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16DIC2009

Historia de jeijo

Navidades. Tardes de cuentos.

Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.
“Los Cuentos Vagabundos”
- Ana María Matute.

Seguramente las mañanas más frías en la ciudad de Doña Urraca sean las de enero. El primer día de escuela tras la vuelta de las vacaciones de navidad era una de aquellas, por lo que a la hora del recreo se agradecía el frágil calor del sol. A Jeijo le encantaba jugar al fútbol todos los días con los de su clase. Media hora aliviada de libros y lecciones restregando sus zapatillas y pantalones por una arena del patio salpicada de pequeños cantos rodados. Sin embargo, aquel día sus ojos reflejaban una angustia que se transfiguraba en pequeñas lágrimas que secaba con sus ateridas manos. Unas manos que le escocían por dentro, mezcla de rabia y de impotencia por revivir unos buenos momentos que se esfumaban como las luces de su ciudad entre la niebla nocturna. Le invadía un sentimiento de distancia, de vacío y de soledad interior mientras recordaba una alegría y una euforia que habían desaparecido, y que extrañaba.

Aunque de lejos podía parecer que jugaba en uno de los campos de fútbol del patio con el resto de sus compañeros, no hacía caso al balón. Deambulaba por el amplio espacio de recreo como un vencejo con el ala rota. En su corazón todavía resonaban las navidades que había pasado en el pueblo, como de costumbre, junto a su familia. Vacaciones repletas de interminables juegos con primos y amigos, tanto al calor de una estufa, como entre charcos y hielo. Ansiaba volver atrás en el tiempo, regresar a aquellos días y hacerlos eternos.

Recuerdos y más recuerdos que lo obnubilaban de tal modo que no vio como el balón, desgastado y a medias de hinchar, se dirigía hacia él rozándole su fría oreja derecha, lo que le enfureció aún más. Pateó el balón hacia su portería y le llovieron críticas e insultos por tan estúpida acción. Jeijo se puso a jugar mientras volvía a una realidad cruda e implacable con los sueños, como el filo de un cuchillo que traspasa el corazón y ahoga en sangre los sentimientos y emociones.

Recordó, volviendo al pupitre, una historia que escuchó el día antes de la nochevieja. Era antes de cenar, con la noche bien metida en la tarde y junto al entrañable fuego que ardía en la chimenea de la casa de sus abuelos. Normalmente a esas horas, solía jugar con su hermano y sus primos en el salón de aquella casa. Revolvían los sofás, alternaban varios juegos de mesa y de naipes y atracaban el cajón del mueble en el que se guardaba el dulce típico de la Navidad: turrón del duro, blando o el codiciado de chocolate, mazapanes de soto, polvorones y frutas de Aragón, todo aliñado con peladillas, pasas, almendras y nueces. Y lo hacían a escondidas porque si venía alguno de los adultos se llevaban la reprimenda de siempre: “que luego no cenáis…”.

Tan larga era la noche que también había tiempo para disfrutar de alguna película o serie basada en cuentos navideños. Sus protagonistas eran variados: ángeles algo tarambanas que intentaban ganarse sus alas, gente desdichada a quien la navidad le cambiaba la suerte, niñas pobres de buen corazón martirizadas por mujeres diabólicas y un poco hechiceras, apuestos héroes que se las veían con villanos y duendes, o decenas de Papá Noel sumidos en absurdas peripecias a la hora de entregar los regalos a todos los niños del mundo. Cientos de cuentos ligados a la Navidad, desparramados entre villancicos y dulces canciones y cargados de buenos sentimientos que se guardaban en el cajón del olvido el resto del año. Aventuras conmovedoras de final feliz arremolinadas entre belenes y adornos desempolvados de año en año. Al fin y al cabo las mismas historias y cuentos, un mismo perro con distinto collar, pero que siempre ablandaban, a quién más y a quién menos, el corazón.

Aquella tarde vieja, como el año, Jeijo dejó por un momento el salón y se fue a la cocina. Allí, en el escaño y algunas sillas de madera, parte de su familia se apiñaba junto al fuego. Jeijo tomó asiento en la silla más pequeña y se arrimó a la chimenea para extender sus manos hacia una lumbre que ardía lenta, de talle bajo, como suspirando ávida de más leña. Sus manos entraron enseguida en un dulce calor que hizo volver la sangre a sus dedos a través de un agradable hormigueo. Sensación que se hacía más placentera al sentirse acurrucado al calor de las llamas mientras afuera, en la intemperie, se oía silbar el viento de la noche, frío, perverso como las brujas de los cuentos, que dejaba su rastro de hielo sin miramientos y pretendía con escaso éxito colarse por el hueco “enciscado” de la chimenea. El olor de la leña quemada pareció disiparse por momentos cuando su padre abrió la puerta que daba al corral. Acarreaba un fajo de leña de encina y, con él, un trocito de frío que encontró una oportunidad de filtrarse en la cocina y que enseguida se empotró en la espalda de Jeijo. Antes de cerrar la puerta y espantar la helada, su padre dejó pasar a un paisano del pueblo. Pasaba los cincuenta y peinaba pocas canas. Venía a saludar a la familia, pues era conocido de siempre, pero su trabajo en una lejana ciudad le impedía venir al pueblo tanto como deseara.

Una vez que su padre colocó la leña recién traída sobre la lumbre y azuzó los rescoldos con el fuelle, el huésped, con el frío en el lomo, tomó asiento junto a un Jeijo que observaba como las débiles llamas crecían poco a poco y trepaban por los troncos de leña engulléndolos en su haz de luz. Al poco, el fuego se agrandó de tal manera que su intenso calor obligó a quienes se sentaban junto a la chimenea a retirarse un metro hacia atrás. Mientras, el paisano, deshaciéndose de su chaqueta azul de lana, respondía a las típicas preguntas: cómo le iba, qué tal los hijos, cuánto tiempo sin venir, para cuándo la vuelta... El hombre respondía con los tópicos de siempre: bien, tirando; ahí andan que ya dejan a uno “pa’ atrás”; vengo cuando puedo que el viaje es largo; sólo Dios lo sabe… y a cada respuesta tornaba los ojos hacia la lumbre, mordiendo su labio inferior, aguantando la lágrima. Al final, en un arrebato, manifestó que ya le hubiera gustado hacer como el lobo del cuento.

Jeijo, que jugaba con las tenazas a quemar los porros más finos desparramados por el rellano de la chimenea, despertó de su sueño de brasas al oír la palabra de aquel bello y mítico animal, a la par que defenestrado y odiado durante siglos. Todos parecían preguntarse a qué historia se refería, porque leyendas sobre el lobo había muchas. El paisano sonrió levemente y luego carraspeó sobre su mano cerrada. No se le había pasado por la cabeza que en aquella visita tuviera que hacer de narrador, así que, en ademán de envalentonamiento, dio un trago al vino que le habían servido y, con parsimonia, inclinado hacia el fuego, se explicó:

“Pues cuentan de un cachorro que nacido en un pequeño pueblo de montaña, una vez destetado, fue adoptado por una familia que vivía en una gran ciudad. Si bien parece que tenían raíces en la aldea. El perro era “guapín”, salió a la madre, de raza cazadora. Un lebrel ¡vamos!, aunque algunos aseguraban que de padre tenía al mismísimo lobo. De vez en cuando, aquella familia, que lo cuidaba como si fuera un hijo más, lo llevaba al lugar donde había nacido. Era entonces cuando el cachorro la gozaba. Nadie sabe la razón exacta, pero, según iba creciendo, aquellas contadas escapadas no parecían ser suficientes. Puede ser que las almohadillas de sus patas no se acostumbraran al hormigón y prefirieran la frescura de la hierba. Puede ser que su mirada se perdiera entre tanto edificio y no encontrara su olfato el olor del tomillo. Fuera lo que fuese, cabe decir que cada latido de su corazón lo impulsaba a huir de la ciudad y a dejar para siempre sus humos y sus ruidos. Así que, llegados a este punto, en una de las tardes de paseo con sus dueños, en un despiste de éstos, se escapó. A pesar de las llamadas y los silbidos, no miró nunca hacia atrás. Debió trotar por cientos de calles hasta que por instinto salió de la ciudad y después tuvo que cruzar el campo llano hasta llegar a los montes que conocía…”.

El relato del paisano se interrumpió cuando un tío de Jeijo pidió paso para colocar, en el gancho que colgaba de la salida de humos de la chimenea, una lata agujereada repleta de castañas. Las llamas invadieron el metal, ennegreciéndolo aún más, y dentro, las castañas comenzaban su particular inquisición. El emigrante pasó sus dedos lentamente por sus labios y su barbilla y prosiguió:

“Claro está que cuando el perro llegó a su objetivo, las comodidades de las que disfrutaba en la ciudad desaparecieron totalmente. No tenía otro remedio que subsistir en el monte. Abreviando: se asilvestró. Tuvo que sobrevivir de la carroña, de la caza de conejos y lebratos. Hasta de ratones. A veces el hambre le hacía bajar a los pueblos y robaba gallinas, al igual que el zorro. Con esto se ganó mala fama entre los hombres, que le quisieron dar caza. Pero ni el hambre, ni la comida envenenada que algunos le pusieron como cebo, eran estorbos para seguir queriendo vivir en su tierra. Cuentan los pastores de la zona que lo vieron muchas veces cazando con los lobos, que a pesar de su pelo blanco con pintas negras y sus orejas gachas era uno más de ellos. Otras veces fue avistado como un solitario que se perdía entre el claroscuro de los carbizos o bebiendo el agua clara de los arroyos. Algunas noches se le oía aullar, y cuando cantaba el cuco se callaba…”

El arreón a la lata para que las castañas no se quemaran por un lado interrumpió al paisano por un momento, que aprovechó para darle otro trago al vino. El dulce aroma de las castañas asadas se iba notando en el ambiente y, mientras terminaban de cocinarse, todos miraban al horizonte del fuego. Nadie hablaba. Todos esperaban la continuación. El paisano, con templanza, recostándose sobre el respaldo de la silla, sabiendo que llegaba el final del cuento, entonó con voz grave y entristecida.

“Parece ser que dejó simiente y llegó a viejo. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se hizo la herida, que infectada, lo mató. Unos que si fue el colmillo de un jabalí que defendía su vida, otros que si la dentellada de un mastín que protegía a un rebaño. El día que traía su muerte, la helada fue tal, que tuvo que bajar a su pueblo natal en pleno día para beber el agua entre el hielo cuarteado de los pilones. Nadie se acordó de sus fechorías por los corrales y todos lo miraron con respeto. Al fin y al cabo, todos vivían de la misma tierra ¿no? Tras saciar su “sede”, puso rumbo otra vez al monte con paso renqueante. Por la noche se escucharon sus aullidos, mientras la luna llena se encaramaba al cielo. A la mañana siguiente, los perros de unos cazadores forasteros lo encontraron yaciente sobre la hierba, con los ojos abiertos apuntando al alba, pero sin vida para sentir la helada sobre su cuerpo. Los cazadores, ante los ladridos espantados de sus perros, se preguntaron qué hacía por allí un perro de caza parecido a los que ellos tenían. Luego observaron algo que lo diferenciaba y un escalofrío recorrió el espinazo de sus espaldas: eran sus ojos, de un color anaranjado, dorados como la miel de romero, fieros, de mirada profunda. No había duda ¡Eran los de un lobo!”

