso en la cara de mi compañera de tareas.”El primer beso espontáneo de una chica en mi vida”. Me quedé perplejo, emocionado y… sin respuesta; pero ¡ cómo no recordarlo…! “

 

Tampoco puedo pasar por alto, las andanzas del padre de Rosario, Isidoro, y del mío, Pablo; las formas de contarlas, con sarcasmos e ironías, que provocaban las risas de todos los asistentes, empezando por ellos, con todo el histrionismo y el arte del que eran capaces y ponían de manifiesto.

 

De Lober era también Juan Antonio TESO, que había estado voluntario en el Ejército. Emigrante desde 1948 en Argentina, donde vivía una hermana: Casimira. Luego allá por 1956/57, vinieron la madre y su hermana Lorenza, también como emigrantes. La otra hermana, creo que Teodora, se había casado con
Juanito el herrero, también de Lober.

 

A Juan Antonio TESO, le tengo un afecto muy especial, pues pude comprobar a pleno su amistad y su altísima calidad humana, en estas tierras. Antes, en España, habíamos tenido muy poca relación.

 

También por estas tierras argentinas, me encontré con Antonino ( uno de los músicos de la Dulzaina), la madre de él, creo que era prima de la mía. Vino casado del Pueblo con una convecina, Adoración y, con una pequeña hija. Estuvieron en el Gran Buenos Aires un tiempo, yo los veía a menudo, y tengo noticias que se radicaron en la ciudad de Mar del Plata, con un buen negocio de zapatería.

 

No me olvido de Wenceslao, llamado W, hijo de la maestra de Lober, creo que llamada Dª Florinda. Había estudiado magisterio y, en Tolilla tuvo un par de suplencias, de cuyas clases participé. A simple vista parecía torpe, con una gran miopía que denunciaban los gruesos cristales de sus anteojos, pero no lo era ni mucho menos; tenía buenos conocimientos, y gran capacidad didáctica para llegar a los alumnos.

 

Sé también, como pasa en toda la Comarca de Aliste y otras muchas de España, que aparte de las emigraciones de los 50 / 60 hacia varios países de Europa; con posterioridad la emigración ha sido interna, hacía las grandes ciudades, demandantes de servicios y, a las zonas de desarrollo industrial, que necesitan  mano de obra.

 

 Lober, como es normal, ha estado inmerso en ese éxodo de movilidad social, en procura de mejor bienestar para sí y para sus descendientes. De manera, que sus herencias genéticas, se asientan en muchas latitudes geográficas, que naturalmente, aunque sea sólo en épocas de vacaciones, vuelven a las raíces.

 

Recuerdo con cariño y respeto a todos los vecinos de Lober que conocí; a sus descendientes, a los que en mayoría no conozco; pero dejo constancia, con emoción, que yo también bebí agua del chariz, de la Fuente Ferrada, entré en las  minas y espanté los murciélagos de ellas; hice pastoreo y encuentro con alguna pastora, allá por el Campetón; bailé en las eras en las Fiestas del 18-19 de Septiembre, y en la Casa Concejo algún Domingo de tanto en tanto.

 

También me desperté alguna noche de Agosto, de muchos años atrás, cuando la noche serena empujaba  los acordes de los dulzaineros de Lober, que alegres como eran y, acompañados por los circundantes, tocaban y cantaban:

 

“ La Parrala dicen que nació en Lober / y otros aseguran que era de Tolilla / pero no se puede de fijo saber / si era de Tolilla o era de Lober…”

 

Un cordial saludo desde esta Ciudad de Buenos Aires, a los 25 días de Noviembre de 2006.

 

Simón

 

 

Correo electrónico:

 

simkaton@fullzero.com.ar  Ó  simkat@fullzero.com.ar

 



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Escrito por CALAiTO

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TAGS: Geografía
20FEB2006

Vista aérea y datos

Lober

Municipio: Gallegos del Río
Comarca: Aliste
Provincia: Zamora
CCAA: Castilla Leon

Altura Media del municipio: 710
Latitud en grados decimales: 41.717
Longitud en grados decimales: -6.2
Coordenada X UTM Huso 30: 233783
Coordenada Y UTM Huso 30: 4623350.1
Huso UTM: 29
Cuadrícula UTM: QG32
Latitud en grados, min y seg: 41, 43, 0
Longitud en grados, min y seg: -6, 12, 0
Código Ine: 49087
Hoja del MTN 1:50000 : 338

Ver imagen de satélite
 


Esta vista se pude ver en la siguiente dirección del Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación

http://sigpac.mapa.es/fega/visor/

podéis recorrer toda España a vista de pájaro.

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Escrito por D.F.F.