Un profundo silencio se apoderó de la cocina. Solamente el chisporroteo de la madera consumiéndose en el fuego se atrevía a romperlo, y a su vez lo remarcaba más en la mente de todos. Las llamas atrapaban sus miradas y sus pensamientos. Luego, todos cogieron castañas. La primera siempre quemaba de más. El paisano hizo una mueca doliente y apuró el vaso de vino. Él, como Jeijo, como casi todos, ya vislumbraba cercana la hora de volver a su rutina, cuando llegara el año nuevo, cuando la última castaña ya estuviera fría.

Y así fue. El petardeo aquella noche de las castañas en la lata se desvanecieron entre las doce campanadas que daban paso al día uno del mes primero. Más tarde, la canción con la que los niños pedían el aguinaldo en la víspera de Reyes se coló en las casas de los vecinos, y después, Lober se quedó a solas con las heladas y las lumbres, con la matanza colgada en las cocinas. Y al final, llegó el primer día de “cole”, y la primera clase, la segunda y el recreo. Y después la lección de ciencias naturales a la que Jeijo no prestaba atención porque se había distraído con el cuento del perro que se convirtió en lobo. ¿O siempre había sido un lobo? Por fin un relato en el que no era el protagonista pendenciero y mentiroso; el lobo feroz de los cuentos tradicionales que se narraban a los niños. Por fin una historia con la vida de un personaje camuflada en las entrañas de los emigrantes alistanos; el cuento de un lobo, de uñas desgastadas de tanto patear por el monte, vagando en la mirada de todos los que añoraban su tierra.

A los que leen cuentos con ojos de lobo.
Jeijo.


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Escrito por CALAiTO

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31AGO2009

Historia de jeijo

Las bicicletas son para Aliste.

“… pero como todos los chicos de mi panda tienen bicicleta, yo no puedo ir con mi panda.
Las bicicletas son para el verano - F. Fernán Gómez.


Jeijo echó un rápido vistazo a un corral aplastado por el calor de las cinco de la tarde de un día de agosto. Observó a las gallinas con sus picos abiertos combatiendo el ardor estival bajo la sombra de un tejadillo de uralita y a los gatos despanzurrados bajo una higuera que decoraba una esquina del corral. Buscaba su bicicleta roja y en la primera ojeada no la vio. Luego se dirigió a la portalada dónde su abuelo solía estacionar el carro, pero allí sólo sesteaba la perra “Copa”; así que tornó sus pies hacia la panera que se encontraba en uno de los laterales del corral, casi convencido completamente de que algún adulto de su familia había guardado allí su bicicleta la noche anterior. Aunque ya no vivía en casa de sus abuelos, muchas tardes dejaba la bicicleta en su corral mientras jugaba el partido de fútbol que todos los días del mes jugaban él y sus amigos. Y al terminar la contienda balompédica, se iba a cenar a su casa olvidando muchas veces su bici en aquel corral.

En cuanto abrió la puerta de la panera, las gallinas dejaron de ser estatuas semimovientes que picoteaban con desgana la superficie del corral y fueron cacareando tras él. Primero, Jeijo constató que su bici estaba allí y luego, como otras veces, hundió sus dedos en el primer saco abierto que vio y, echando un ojo a que no lo viera su abuela, cogió un puñado de cereal que esparció por el corral para satisfacción de las aves. A continuación agarró el manillar de su bicicleta y la atravesó por medio del corral donde las gallinas finiquitaban aceleradamente su tapa de media tarde, abrió la puerta grande de madera que daba acceso a la calle y antes de que volviera a cerrarse ya daba las pedaladas suficientes para impulsar su vehículo hasta la era. Allí, a parte de algunos niños de menor edad traveseando entre los pilones y correteando por la áspera hierba de la era, se encontraban algunos amigos pasando el rato con un balón. El calor, pero sobre todo el escaso número de jugadores, enseguida los apartó de la idea de jugar un partidillo, así que se sentaron sobre la hierba y llegaron a la conclusión de que estaban cansados de interpretar – con el fin de conceder gol al delantero en cuestión – si el balón pasaba o no por encima de las piedras superpuestas que hacían las veces de postes.

Decidieron aquella tarde hacer unas porterías con postes de madera y, si se apuraban, quizás los largueros. Los pinos caídos del Ti Claudio tenían bastantes papeletas de ser el suministrador de su propósito, sin embargo alguien expuso la idea de poner rumbo a la ribera. Hasta allí había un buen trecho para ir andando, y por un momento esa idea se desvanecía en pos del pinar que estaba poco más allá de la punta arriba de la era. Sin embargo, uno de sus amigos dijo que podían ir hasta la ribera con las bicicletas por una ruta nueva que conocía. Cómo cortarían y traerían los palos sobre las bicicletas sería una decisión que acometerían en el momento de volver.

La ilusión se apoderó de ellos y convinieron en viajar hasta el río. Jeijo levantó su roja bicicleta postrada, casi caída, en la pared del pilón estrecho de la era. La bicicleta había vivido momentos mejores cuando sus padres se la regalaron unas navidades por Papá Noel. Ahora ya estaba algo destartalada debido al paso del tiempo, pero sobre todo por la caña que le había dado durante varios años por las calles y caminos de Lober. Sin embargo, era lo suficientemente válida para seguir disfrutando de Aliste. Y es que, si había alguna diversión que nunca se pasaba de moda, esa era la bicicleta. Daba igual ser niño, mozo o adulto; en Aliste era un pasaporte a la libertad, a recorrer cientos de senderos que no llevaban a ningún destino en particular y a la vez la mejor meta que se podía alcanzar: perderse bajo el sol, desaparecer entre la polvareda de un viejo camino, descubrir un nuevo paraje o detenerse bajo la sombra de un árbol arrimado a un sendero olvidado o sumido entre la vegetación.

La expedición constó de cuatro mozalbetes. Uno de ellos, el más joven y a la vez el más alocado encima de las dos ruedas, les guió por el nuevo camino que conducía a la ribera. Según sus palabras, la senda los dejaría junto al “pozo los bueys”, un lugar mágico bajo la falda del mítico monte de Peñalba, en el que el río Mena se apretaba en una presa hecha de grandes “fincones” con el fin de usar su agua en las huertas de alrededor. Un trocito de ribera engalanada con dos molinos y cruzada por grandes losas de piedra que denominaban “la puente”. Una larga rivera deslindada continuamente por alisos y chopos alargados, que vistos desde su tronco parecían tocar el cielo y escondían entre sus hojas verdes varias clases de tímidos pájaros, sólo adivinados por sus cantos. Para llegar a aquella pequeña jungla – que aquella tarde no llegarían a ver – tomaron rumbo por el camino de la era que conducía hacia al cementerio y torcieron, antes de llegar a él, hacia poniente. Era un sendero tortuoso y bonito por el que se veía durante un trecho la parte norte de Lober, ilustrada principalmente por cortinas, cuadras y pajares, hasta dejarlo a sus espaldas para adentrarse en la fronda del monte bajo.

La pandilla de cuatro se adelantaban unos a otros, aceleraban, frenaban, hacían el cabra y sobre todo disfrutaban del paseo y del paisaje que se embellecía cada vez más según se acercaban a la ribera. Cada golpe de pedal hacía deslizar los neumáticos de las bicis surcando la tierra y levantando una imperceptible polvareda que se escurría entre los matojos de hierba y jaras que delimitaban el camino. Cada vuelta de la cadena entre los dientes engrasados de la pletina y el piñón imprimía suficiente velocidad a la bicicleta que hacía que el aire estancado de la tarde veraniega se convirtiera en un soplo fresco en los rostros de los muchachos. Y cada giro de manillar a izquierda o a derecha les acercaba un poco más al afluente del río Aliste. Era en esos momentos cuando la vida parecía detenerse, y daba lo mismo si detrás del monte de Peñalba – que ya en la lejanía tenían en frente – el mundo hubiera sucumbido a una catástrofe, porque allí todo seguía igual; igual de bien.

Y así, pedal tras pedal, encadenados a un viejo sendero y agarrados a los manguitos de la bicicleta, llegaron a un punto del camino donde la tierra desaparecía, daba un giro de noventa grados hacia la izquierda y para su sorpresa se convirtía en una ancha avenida de hierba seca. No sólo parecía acabarse el camino, sino que su pendiente era bastante empinada y parecía terminar de golpe en un regato, afluente del Mena. Las bicicletas se embalaron por la cuesta. Jeijo tomó ventaja sobre su amigo pucelano y su primo, dejando en último lugar al más mayor de ellos que llevaba una bicicleta de color verde, una mezcla entre una bicicleta de paseo y las antiguas y grandes que todavía se veían derrengadas por algunas cuadras y pajares, y reparada y acondicionada durante la última semana con el sudor de su padre. La velocidad cada vez iba a más y Jeijo empezó a apretar ligeramente su freno delantero, ya que el cable del freno trasero se había roto días antes. En ese instante, escuchó la voz del piloto de la bicicleta verde gritando repetidas veces. – ¡Qué no frena!–. Mientras iba adelantando sin compasión a los dos primeros colegas y se dirigía sin control a la altura de Jeijo que, en esos momentos, apretaba el freno a tope cuando casi al final de la cuesta, que se empinaba todavía algo más, la hierba desaparecía y afloraban peñas sobre el suelo lo suficientemente altas como para pensarse seriamente no pasar por encima de ellas a gran velocidad.

Las ruedas de la bici de Jeijo dejaron de rodar justo en el borde de aquellos escollos y observó como su amigo imprudentemente le rebasaba. Su bicicleta iba frenada, pero sus neumáticos, que eran planos y no llevaban un mísero dibujo, resbalaban por la hierba seca sin hacer caso omiso a las zapatas que se apretaban, como los dientes de un lobo a su presa, sobre las llantas de ambas ruedas. Tal era la velocidad que saltó el desnivel que las peñas dibujaban sobre el terreno dejando la bicicleta por un instante en el aire y dirigiéndose a tremenda velocidad hacia unas grandes rocas levantadas sobre el pequeño arroyo que casi lo tapaban. Las alternativas para direccionar y frenar su bicicleta eran unos grandes zarzales que había a su izquierda y la pared de un prado a su derecha. La tragedia se mascaba...

Jeijo fue testigo directo de cómo su amigo se chocaba contra la pared del prado y salía despedido de su bicicleta hacia el interior del prado. Se hizo un silencio. El impacto había sido brutal y todos se temían lo peor. Boquiabiertos, los tres chavales dejaron caer sus bicicletas y fueron raudos a ver cómo se encontraba su amigo. Observaron las consecuencias del tremendo choque en la bicicleta: una llanta delantera totalmente torcida y metida hacia un cuadro que también estaba bastante dañado y desperfectos en los pedales, radios y reflectantes. El choque se había llevado también algunas piedras de la “parede” y había arrancado un arbusto de metro y medio. Su amigo tumbado boca arriba y mirándolos de frente, convalecía en la hierba del prado y se dolía en general. Lo ayudaron a levantarse y comentaron todos sus puntos de vista, todavía alucinados por la bestialidad de la jugada. El accidentado declaró que la opción más válida fue chocar contra la pared porque las rocas del riachuelo eran grandes y puntiagudas y una caída sobre ellas podía haber tenido consecuencias fatales sobre su espalda o su cabeza, y la idea de meterse entre los profundos y altos zarzales, evidentemente, tampoco le había hecho mucha ilusión. Todos le dieron la razón. La mejor de las funestas opciones fue la elegida.

Regresaron a Lober andando, cada uno con su bicicleta y ayudando al herido. Un poco antes de llegar al pueblo Jeijo y su primo se adelantaron para avisar a los padres del herido. La madre parecía visualizar el accidente y se lamentaba de lo ocurrido temiéndose muchas más contusiones de las que realmente tuvo – por suerte – y el padre nada más enterarse masculló.– ¿qué le ha pasado a la bici?–. Sabiendo, el mejor que nadie, el trabajo que le había costado adecentarla.

Aquella bicicleta verde no volvió a salir de la lobreguez de un garaje. Nunca más volvió a saber de caminos y veredas o de curvas entre esquinas de cortinas o del siempre dificultoso paso por la “colaga”. Además, hubiera sucumbido a la inminente llegada de las “mountain bike” que arrasó con los distintos tipos de bicicleta que, según la época, habían arribado a los polvorientos caminos del verano alistano y que iban perviviendo de generación en generación, de tal forma que se juntaban modelos diferentes: bicicletas de paseo de diversos tamaños, las de “carrera”, las de asiento para dos, las California XL2, bicicletas con manillar de “Harley”, incluso alguna de marca Peugeot. A Jeijo nunca le faltó bicicleta, pues pasaba mucho tiempo en el pueblo, y tuvo a lo largo de su infancia y adolescencia varios modelos. Y siempre se la dejaba a aquellos que no tenían, cosa que le costó más de una bronca de sus padres, pero de las que hacía caso omiso porque pensaba que todos debían disfrutar de aquel invento que parecía hecho por dios, como el caballo al hombre, para los jóvenes de Aliste.

Y es que con las bicicletas se podía jugar a mecánicos y ponerse las manos engrasadas igual que aquéllos, se imitaban a los saltadores de motos con rampas hechas principalmente con trozos de chapa robadas de la escuela de Tolilla y se contaban de igual modo las anécdotas de caídas, como cuántas pedaladas era uno capaz de dar haciendo el caballito. Jugaban a policías y ladrones, hacían circuitos y se cronometraban, derrapaban en la arena, en la gravilla de la carretera y en la hierba seca de la era. También, la bicicleta era un medio para hacer pinitos con el “tuning” cuando la decoraban con fragmentos de señales de tráfico para que brillaran entre las luces nocturnas o le colocaban un pequeño espejo retrovisor. Era el vehículo perfecto para asaltar otros pueblos, como si fueran jinetes guerreros con licencia para saquear lo que encontraban a su paso, y parecían motoristas cuando les daba por acelerar el manguito del manillar mientras un trozo de plástico duro, colocado oportunamente entre el cuerpo de la bicicleta y los radios, golpeaba éstos haciendo un ruido similar al de una moto “petada”. Y si la bicicleta no tenía frenos pues se usaba la suela de la zapatilla, bien contra el suelo o en la goma de los neumáticos. Y sin olvidar que era un medio de transporte ideal para llegar más rápido a los sitios: a coger un balón a casa, a beber agua de alguna fuente, o darse un garbeo por el pueblo y encontrar a los amigos, porque ellos, sí, eran los auténticos motores de las bicicletas y del engranaje de un maravilloso verano más.

A quien me pueda contar una buena historia sobre bicicletas.

Jeijo.


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Escrito por Jeijo

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01ABR2009

Historia de jeijo

Un paseo estelar


En muchas tradiciones, la vía láctea aparece como un lugar de paso que enlaza los mundos divino y terrestre. También es comparada a la serpiente, al río, a una huella de pasos, a una salpicadura de leche, a una costura, a un árbol. Es tomada por las almas y por los pájaros para su viaje entre los mundos. Simboliza la vía de los peregrinos, de los exploradores, de los místicos, de un lugar a otro de la tierra, de un plano a otro del cosmos, o de un nivel a otro de la psique” - Alain Gheerbrant



Los créditos de la serie “Aquellos maravillosos años” se deslizaban por la pantalla de una televisión que emitía en blanco y negro para dar luego paso a los anuncios comerciales. Era el momento de acudir a la cita nocturna que Jeijo y uno de sus primos solían tener las noches de agosto con sus amigos. Apagaron la televisión y salieron de la casa de sus abuelos por la puerta principal. Junto a ella orillaba una estrecha y larga acera que era ocupada a esas horas por su familia y otros vecinos. Todos disfrutaban de amenas charlas en las que “arreglaban” el país, o el pueblo, e intercambiaban pareceres sobre el tiempo y el campo. Tras la acera se encontraba la calle de la iglesia, la arteria principal de Lober, una calle especial, tanto que la naturaleza le había regalado un trozo decorado con pequeñas piedras de color rosado esparcidas por un suelo de tierra. Al otro lado de la calle, apenas alumbrados por la escasa luminosidad de la farola exterior de la casa del Ti Pedro, estaban esperándolos el resto de la población adolescente que veraneaba en Lober. El reloj de Jeijo marcaba el inicio de la última hora del día y era el momento de perderse en el seno de las tinieblas, morder la noche y comerse a bocados su frescor que tanto se echaba de menos durante el ardor diurno.


Era una noche en que la luna parecía enfadada con su prima la Tierra y no le revelaba ni una mísera línea de su luz argentada. Tal era la oscuridad del firmamento en aquellas noches sin luna que el cielo parecía una persiana bajada y las estrellas sus pequeñas rendijas por las que pretendía colarse la luz del sol. Era un cielo plagado de estrellas, más bien saturado de motas de luces tiritonas que, ajenas a la polución de las ciudades, rompían el negro cielo y se convertían en el mejor espectáculo nocturno, dejando boquiabiertos a cualquiera que pasara una noche de verano en Aliste. Niños, jóvenes, adultos, ancianos…, daba igual cuántas veces las pupilas de uno se hubieran fundido con aquel paisaje tan lejano, licuado con paciencia de millones de años y respaldado por teorías extrañas e incomprensibles como la del “Big-Bang”. Siempre había una nueva estrella que descubrir y nunca se cansaba uno de volver a maravillarse con constelaciones como la “W” de Casiopea, el “carro” de la Osa Mayor o la “sartén” de la Osa Menor, con la pequeña estrella polar al final de su “mango”. Sin embargo, la protagonista principal del cielo azabache era la vía láctea. Un conjunto de miles de estrellas que rompían en dos el cielo como si fuera el espinazo del universo. Una verdadera guía, como se solía decir, hacia Santiago de Compostela. Y en el caso de Lober, en dirección contraria a la ciudad gallega, la vía láctea orientaba hacia el empalme de la carretera, como si el camino con esencia de brea, que era la vía que transitaba por Lober, fuera un espejo en la tierra del camino de estrellas con refulgencia de nata. Y era aquella dirección la que tomaban la mayoría de los paseantes nocturnos.


Jeijo y sus amigos también decidieron aquella noche coger derroteros hacia el empalme. Salieron del pueblo con sus risas, sus voces y correrías de siempre, todo amenizado con una banda sonora platicada a golpe de cabezal de un viejo radiocasete. Sus siluetas se fueron fundiendo en la oscuridad de la noche mientras se alejaban del pequeño pueblo de Lober y avanzaban por su única carretera convertida en una guía de viandantes nocturnos en aquellas noches oscuras del verano alistano, un “suco” que conducía a piernas, patas y varas, bien en la ida hacia el empalme, o bien a la vuelta de nuevo al pueblo. Como otras noches, en su camino se encontraron a gente adulta regresando de su paseo, adivinados entre la espesura nocturna por las pequeñas luces de sus linternas de petaca que parecían querer emular a las estrellas.


Subieron por la carretera dirección al sierro. Bajo los pies de Jeijo y sus amigos el asfalto, aún caliente del martirio del sol, desprendía un escaso pero suficiente calor que desaparecía en cuanto sobrepasaban los límites de la cuneta. Era una extraña sensación pero a la vez agradable, y hacía de la carretera una guía más segura y confortable cuando los jóvenes se adentraban por ella en el frondoso monte y dejaban atrás su pueblecito. Durante el camino, se divirtieron cogiendo a puñados la gravilla de la carretera que posteriormente la lanzaban fuerte contra el asfalto. Su choque se convertía durante un tiempo fugaz en chispas, un pequeño resplandor nocturno formado por decenas de centellas que asemejaban y maravillaban, durante un segundo, como las estrellas en el universo. Cuando los brazos se cansaron, siguieron la senda de asfalto que los llevó a su destino: el empalme de la carretera de Lober con la calzada que iba desde Gallegos del Río a la nacional 122. Un cruce de caminos situado a poco más de dos kilómetros de Lober y rodeado por jaras que se comían las cunetas, que parecían un muro bajo la oscuridad de la noche sin luna, como si quisieran ser una barrera a los transeúntes para guardarlos y separarlos del mundo salvaje de la noche del monte alistano.


Jeijo, como el resto de sus amigos adolescentes, se tumbó en la carretera mientras reposaba su cabeza en el estómago de uno de sus compañeros, a la vez que éste hacía lo mismo con otro, de tal manera que casi todos fundían sus orejas en el cuerpo de alguien. Así, cada uno se convertía en una almohada viviente que producía un calor suficiente para contrarrestar el frescor, casi rozando el frío, de las madrugadas de finales de Agosto. Y desde el mejor calor del mundo elevaban sus pensamientos al infinito de un firmamento oscuro punteado en blanco.


Era entonces cuando la música se colaba punzante en los oídos de los jóvenes y en el inmenso vacío de la oscuridad. Si la música nunca faltaba en todo el día, tampoco lo podía hacer durante la noche porque le daba forma a las notas, las esculpía y las colgaba de las estrellas para que sonaran dentro de cada uno con más fuerza, haciendo la noche aún más mágica. Letras de amores con el inolvidable acento italiano de Eros Ramazzoti o canciones que no dejaban a nadie indiferente como las de Mecano, se mezclaban con las cintas de otros grupos extranjeros como O.M.D., Pink Floyd o Transvision Vamp y con canciones sueltas grabadas de la radio…, siempre con la música a todas partes, eterna armonía contenida en siete notas difundida en parajes solitarios, de otra galaxia, como los eran el empalme y su entorno.