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TAGS: Arquitectura
11ABR2002

Iglesia

Vista de la Iglesia de Lober hace 30 años
Vista Actual de la Iglesia de Lober


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Escrito por josetxu

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TAGS: Curiosidades
31OCT2001

Inicio

EL PUEBLO

A 47 minutos de Zamora, por la Nacional 122, en dirección a Portugal y tras un par de intersecciones pasado el pueblo de Fornillos a derecha e izquierda sucesivamente, se encuentra Lober, uno de los más pequeños pueblos de la bella comarca de Aliste.

Lober de Aliste pertenece al Ayuntamiento de Gallegos del Río, el cual está formado por varios pueblos hasta los cuales se puede llegar fácilmente dando un hermoso paseo, a la vez que podemos observar los maravillosos paisajes que nos rodean, siendo estos, aparte de los propios Gallegos y Lober: Domez, Valer, Puercas, Flores y Tolilla.

La iglesia de Santa Marina se encuentra en el centro del pueblo, en la misma plaza donde se divierten y bailan vecinos y forasteros los días de las fiestas por la patrona del mismo nombre: Santa Marina. Antiguamente se celebraba los días 18 y 19 de Septiembre, pero al igual que ha ocurrido en otros muchos pueblos de la geografía española, hará unos 20 años se cambió a los mismos días del mes de Agosto por razones vacacionales y debido a la alta concentración de veraneantes en ese mes y al escaso éxito que tenían al celebrarse a puertas ya del otoño.

Por el extrarradio de Lober pasa el Río Mena, afluente del Río Aliste. Lober cuenta con ricas tierras y pastos. Numerosos son sus prados, huertas y pinares.

El pueblo cuenta con una población habitual aproximada de 70 personas, aumentando considerablemente su número en verano hasta un número imposible de predecir. En el pueblo hay columpios, porterías, un pequeño y acogedor bar y un montón de cosas por descubrir cada uno por su cuenta visitándolo.

 


 

El pueblo se despierta con un gran vestido blanco, sólo cuando el invierno anuncia su llegada. Detrás quedaron los días de verano en los que amanecía entre una gran alfombra marrón que cubría la vegetación de estas tan preciadas tierras.

Los rayos de sol comienzan a salir por las colinas y se reflejan en las campanas de la iglesia que tantos años lleva en pie, viendo, generación tras generación a los pequeñuelos que juegan entre sus paredes.

En pocos minutos el pueblo entero se levanta. Atolondrados encienden la chimenea para calentar aquellas frías casa de piedra, que con tanta paciencia hicieron los padres de los padres de los padres de nuestros abuelos, y que aún siguen en pie a pesar de los años.

Comienza un nuevo día en el pueblo y cada habitante vuelve a su trabajo. Unos trabajan en el pueblo, otros en la ciudad... Pero antiguamente había otras tradiciones: se trillaba, se cultivaba la tierra...

Sin embargo a unos kilómetros del pueblo, dirección a Rabanales, los parajes nos abren las puertas para volver a años pasados. El agua de los riachuelos produce un bonito sonido que a todos nos suena familiar, y el aire puro nos recuerda lo maravilloso que es este pueblo. Y tras muchos prados llegamos a la mina. Un camino largo, cargado de barro que se mete por tus botas, de roedores que te sorprenden mientras caminas, para llegar al lugar mas impactante del pueblo. Miles de litros manan de un lugar sin origen, para regar las tierras que tanta sed tienen, pasando por árboles que cubren el riachuelo que a tantos animales da de beber.

Pero no es el único lugar del pueblo que llama la atención, el camino que va a Tolilla es sin duda otro bonito paraje. Lleno de zarzas que rodean un riachuelo que camina entre rocas de granito donde tantas veces descansaron nuestros antepasados después de un gran jornal.

Y si cruzamos de nuevo el pueblo llegaremos al final de las casas y el comienzo de una carretera desastrosa, pero que a su derecha tiene un amplio terreno verdoso que servía para trillar. Si subimos un poco mas encontraremos una antigua mina de la que se extraía zinc, pero que ya no es explotada.

Pero no hace falta salir del pueblo para disfrutar de su vegetación. Su amplia era es sin duda el lugar clave del pueblo. En sus pilones los animales beben agua y en su terreno los niños juegan y corren sin preocupación alguna.

Aunque lo mejor del pueblo es la juventud que se reúne en el bar y que da vida al pueblo año tras año y todos aquellos que aquí moran día a día, los 365 días del año, haciendo de Lober un pueblo muy especial.

Gracias a todos por venir a nuestro pueblo. Si aún no lo conoces, no se a qué estás esperando.

Sin vosotros esto estaría vacío.




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Escrito por gezu

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