Y así, con la música como segundero, fueron despeñándose en el vacío del tiempo los minutos y las horas. Jeijo cerró sus ojos. En la oscuridad de sus párpados cerrados seguían brillando un instante los luceros del cosmos. Cuando se desvanecían, los volvía a abrir y el espectáculo de la bóveda celeste llenaba otra vez su mirada de puntos blancos. Unos destellantes, como aguijones de luz, otros más apagados y temblorosos, como si en cualquier momento se fueran a extinguir. Cuando parecía que su mirada se iba a perder para siempre en las estrellas, los volvía a cerrar, y al poco otra vez abiertos. Su juego se interrumpió por el ruido del motor de un coche que los muchachos y las mozas iban distinguiendo cada vez más nítido en la lejanía de los montes alistanos. Uno de sus amigos incitó a los demás a ver cuánto aguantaban sin quitarse de la carretera. Al principio nadie se movió, pero poco a poco fueron levantándose del colchón de asfalto cuando el vehículo se iba aproximando a su altura. Sólo tres de los jóvenes permanecieron inmóviles hasta el final, o eso pensaron ellos que se levantaron a la vez, casi de golpe, nerviosos, cuando el silencio de la madrugada engañó a sus sentidos haciéndoles creer que el automóvil se encontraba más cerca de lo que realmente estaba.


El hecho de levantarse desperezó a todos de su letargo y decidieron irse a la cama. Además, el fresco de la noche ya se había convertido en un frío poco tolerable a las prendas veraniegas. Regresaron a Lober por la carretera, su particular vía láctea que conectaba la realidad del pueblo con el misticismo del monte, la vida humana con la salvaje del país de las jaras, y siempre, como guía del alma, la música y sus risas. Los ojos de Jeijo se volvieron a colar una vez más por las rendijas de la persiana del cielo, desliéndose en el inmenso universo al que, por chocante que pareciera, también pertenecía el pequeño pueblo de Lober, que sierro abajo se anunciaba por su escaso alumbrado público. Un trocito de estrella que brillaba en su corazón con la misma intensidad que lo hacía Venus en la noche negra, y que nada tenía que envidiar a la vía láctea y su bruma de estrellas dirección a Santiago… o al “empalme”. También, bajo la sierra de la culebra, fundiéndose con el cielo como si de otras galaxias se tratara, asomaban tímidamente las lucecitas de algunos pueblos alistanos. Jeijo sonrió al caer en la cuenta de que paseaba por el universo con sus astronautas preferidos.


A los que miran las estrellas y siguen viendo figuras
Jeijo


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25JUL2008

Historia de jeijo

Una Historia muy Lejana


El mejor profeta del futuro es el pasado
- Lord Byron.

Estuvieron dando vueltas por el sitio que les habían indicado. Jeijo y su amigo habían deambulado un buen rato por un monte que caía vertical sobre el río Mena. Sus mansas aguas fluían bajo un fino témpano que tiritaba en el suave devenir del río, camino de su encuentro con su compañero el “Aliste”. Discutían entre ellos cuál podía ser el error y repasaron las indicaciones que les había dado la abuela de su amigo: bajar por el camino de Tolilla hasta que se hace llano para desviarse a la derecha y seguir un sendero que discurre parejo al río. Después, cruzarlo por un pequeño pasadero de losas de pizarra y posteriormente subir por un camino que conduce a un pinar situado en la falda derecha del monte pegado al río. Allí encontrarían parte de las murallas de un castillo, pero no vieron nada.


Tras media hora de pesquisas decidieron desandar el camino, más que nada obligados porque en los últimos días de diciembre la duración de la tarde era irrisoria. Además, aquel día una película de niebla alta ocultaba todo viso de luz solar, dejando los dominios del cielo al grajo que con su canto de aullido rompía el silencio del invierno disfrazado aquel día de un sudor empapado en la tierra, de un paciente goteo en las ramas ateridas de los árboles y de un frío húmedo que traspasaba toda la ropa que uno se podía poner para llegar punzante a los huesos. La andanza toda la tarde entre el oscuro verde de la hierba de la ribera y las jaras del monte había calado a los dos muchachos y, justo antes de atravesar el río otra vez por el pequeño paso elegido, en un lugar donde el río se estrechaba e inventaba diminutas cascadas plateadas, junto a unas rocas, su amigo decidió encender un fuego.


La excusa era calentar los pies, pero teniendo en cuenta que estaban a escasos veinte minutos de casa, la verdadera razón había que buscarla quizás en la psique humana. Era la poderosa llamada de usar unas cerillas que había birlado de la cocina de la casa de sus abuelos y encender un fuego en el campo como habría hecho cualquier antepasado. Una tradición antigua que seguía viva en la piel del hombre a pesar de vivir en una era de tecnología y de bienestar. Puede que el fuego dejará de ser aquel primer gran invento de la humanidad que hizo al ser humano abandonar el camino de las bestias, sin embargo, en Aliste, aún seguía siendo una eficaz arma para todos.


El fuego tardó en coger fuerza. La leña que habían cogido estaba húmeda y al principio sólo expiraba un humo blanco que se perdía rápidamente entre el día gris. El amigo de Jeijo había sido previsor y portaba en el bolsillo de su cazadora suficiente papel para atormentar hasta el fin una leña que se resistía a su incineración. Al final, una llama lenta pero segura se hizo paso entre los porros y los fue quemando a la misma velocidad que Jeijo y su compañero se descalzaban y ponían sus botas y calcetines cerca del fuego. Pronto comenzaron a humear y los dos chicos colocaron sus manos por encima del fuego, en ademán de dominio, mientras se reían de su fracaso y decidían que volverían a intentarlo el día siguiente.


La vuelta a casa, con los pies envueltos en calcetines calientes, se hizo más cómoda y llegaron al pueblo cuando la noche se colaba sin piedad en un día opaco que no oponía resistencia. Lober parecía dormitar a pesar de ser las seis de la tarde y sólo daba visos de estar vivo por el humo que huía por las decenas de chimeneas que apuntaban como tímidos cañones al cielo. Las escasas farolas poco ayudaban a dar vida al pueblo y los dos mozalbetes se perdieron por calles de sombras oscuras dirección a sus respectivas casas y al resguardo de un buen fuego, otra vez.


Jeijo arribó feliz a la casa de sus abuelos. Para Jeijo las navidades eran una etapa del año muy familiar en la que pasaba extraordinarios días con sus primos y algunos amigos que pocas más veces veía. Los días se hacían cortos pero se aprovechaban al máximo: patinaban sobre charcos helados, jugaban con la nieve cuando hacía acto de presencia, practicaban el deporte rey en el resbaladizo césped de la era o hacían una buena fogata en la “palomara”. Una vez que las tardes se hacían noches, los sillones del salón de la casa de sus abuelos era un campo de batalla perfecto para que él, su hermano y sus primos se picaran unos con otros. También los juegos de cartas y de sobremesa eran habituales mientras la estufa de leña, un motor en propulsión, ahuyentaba a las frías garras del invierno de rasguñar a su familia. La diversión se completaba con la televisión de “las dos cadenas" que siempre emitía alguna película o serie que en esas entrañables fechas se consagraban tanto para niños y jóvenes.


El día siguiente despertó con una helada. La niebla había desaparecido por la noche y parecía que las estrellas habían dejado su impronta de polvo galáctico sobre la tierra. La buena noticia era que el cielo volvía a iluminar las tersas caras de los alistanos y se agradecía, sobre todo a la abrigada, el tibio calor del sol. Jeijo, después de comer fue en busca de su amigo. Éste había vuelto a interrogar a su abuela, pero la información sobre el sitio seguía siendo la misma. Lo único novedoso fue que según parece el castillo estuvo habitado por los “moros”.


La travesía del camino se hizo más rápida que el día anterior. Ya conocían por dónde tenía que ir para encontrarse con la historia. Llegaron al mismo lugar y volvieron a recorrer el monte. Se centraron sobre todo en la cima, pensaron que si había restos de un castillo, éste por lógica, debería encontrarse en lo más alto. Lo único que encontraron fueron jaras, robles, espinos y escobas; maleza en general tan tupida que apenas si se podía andar. Otra vez les tocaba volver a Lober sin nada en sus manos.


Al atardecer, una luna recién creciente parecía pinchar con sus dos cuernos el cielo violáceo. La decepción fue compañera de los dos chicos en su regreso. Al menos, la tarde había sido soleada y, mientras el sol se dignó en dominar el cielo, Jeijo había disfrutado del paseo por la ribera fundiéndose con el bello paisaje, aun a pesar de que la muerte invernal estaba presente en la mayoría de las plantas que los escoltaban. El viaje de ida había sido un cúmulo de sueños y alucinaciones en la cabeza de Jeijo que, como un pequeño Don Quijote, se había llenado de historias antiguas en las que las espadas cristianas en forma de cruz colisionaban contra las medias lunas moras en escaramuzas sin fin. Pensaba Jeijo que por allí pudo haber una batalla y a las pruebas se remitía: la leyenda sobre la campana de oro de la iglesia robada por los “infieles” y el castillo que estaban buscando. Sin embargo, todas aquellas ideas se desmoronaron como un castillo, esta vez de naipes, y los gigantes guerreros de ambos bandos sólo fueron aire en un monte que ofrecía unas magníficas vistas del pueblo de Tolilla y de la ribera del Mena. Al menos, pensó Jeijo, había conocido un bello lugar.


Los años pasaron y su pasión por Aliste hizo que la ilusión de historia arrebatada en aquellas navidades y en aquel monte volviera con nuevos bríos. Buscando nuevas rutas de bicicleta por la comarca alistana, cayó en sus manos un trayecto que pasaba por el castro de Mellanes. Jeijo había oído más veces hablar de la palabra castro, pero pensó que se refería a una manera de llamar a algunos montes y la incluía en ese diccionario con palabras que no tenían cabida en el castellano del siglo XX y sí en el antiguo dialecto leonés. Pero esta vez estaba equivocado. La ruta hacía referencia a que todavía se podían observar parte de las murallas y del foso del antiguo poblado celta que estuvo allí asentado. Jeijo se quedó de piedra. A pocos kilómetros de su Lober, existió un antiguo poblado celta del que había restos. Y él sin saberlo... Desde entonces investigó más sobre aquello y su sorpresa se acrecentó al comprobar que más de la mitad de los pueblos de Aliste tenían su castro, es decir, su antigua historia. Y así descubrió que la abuela de su amigo tenía razón, aunque hubiera errado en quiénes fueron sus moradores. Tampoco se extrañó porque, quizás por falta de estudios sobre la historia del país, la gente mayor siempre hacía referencia a la invasión musulmana para explicar parte de su pasado.


Así que un día de invierno otra vez, y cambiando a su amigo por su inseparable compañero de fatigas en sus largos paseos, un pequeño perro de color negro, puso sus ilusiones rumbo al castro de Tolilla. Hizo el mismo recorrido que antaño y se dio cuenta de que no se habían equivocado un ápice. Además, Jeijo comprobó que estuvieron justo al lado de la muralla y no la vieron, a pesar de que la pisaron. Claro está que la idea de muralla medieval que de niños poseían nada tenía que ver con la realidad. El castro de Tolilla aún dejaba ver un pequeño montículo de tierra que se levantaba sobre el suelo lo suficiente para darse cuenta de que aquello era algo hecho por la mano del hombre. No le quedó ninguna duda cuando descubrió, por la parte exterior de lo que quedaba de muro, una hendidura hecha sobre el terreno que según los entendidos fue el foso que rodeaba la muralla a modo de defensa externa.


Las ahora pobres y derruidas protecciones fueron importantes para los Zoelas, pueblo astur que habitó aquellas tierras antes de la invasión romana. Ya es una historia muy lejana, pero aquellos hombres y mujeres se sirvieron para sobrevivir del mismo paisaje que Jeijo aún podía contemplar. La misma tierra en la que uno todavía podía perderse por miles de veredas y decenas de arroyos serpenteantes entre los pequeños montes en los que seguían reinando el jabalí, el lobo y el ciervo, animales aún temidos, odiados y venerados, como entonces. Los antiguos poblados siguieron vivos con la llegada de los romanos hasta que el tiempo los hizo inútiles y se convirtieron en centinelas silenciosos y olvidados de los pueblos alistanos. Más vale tarde que nunca – se dijo Jeijo, y dio gracias por haber conocido aquello.



“A Ángel Esparza Arroyo, por su minucioso estudio sobre los castros del noroeste zamorano, que me ha hecho descubrir parajes encantadores”.


Jeijo.


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01FEB2008

Historia de jeijo

Tesoros

Mi primo, el mayor de la familia, y yo siempre soñábamos de niños con ser detectives. A través de la ventana de una de las habitaciones de la casa de mis abuelos, donde dormía mi primo, se nos podía ver intentando resolver casos que nos inventábamos o que agrandábamos sobre algún suceso acontecido que oíamos a nuestros mayores. Otras veces nos dedicábamos a espiar a las chicas o a otros niños. En épocas pasadas, aquella también había sido mi habitación que compartía en vacaciones con el mismo primo y algunos fines de semana con mi tío y una cinta de “Los Pecos” a la hora de dormir. Por eso, y otros motivos, allí siempre me sentía como en casa y estaba encantado de que fuera nuestro “cuartel general”.

Detectives era la profesión preferida, tanto que competía con la de futbolista – yo, un niño que no tenía más “novias” que una pelota con la que pasaba incontables horas –. Hacíamos que fumábamos cigarrillos imitando a grandes personajes del celuloide, como el duro Humphrey Bogart, admirábamos el refinamiento de Hercules Poirot y la perspicacia del gran Sherlock Holmes y nos reflejábamos en los personajes de la serie que tanto empezaba a cuajar: Corrupción en Miami.

No sabíamos que una tarde de verano, recién comenzada en el silencio de la siesta, tendríamos un caso real que pondría a prueba nuestra capacidad detectivesca. Habíamos quedado, como casi todas las tardes, con otro amigo en la sombra que dibujaba la casa de mis abuelos y que avanzaba lentamente durante toda la tarde, como un caracol pertinaz, hacia la era. Saliendo por la puerta pequeña del corral observamos como venía por el camino que conducía desde su casa hasta la era. Llevaba un paso ligero, con cierto ademán de persona de color del Bronx neoyorquino al ritmo del sonido de “Modern Talking” o su paisana “C.C. Catch” que emitía su radiocasete, de aquellos que todavía no conocían el sonido estéreo y el dolby surround.

Una vez los tres juntos, gastamos nuestra primera media hora intentando encajar guijarros entre las cuatro paredes de los dos pilones de la era. Era difícil, pero tenía su recompensa cuando veíamos la abombada trayectoria de una piedra que primero subía al cielo y luego descendía vertiginosamente hacia su objetivo chocando contra el agua y haciéndola sonar con un profundo eco, a la par que salpicaba gotas que flotaban en el aire unos instantes y luego desaparecían como si se evaporaran entre los rayos de un sol incendiado. Cuando nuestros brazos dijeron basta, dimos un respiro a las pequeñas piedras de nuestro alrededor y decidimos ir en busca de las tres chicas que el día anterior nos habían enseñado el inquietante juego de las Tijeras de Verónica.

Era simple. Unas tijeras abiertas introducidas hasta la mitad en un libro y atadas con una cinta a lo largo de él, de manera que tijeras y libro se mantuvieran en el aire con el simple apoyo de un dedo por la parte inferior de cada ojal de la tijera, con peligro de muerte si se metía el dedo por dentro, ya que se suponía que eran los ojos de una tal Verónica muerta en extrañas y macabras circunstancias. Por supuesto, el arma homicida fueron unas tijeras. El juego consistía en hacer preguntas en alto a Verónica que contestaría con un escueto o no en función de hacia que lado se moviera el libro. Y la verdad es que el libro se movía.

No tardamos en encontrarlas. En la Fontanina, auspiciadas por la sombra fresca de un grandioso pajar de piedra, junto a su puerta de madera que iba a juego en esplendor y altura con el resto del inmueble, estaban jugando otra vez con Verónica. Las dos más mayores en edad sostenían una por cada lado las tijeras y la otra niña, de mi quinta, parecía hacer alguna pregunta. Al llegar, nos unimos enseguida a preguntar banalidades: que si le gusto a tal, que si cuál está por pascual, qué si ganará la liga el “madrid”, la “real” o el athletic, etc. De pronto, la niña, incipiente mujer que había importado el juego desde Vitoria, hizo una pregunta qué tornó inesperadamente las carcajadas de la diversión del juego en bocas cerradas. ¿Existe algún tesoro en Lober? – preguntó. El silencio se concentró en las miradas cruzadas que los seis nos hicimos, sobre todo hacia la “vasca”, posándose finalmente con expectación en el movimiento del libro. Sí, fue la respuesta…

¿Qué sería del verano sin las noches? En Lober, el ambiente nocturno se llenaba de conversaciones enramadas, como la hiedra, en las pequeñas y largas aceras construídas en alguna de las caras exteriores de las casas. Otras personas, vara y linterna en mano, se aventuraban a adentrarse en la espesura de la noche y paseaban por la carretera camino del “empalme” o de Tolilla, no había más direcciones. Los niños teníamos un amplio repertorio de juegos: el “veo veo”, el “escondite inglés”, las comidas preferidas, el pañuelo o la rayuela. Sin embargo, el juego estrella para la noche era el escondite.

En la noche que siguió a la pregunta enigmática, el sitio elegido para “salvarse” eran las tablas cruzadas que tapaban la puerta de una gran casa blanca deshabitada, con cierto aire señorial, dinteles de granito en puertas y ventanas y con fecha de nacimiento: 1.915. El tiempo había hecho mella en la pintura blanca de sus paredes y en las tejas, lo que le daba un aspecto lúgubre y desangelado. Era un lugar ideal apenas iluminado por la bombilla de la casa de la Ti Dominga y por el que parecían pasar fantasmas – siluetas de niños – apenas perceptibles entre la poca luminiscencia de las bombillas que cada casa encendía para alumbrar sus humildes entradas hasta una hora prudente.

Comenzado el juego, me oculté en un oscuro callejón sin salida y tras mis pasos me siguió una de nuestras amigas vespertinas que sólo me dijo – “Tenemos el tesoro”. Aquellas palabras se deslizaron por mis oídos percutiendo cada letra dentro de mí como el insomne tic tac de un antiguo reloj despertador. No me había vuelto a acordar del tesoro imaginando que Verónica se refería al escondido en Peñalba. Aquel que estaba enterrado a tan poca profundidad que podía encontrarse a golpe de arado o pezuña de ganado: la campana de oro. Sin embargo, aquella frase me dejó confuso. ¿Acaso habían sido capaces de encontrar la campana? Me quedé pensativo, absorto, tanto que me tocó “quedármela” la siguiente vez.

Desde entonces, nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: "mierda en bote". Al final nos cansamos de no obtener pistas suficientes y llegamos a la conclusión de que Verónica se había confundido y todo había sido fruto de una broma hilada en el tedio de las primeras y calurosas horas de las tardes de verano. Casi ya olvidado el asunto, mientras apurábamos los últimos minutos antes de ir a comer sentados en la acera de la casa de mis abuelos, en una sombra que menguaba a pasos agigantados, observamos como las tres muchachas llevaban un objeto no muy abultado que apenas se hacía visible excepto por su color amarillo chillón.

Se dirigían dirección a las escuelas, calle abajo. No nos bastó decirnos nada, sabíamos que podía ser el tesoro. Las seguimos lo más sigilosamente posible y siempre con precaución de no ser vistos. Llegó un momento en que las perdimos de vista, pero justo antes de doblar la esquina por la que supuestamente debían haber pasado oímos sus voces. Parecían llegar del corral de Felisa y llegamos a escuchar suficientes palabras entrecortadas para entender que estaban enterrando el tesoro. No hacía falta seguirlas más, así que desandamos nuestros pasos y volvimos a sentarnos en el alfeizar de la misma ventana, como si no nos hubiéramos movido de allí. Al poco las “piratas” regresaron a sus casas. Un sol casi vertical daba la hora de comer y los cinco minutos de espera se hicieron eternos. Luego, apresurados cogimos las dos bicis que estaban aparcadas de cualquier manera sobre el suelo y nos dirigimos hacia el lugar dando un rodeo.

Encontramos el tesoro. Nuestros ojos se obnubilaron al ver un recipiente color amarillo que estaba enterrado entre el abono seco. Si alguien nos hubiera visto habría pensado que nos habíamos vuelto locos, como esas personas afortunadas que les toca la lotería de Navidad. Reíamos, saltábamos, pero decidimos huir del lugar enseguida por si volvían las dueñas del tesoro. Volvimos a montarnos en las bicis. Me subí en la parte de atrás de una de ellas y, mientras sostenía el tesoro, fui llevado en volandas por mi primo carretera abajo, dirección Tolilla, haciendo parada en Fuentelugar.

Nuestro amigo hizo los honores de abrir el recipiente. Sus manos nerviosas denotaban el estado general de los tres. Desenroscó la tapa y todos al unísono inclinamos nuestras cabezas. Nuestros ojos se centraron en su interior olvidándonos un momento del resto del mundo. En un segundo la ilusión se transformó en decepción y luego en una enorme humillación – me pregunté si el día de los santos inocentes no era en Diciembre –. Mi primo arrojó el contenido a la carretera y le dio un puntapié al recipiente. Un bote de Cola Cao que fue a parar al arroyo que regaba las huertas colindantes. Nos quedamos pensativos, abochornados, repasando lo que había pasado los días anteriores. La verdad se hacía más dura observando que el tesoro se componía de “caganetas” de oveja y boñigas de vaca. “Mierda en bote”.

El orgullo herido era menos pasando los días en Aliste. La amistad y el verano no se podían romper por aquella tomadura de pelo. Unos días más tarde, y en otro lugar del mundo se encontraron los restos del Titanic. ¡Menudo tesoro! Aunque a mí no me importó. Yo había descubierto la era y sus pilones, las charcas llenas de ranas en “Valdecarbayo”, los derrapes de las bicicletas, el agua fresca de la ribera del Mena, los pequeños refugios en que se convertían las aceras – con sus sombras de día y luces tenues en la noche -, el inquietante juego de Verónica, los partidos del atardecer, los “apartamentos” y las presas de agua en las “Peñicas”, los caminos por los que nos abríamos paso con nuestra música, los juegos de cartas, las moras y la gaseosa de sabores. Y lo mejor de todo: buenos amigos. Descubrí toda aquella diversión bajo un calor que no se apreciaba, sobre una tierra que no se quejaba, rodeados por estrellas que nos envidiaban.


A todos los buenos corazones que siempre descubro en Lober.

Jeijo
“Nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: ‘mierda en bote’.” SALVA.



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23NOV2007

Historia de jeijo

Caldo de Otoño”

El débil sol de otoño entraba escaso por la ventana de la cocina. Al abrigo de la chimenea menguantes brasas lucían entre ceniza y a su vera la familia de Jeijo, reunida gracias al “puente” de todos los santos, comenzaba a disfrutar de una comida copiosa y asada en la lumbre. Para regarla, su tío descorchó una botella de vino en la que había una pegatina roída y amarillenta de la que apenas se podía leer “vino de la Rioja” y que ya nada tenía que ver con la procedencia de su contenido. Sirvió a los comensales y enseguida Jeijo tomó el vaso y lo puso a trasluz un instante. Parecía sólido... Le dio un sorbo. Aquel vino se columpió en su lengua con un sabor fuerte, añejo como un coñac, casi se masticaba y su aroma no envidiaba al “bouquet” de un buen vino francés.

Miró a su abuela un momento. En ese instante las memorias de Jeijo se transformaron en un escalofrío que recorrió como una culebra de agua su espina dorsal y terminó en dos lágrimas que se mantuvieron a duras penas en sus ojos. Le vino a la mente la cosecha y elaboración de aquel vino, ocho años ha, y que, quién sabe por qué, seguía manteniéndose bebible. Entre sorbos de cristal y ruidos de cubiertos enredados entre platos, Jeijo recordó la vendimia de la uva que había sido madre de tan buen vino y que prodigiosamente había dejado tan buen sabor y había mejorado con el tiempo – como solía decirse del buen vino – en una tierra que no se lucía precisamente por sus buenos caldos…

… Su madre entró en la habitación temprano. Llevaba amanecido un rato pero como Jeijo y su hermano no eran madrugadores les costó levantarse de su cálida guarida. Jeijo se desperezó en cuanto salió a la calle. El sol de los primeros días de otoño aún calentaba y contrastaba con las lágrimas de rocío de la madrugada de tal manera que daba la impresión de que la tierra sudaba. Entre bostezos y estirones observó que toda su familia estaba preparada para ir a la vendimia. La mayoría montó en los coches, sin embargo Jeijo subió al carro que conducía su abuelo, vara en mano, rumbo al “sierro de las corzas”, acompañados por crujidos de los viejos listones del cuerpo del carro, el traquetear entre cantos de las ruedas de radios de madera y la lenta pero efectiva marcha de las dos vacas “uñidas” bajo el yugo.

Llegados a la viña, todos se equiparon con los aperos necesarios para la tarea: cubos, cestas de mimbre, baldes negros, navajas, gorras y sobre todo mucha disposición a doblar la espalda. Comenzaron la vendimia del lado contrario de la viña donde habían estacionado el carro y los vehículos. La viña, situada al sur de la falda del sierro de las corzas, tenía pocas carreras pero era tan larga que embutía en el alma la desesperación y la interrogación de cuándo acabaría la jornada.

La vendimia se realizaba entre pequeñas riñas sobre como debían atacarse las carreras – si a lo largo o mejor por filas – conversaciones de anécdotas sobre vendimias de años anteriores, de si la uva era mejor o peor, de si el tiempo había acompañado o no, o si era mejor la “híbrida” a la hora de recolectar. Palabras que se ahogaban en la espesura de los robles ladera arriba y que de vez en cuando amainaban y se transformaban en un silencio que sólo se rompía por el golpear de racimos recién cortados contra los cubos y por el ruido de las hojarascas de las vides violadas por los brazos de los vendimiadores.

A Jeijo le gustaba la vendimia porque eran días de reunión familiar, como un pequeño anticipo de las navidades y un extra al recién terminado verano. Si no fuera así, y porque le había empezado a gustar beber el vino, no hubiera estado muy dispuesto a doblar repetidamente la espalda o trabajar de cuclillas, incluso, cuando ya no sabía como ponerse, de rodillas sobre la tierra. Entre estos barrocos esfuerzos, recibía consejos de su abuelo y su padre para que aprendiera a dejar las uvas royas, pero estas advertencias no servían de nada porque todas le parecían iguales y ante una duda repetitiva, y por no preguntar siempre, al final lanzaba al cubo todos los racimos que encontraba a su paso.

Como agacharse no era santo de su devoción, siempre se ofrecía voluntario a transportar los baldes llenos de uvas para descargarlos en el carro. Su padre, su hermano, tíos o primos, todos en comandita y con los baldes de duro y negro plástico rebosantes de uvas a caballo sobre sus hombros y espaldas, daban la estampa de los personajes dibujados en los botes del Cola Cao. Y luego volvían a la tarea por entre las carreras balanceando el balde o parándose a coger algún buen racimo. Y otra vez a agacharse y sumergirse en aquel documental de minifauna enredada entre hojas, parras y babos: avispas con sus aguijones latentes y sus primas las abejas, “teresas” camufladas, arañas de largas patas y minúsculos torsos, incluso se dejaban ver ratones entre el terreno seco y algo pedregoso o perfectos nidos de media esfera olvidados ya por sus pequeños constructores. Y otra vez volvían las conversaciones sobre quién había venido a vendimiar al pueblo o, llegando ya a un punto de cansancio, de si se paraba a almorzar.
Hasta que el final esta maravillosa idea se hacía realidad: el último y algo duro salchichón y chorizo de la matanza del año anterior, jamón cortado en tacos, hogaza de pan, agua fresca, cervezas vino, aunque éste último no apeteciera con tanta uva en el buche, y manzanas eran pequeñas delicias que reponían las fuerzas no sólo del cuerpo sino que allí sentados y auspiciados por la sombra fresca de un “freno” y con un cielo dolorosamente azul como límite a las miradas perdidas surgidas mientras se masticaba, también descansaba el alma del ajetreo de la ciudad y de las sombras sin aliento de los edificios.

Como decía su madre, la vuelta a la tarea era difícil porque “con la tripa llena uno no se podía doblar”. Sin embargo, poco a poco, al igual que el trabajo incansable de las hormigas, las filas fueron disminuyendo y cuanto más cerca estaba el final más se aguantaba a terminar. Jeijo en la última fila se desentendió de coger más uvas y se dedicó a cargar en el maletero del vehículo de su padre los cestos llenos de uva para comer y lo cubos vacíos impregnados, al igual que las manos de los vendimiadores, del dulce de la uva.

Regresaron al pueblo. Tocaba comer. Lober se llenaba del ambiente de la vendimia. Había un olor especial mezcla de dulce, vinagre, humedad y sulfuro. La estampa del pueblo se empapaba con cubas y artesones en remojo por fuera de los pajares o junto a los pilones, con idas y venidas de carros y coches y sobre todo con la gente que regresaba al pueblo con el fin de convertirse por unos días en “químicos” del vino. Aunque hacía calor pasadas las tres, un estofado de patatas con carne era el mejor reconstituyente al esfuerzo de toda la mañana y mediodía. Tras el café y algún gato enredando bajo la mesa siguió la tarea.

Jeijo se enfundó unas botas verdes de agua que le llegaban a la rodilla y se aupó al carro junto a su padre que realizó la misma operación. Se subieron encima de un mar de uvas, porque el que se ahogaban hojas de vid, avispas y otros insectos, y comenzaron el proceso lento de ir aplastándolas para desbordar su jugo que lentamente se deslizaba por el artesón colocado en la base del carro y salía por su espita en cascada hacia un balde redondo y verde. De allí, se transportaba a las oscuras y añejas cubas de las que previamente se había eliminado el oxígeno que contenía quemando un poco de azufre en su interior y que dejaba un olor muy fuerte y desagradable en la bodega. El trabajo de pisar era arduo por lo que se relevaban entre varios. Todo el mundo seguía con alguna labor. Pisar, llevar el mosto y la “madre” a la cuba o desechar el tallo de los racimos pisados. Más trabajo pero más ameno y descansado que la recogida de la uva. Su abuelo fatigado por la jornada dejó de ayudar y se tumbó cerca del carro. Aunque su cuerpo decía no a seguir allí, su espíritu de agricultor le hacía retenerse, vivir lo que había sido su vida, estar con los suyos y pasar otro día más de trabajo de campo pero al fin y al cabo, como pensaba Jeijo, agradable si era bien llevado.

Su abuelo falleció poco después de aquella vendimia, no se sabe si antes o después de que cantara el gallo y cuando el otoño pintaba, y regalaba a los alistanos, un paisaje vivo de bellos y múltiples colores apagados de tonos ocres, marrones, naranjas, morados, amarillos y oro, que hacían del paisaje un puzzle por el que se colaba aun el verde furtivo de la primavera. Un otoño como otro cualquiera en que las hojas caían como una lluvia fina e incesante que sepultaba la tierra yerma y helada. Tiempo de ásperos y maduros madroños, de tardes desapacibles, de largas noches acurrucadas al calor y al crepitar de la chimenea, de castañas y de “setos”. Fue una fría mañana protagonizada por un sol perezoso que disputaba con las gallinas quién se acostaba antes. Un sol que madrugaba cada vez menos provocando pequeñas e inmaculadas nieblas agarradas a los fondos de una tierra que su abuelo hizo suya a golpes de azada, camisas sudadas y manos agrietadas…

… Acabada la comida, la botella de vino se encontraba vacía. Sólo restaba un “culín” en la que quedaban los posos y un color morado, casi negro, tintando el cristal. Jeijo apuró las últimas gotas de su vaso mientras pensaba que una muerte es una hoja menos que se desprende del alma y cae en la indiferencia del tiempo. Un alma que se tiñe de otoño a medida que trascurre el tiempo, como las canas en el cabello. Su abuelo se fue, lo mismo que desaparecían los negrillos y las cuadras, al igual que se convertían en trastos viejos los arados romanos, los artesones, las “palanganas” y los trillos, como los concejos y las rozadas. Sin embargo, antes de despedirse una parte de él se quedó y se coló por última vez en la bodega donde “cocía” el mosto dejando, como última hijuela, su impronta en aquel vino que Jeijo y su familia disfrutaron por mucho tiempo. Siguió presente en sus comidas, en sus recuerdos, en sus paseos por montes y veredas. Al final, Jeijo espantó la culebra de agua alegrándose de haber conocido sus tradiciones, su forma de vivir, las costumbres comunales que rigieron el pueblo, de aprender a ser justo en esta vida, de disfrutar con las pequeñas cosas que ofrecía Aliste y de no olvidar que al mal tiempo hay que darle buena cara porque al final la primavera siempre regresa.


(A mi familia)

Jeijo


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Escrito por Jeijo

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21OCT2007

Historia de jeijo

Caramelos de Marina

Jeijo se dirigió al pilón de la plaza y se engarabitó en la base de la pila de la fuente. Contaba con siete años escasos y le costó subirse. Sin embargo, le convenía alcanzar aquella meta para prestar atención con detenimiento a todo aquello que era nuevo para él. Resollando y desde su posición de pívot de la NBA observó la plaza. Si había un lugar en la aldea de Lober que podía competir con la era como sitio de recreo y de reunión de sus vecinos era la plaza de la iglesia. Una plaza diminuta, coqueta, ni redonda ni cuadrada, perfilada al libre albedrío por la propia iglesia, dos casas, un corral de paredes altas, dos pajares y una destartalada “casa concejo”. El dibujo se rompía por la boca de cinco calles que conducían respectivamente a “la cuesta”, al “pallarico” y la calle de los “negrillos”, a la cantina, al barrio “la lana” y al “toral”.

La plaza era presidida por una iglesia ni más grande ni más pequeña que las estiladas por esos lares, con esquinas y campanario de granito labrado o de cantería y el resto levantada con mortero y piedras de la tierra. Sus tejas eran viejas y entre sus raíles se almacenaba musgo y alguna que otra pelota de tenis roída por el tiempo. El campanario se desvencijaba hacia el tejado del cuerpo de la iglesia, como si hubiera sido diseñada por el mismo arquitecto de la torre de Pisa, y en su parte superior destacaba una cruz de geometría casi griega. Bajo ella y en el esplendor de la espadaña había tres arcos: dos que cobijaban las campanas y otro por encima de éstas algo más pequeño donde no había bronce para tañer, lo que hacía que por su hueco pasara la luz del atardecer y esperara ansioso la devolución de la leyenda más famosa de Lober: “la campana de oro”. A naciente, en lo más alto del cabecero y en línea con la cruz, había una piedra blanca de cuarzo o jeijo. Justo debajo y en el interior del cabecero estaba Santa Marina, patrona con figura de ángel pero sin alas, ataviada con una larga túnica policromada y a su vez descolorida, puesta en el medio de un altar color oro y con gesto de preguntarse qué pintaba tan lejos del mar.

Aquel domingo, la plaza de Lober estaba más llena de lo que se acostumbraba tras la salida de misa. Esta vez, además de sus vecinos se habían unido otras personas “extranjeras” y estaban dispersas sin formar el habitual corro de los concejos o de las subastas de los santos que tan bien manejaba el “ti” Manolo Pérez. Por detrás de la muchedumbre y en su posición de centinela del pilón blanco manchado en sus bajos por barro, como la cola del vestido de una novia tras el fin de fiesta, y junto a los mozos que sentados a la orilla del agua reían mientras fumaban el tabaco que el padrino ofrecía una vez terminada la ceremonia eclesiástica, Jeijo, que de haber nacido niña hubiera llevado el nombre de la patrona, seguía observando. Era un día nublado aunque el cielo aguantaba como queriendo decir que el recién bautizado ya había recibido suficiente agua. Abuelos, viudas, matrimonios, solterones que parecían no haber encontrado su media naranja en las solteronas que afilaban ya sus garras, mozos y “semimozos”, así los llamó un cura una vez, niños de los “del pueblo” y de los que venían emocionados los fines de semana,… todos juntos parecían esperar algo a lo que Jeijo no acertaba a adivinar. Era su primer bautizo en Lober. La acogida de la tierra de Aliste en su seno humilde a un nuevo ser.

Pero a un Jeijo despistado le sorprendió que al final lloviera, más bien granizara. Emocionado, saltó del alto y corrió hacia el centro de la plaza. Sin embargo, no se guareció en la portalada de la iglesia como hubiera sido lo normal. Al contrario, Jeijo se dejó golpear por un granizo de colores que rompía el monótono día gris. Empezó a corretear por entre las piernas de los adultos y a chocarse con algún otro niño. Todos, pequeños y mayores, se agachaban y deambulaban por la plaza emocionados por una lluvia de caramelos que desde la posición de Jeijo parecían caer del mismísimo cielo. Recoger los caramelos de un bautizo era la parte lúdica tras el fin del acto religioso. La gente corría de un lado para otro, como pollos sin cabeza, en busca de los caramelos y soportaban empujones que en otra situación no se hubieran aguantado sin venir detrás una palabra malsonante u otro envite como respuesta. Todo daba igual. Era el momento de correr, empujarse, incluso pisarse… y mientras, el homenajeado en brazos de su madre no se daba cuenta de nada. Jeijo a pesar de ser su primera vez aprendió rápidamente la mecánica del juego de acopiar caramelos, incluso llegó a coger alguno al vuelo.

Pasó toda aquella algarabía rascando la tierra del suelo con sus uñas para “apañarlos” mientras sorteaba despreocupado, y con su mirada ya puesta en otra presa, los pisotones de solteronas cegadas por su sed de dulce, quién sabe si afectadas por la gula de acumular causada por el generalizado pensamiento existente entre la gente que vivió la posguerra del “por si acaso”. Terminado el festín preguntó a su madre de dónde había salido aquel maná infantil. Ella respondió – “por la cruz del campanario, hijo”. Sus pequeños ojos tornaron hacia el cielo, buscó la cruz y observó una parte esquilmada que tenía en el punto cardinal superior. Jeijo supuso que por allí, como en los volcanes, había comenzado la erupción de lava dulce.

Volvió a preguntar – ¿y quien los ha tirado por ahí? – su madre, siguiendo la broma, le contestó – “la señora que está en el altar, se llama Marina”. Jeijo se creyó todo a pies juntillas y le caló hondo como la gota gruesa que cae desde un canalón roto. El resto del mediodía entre desenvolturas sonoras de caramelos y salivaciones gustativas Jeijo no dejó de echarle un ojo a aquel milagro y otro, cómo no, a sus bolsillos repletos de sabores. Y todos los domingos cuando entraba en la iglesia y se acercaba a la sacristía miraba a Marina, con su mirada perdida en un horizonte que no veía, y le daba las gracias por endulzar la vida.

En otro bautizo, un Jeijo algo más mayor, se dio cuenta que los caramelos, y si había suerte duros y pesetas, los lanzaban los padrinos desde el campanario o, más habitual, desde la entrada de la iglesia. Aprendió que las nubes de las que procedían las gotas dulces tomaban nombre propio y su origen no era divino. Y aunque los años pasaron y los bautizos menguaron siempre miraba la cruz con respeto, como si tuviera un halo enigmático, y guardó perpetuamente aquel recuerdo de su primer bautizo como un tesoro de la infancia con la misma fuerza que atesoraba en su pantalón los caramelos de los bautizos.

Y la cruz siempre estuvo allí. Mientras jugaba a la pelota en la pared occidental de la iglesia, y casi pegado a ella, si miraba hacia arriba parecía tocar el cielo. O sentado al fresco en las noches de verano, por fuera del bar, daba la sensación de ser una estrella más que con su brillo opaco sólo iluminaba al pueblecito de Lober.

Sin embargo, en una oscura noche de un senescente verano una tormenta acabó con la cruz. El estruendo de luz buscó desde un cielo estremecido la vieja vigía impasible de la vida de Lober que desapercibida saludaba siempre silenciosa a sus vecinos, los mismos a los que vio en sus bautizos, bodas y entierros. Se despidió con otra lluvia. Esta vez cambió los caramelos por su esencia de antigua piedra que se desparramó, como estrellas en el cielo, por la plaza y por las tejas que aún siendo menos viejas seguían estancando alguna pelota. Se despidió entre sollozos de truenos quién sabe si cansada, triste, por el fin de un verano que como antaño, como en los bautizos, llenó de vida la plaza.

A Santa Marina, por venir de tan lejos para congregarnos en su plaza.
Jeijo



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Escrito por CALAiTO

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19JUL2007

Historia de jeijo

El País de las Jaras


La pronunciada pendiente de “El Carrilón” hacía resollar y entrecortar las palabras escasas de los tres mozos. Aunque iban con algo de prisa, Jeijo no tuvo más remedio que, casi llegando a su cima, detenerse. Le venía bien tomar algo de aire, aunque esto era un motivo secundario. Se dio la vuelta y observó su pueblo desde aquella posición altanera. Para él, no cabía la más pequeña duda que desde aquel patio de butacas de aforo ilimitado se contemplaba la mejor escena que se podía representar de Lober de Aliste.

Un color pizarra, pintado por un primerizo atardecer sobre la Sierra de la Culebra, hacía las veces de telón de fondo. A su izquierda, y en la función de tramoyista de los teatros alistanos, un sol que entre bambalinas de pinos y matorrales daba luces y sombras a un decorado de verdes, pardos y dorados montes. Éstos, desde la cierta lejanía de la cumbre del “Carrilón”, asemejaban olas que daban la impresión de querer engullir a un pueblecito que luchaba, a finales del siglo veinte, por sobrevivir y no convertirse en un mero hogar de veraneantes. Sobre las tablas del escenario participaban, ajenos al maremoto, actores formando una aleatoria conjugación de viejas y nuevas casas, maquillados con arrugas de piedras unos, en blanco resplandeciente o crudo otros.

En el reparto, aquí y allá, se entremezclaban corrales, cortinas y también olvidados pajares con sus viejas tejas enmarcadas en refaldos. Entre ellos, y con papel estelar, una actriz encarnada en la torre del campanario, con su cruz de granito cual peineta desafiando tímidamente al cielo e inclinada redentora hacia su galante altar. Como cierre al espacio de actuación, y a modo de foso para orquesta, se encontraban las “Peñicas” y su arroyo seco y tortuoso, cual minúsculo “cañón del Colorado”, en el que de rapaz había gastado muchas tardes.

Y así, boquiabierto ante la escena que, estuviera donde estuviera, siempre llevaba grabada en su retina, fue interrumpido por su hermano que lo llamó para continuar el camino. Los tres jóvenes pasaron la cima y comenzaron a descender por la cara solariega de la colina. Mientras iban descubriendo los montes que encajaban “Valdelmayo”, los chicos, apaleados por un estío lleno de interminables noches de fiestas en incontables coliseos alistanos y de tardes deportivas de fútbol y pelota mano en los habituales estadios de Lober, siguieron arrojándose por una pendiente que, cada vez más pronunciada, hacía que sus pasos se alargaran sin querer.

Tanto picaba, que bajar por allí sobre una bicicleta sin tocar el freno se había convertido años atrás, para él y sus amigos, en una cuestión de agallas, del mismo modo que subirla en la de llevar el nombre honorífico de Indurain. Así, y entre carriles de hormigas, fueron dejando atrás el melodrama de un Lober temeroso de su futuro incierto, pero ya escrito en guión, y que sólo esperaba a que se lo chivaran desde la caseta del apuntador ocupada, esta vez, por un verano que llegaba a su fin.

Pisaron la hierba sagrada del valle. Aquella que se reservaba para el ganado. A pesar de ser un año seco, en muchas partes del lugar, el pasto guardaba en sus entrañas el frescor de la primavera. Esa mezcla entre verdor y sequedad, unida a un cierto grosor en su espesura, hacía que hundir sus pies en ella produjera la sensación de estar pisando escarcha en pleno verano. Aunque seguían viéndose algunas vacas, principalmente era “pastiada” por los tres o cuatro atajos de ovejas que no habían viajado a la vecina y prima Sanabria. Demasiado pote para tan pocos comensales, pensaba Jeijo. El valle había contemplado mejores episodios de grandes festines que parecía que no se volverían a emitir. Ahora, más bien, la hierba quedaba a expensas de los inocuos dientes del viento que siempre, aunque en el pueblo pareciese que el día estaba en calma, corría por “Valdelmayo”.

Más fuerte unos días, más suave otros, pero el correr del aire siempre estaba presente por aquel largo pastizal que se traducía en la imaginación de Jeijo en un paisaje semejante a la estepa mogola por la que, ¡quién sabe!, podría aparecer la roja melena de Genghis Khan montado a horcajadas en lomos de su caballo. Sin embargo, el hecho de que aquel día fueran a la espera del jabalí con la escopeta de uno de sus acompañantes le hacía sentirse como “John Dunbar” en “Bailando con Lobos”, cuando es invitado por los indios a la cacería del búfalo por las interminables y salvajes llanuras de Dakota del Sur. Aquel rodaje en exteriores siguió hasta llegar a su destino: una fuente y sus charcas, valle arriba, donde habían preparado concienzudamente la espera.

Esa misma tarde, horas antes, y asfixiados por un sol encaramado en el cielo que apenas regalaba sombras, habían reconocido el terreno con el fin de elegir el sitio más adecuado para el acecho. Los signos evidentes de pezuñas hechas huellas sobre el fango, de hoyos escarbados en las inmediaciones de las charcas del valle y las rozaduras de barro seco sobre unos pinos cercanos, les había llevado a tomar la decisión indiscutible y unánime de apostarse detrás de una pared del prado que se situaba en frente del lugar de recreo de los cerdos salvajes.

La pared, ahogada en zarzales punteados de mora, era relativamente alta para lo acostumbrado en Aliste y les venía al pelo a la hora de posicionarse con la escopeta. De todos modos, para estar menos visibles a ojos indiscretos, construyeron en su retaguardia, a tres metros de la pared y a base de cuerdas y estrechas varas de roble, un parapeto no muy alto de ramas de escobas y alguna que otra jara. Para rematar la trampa, vertieron un poco de gasoil entre la charca y la pared.

Como la espera se podía hacer larga, decidieron cenar allí. El aperitivo, junto con la escopeta, lo había traído otro mozo en el tractor de su familia que estacionó monte arriba, en el camino de Samir. Cenaron matanza, latas de conserva y alguna pieza de fruta. Para Jeijo, comer en el campo era sinónimo de tranquilidad. Todo se hacía pausado. Se degustaba la comida de un modo ancestral, ajeno a las modernidades. Se comía sin prisa por terminar, sin necesidad de acabar rápidamente por el comienzo de una serie o un partido de fútbol. Mientras cortaba, navaja de Palaçoulo en mano, una tira de jamón sobre el pan, disfrutaba de la brisa, el paisaje y la última luz del día. Cada bocado era un deleite para las papilas gustativas en las cuáles se detenía indefinidamente cada uno de los sabores.

Salado, agrio, amargo y dulce se entremezclaban con jaras, pradera y arboledas en un menú frugal, pero a la vez especial por el realce de una hogaza casera amasada y mimada por la “ti Claudina” en el único horno de Lober que aún no había sido relegado por los pitidos emitidos desde una pequeña furgoneta cargada de pan, procedente de Gallegos o Ceadea. Quedando escasos minutos para que muriera el día, finiquitaron el yantar y recogieron los restos en una bolsa que dejaron cerca de la entrada de su guarida. A continuación se tumbaron sobre el suelo para hacer mejor la digestión y más llevadera la espera.

La noche recién comenzaba. Jeijo jugaba con sus pies en las hendiduras creadas por las piedras superpuestas de la pared del prado y sus manos, bajo la cabeza, se fundían con la hierba que aparentaba rezumar humedad. A su derecha e izquierda, en misma posición de relajamiento se encontraban sus tres compañeros. No hablaban. No podían. Apenas susurraban palabras contadas. Sólo escuchaban la posible llegada de la presa. Y mientras eso sucedía, cada uno de ellos, en sus pensamientos, dejaba pasar el tiempo que parecía detenerse mucho más de lo estipulado en un reloj suizo.

En verano, el silencio de la noche alistana era ruidoso. El aire, que discurría tranquilo y sosegado, se llenaba con los cantos reproductores y competidos de ranas y grillos, con el pío del tímido autillo, con el ruido disimulado, casi imperceptible, de algún ratón y con el rumor del ligero viento que acariciaba, más bien acunaba, rebollos y pinares. Aquellos ecos hipnotizaban. Aparecían y de repente desaparecían. Luego volvían, más estridentes ahora, más débiles después. O se callaban para siempre mientras parecían seguir resonando, indelebles, en los tímpanos de Jeijo.

Aquel sonido ambiente, inigualado por el “dolby surround”, más que despertar, mecía a los cuatro muchachos y los integraba, como un ser más, en la naturaleza salvaje de Aliste. O como le gustaba decir a Jeijo: el “País de las Jaras”. El cielo ayudaba al éxtasis de la relajación. El hecho de que la luna casi llena se deslizara por entre los montes de naciente y fuera escalando posiciones en el cielo, hacía que aquella noche, quizás, no fuera la más apropiada para dejarse llevar por el espectáculo estrellado del cielo alistano que, libre de aplastantes faros urbanos, humos artificiales y neones de colores adulterados, brindaba continuamente con sus luces de niebla de lejana procedencia. Aún así, la iluminación del techo del teatro era digna de observar con detenimiento.

Allí tumbado, Jeijo, presa de un embrujo, sentía que se había detenido el tiempo, que aquel momento silencioso lleno de murmullos se alargaría hasta el infinito y le hacía sentir vivo e inmortal. Parecía palpar que nada había cambiado. Que todo era igual a milenios precedentes. O casi igual. En el mismo instante que el frescor de la noche erizaba el vello de sus brazos, un pequeño y veloz punto de luz de un satélite surcando el cielo devolvió a Jeijo a la realidad.

La espera no se dilató por mucho tiempo. Cuando la noche todavía era una niña, empezaron a escuchar sonidos que llegaban muy débiles y que apenas se llegaban a distinguir de los demás ruidos nocturnos. Sin embargo, poco a poco, los nervios se fueron tensando en el momento que distinguieron el rumor cierto de los jabalíes por entre los pinares que se situaban monte arriba, a su derecha. Estaban algo sorprendidos. No pensaban que podían venir por ahí, tan cerca de ellos y casi por la espalda. Jeijo pensó que al final el parapeto había servido más de lo que se había previsto.

Los sonidos de los jabalíes se escuchaban cada vez más próximos a ellos. Los muchachos seguían tumbados aunque ligeramente incorporados para poder ver algo, más bien intuir. El sonido del paso firme por entre la hierba y alguna que otra resonancia gutural indicaba que uno de ellos estaba muy cerca. Además, parecía localizarse por el flanco de la entrada del caseto construido. Las dudas de por qué se acercaba tanto se fueron disipando: el jabalí había olido los restos de la cena y tenía la intención de proseguir con el festín. Cuatro, cinco metros no más, debía haber entre el jabalí y ellos. Distancia tan cercana que puso a todos con tal tensión que Jeijo escuchaba los latidos de su corazón bombeando sangre cargada de adrenalina ante la inminente acción.

En esto, su amigo el cazador se fue incorporando levemente para apuntar, sin embargo el jabalí lo vio y comenzó a chillar mientras subía monte arriba, dando la espalda al valle, a las charcas y al gasoil. Los mozos se levantaron como un resorte. Al alzarse, la mirada de Jeijo, acostumbrada a la oscuridad, rebasó la línea de la pared del prado y vio en las charcas a tres crías de jabalí que iniciaban, alertadas por su madre, carrera por el valle. Después, Jeijo se giró para ver como la escopeta encañonaba hacia la oscuridad a un cuerpo nervioso, rápido y negro que no dejaba de berrear.

Dos segundos después la escopeta descerrajaba dos tiros. Los dos cañones, sin piedad, descerrajaron la noche que se abrió por unos instantes a un silencio absoluto iluminado por dos fogonazos de gris pólvora que osaron competir en milésimas de segundo con la pulida luna. Tras ellos, se precipitaron dos balas al encuentro del salvaje habitante del “País de las Jaras” y mataron los susurros de las sombras. Se sumergieron las ranas. Se detuvo la brisa. Voló el autillo. Dos cartuchos humeantes, descargados de su rabia y su veneno, cayeron sobre la hierba mientras los cuatro jóvenes pasaban a un estado de excitación e inquietud por saber como había terminado todo.

Les pareció sospechoso un bulto quince metros más arriba. No se movía. Dudaron unos segundos y, armándose de valor, se decidieron ir a su encuentro. Se acercaron lentamente hasta comprobar, decepcionados, que era un matorral más de los tantos que habitaban por aquellas tierras sin labrar. De la jabalina y su descendencia ni rastro.

A finales del siglo veinte, todo había cambiado en Aliste. Hasta el bar, donde Jeijo tomaba una cerveza y sus neuronas proyectaban a modo de “flash-back” la cacería de días antes, había sido décadas antes la Casa de Concejo. Entre la generación de Jeijo y la de sus abuelos sólo había una intermedia, pero parecía haber trascurrido varios siglos. La arraigada economía de autoconsumo había perdido su batalla contra las jóvenes e industrializadas ciudades a las que los hijos de Aliste, como los padres de Jeijo, habían comenzado a emigrar lustros atrás con la humilde intención de librar los fines de semana, de tener un mes de vacaciones o la de poder darse algún capricho de vez en cuando.

Esto se traducía en el paisaje alistano en la conversión de otrora tierras de cultivo y pastizales en semillero de enmarañado matorral, zarzales y ortigales que, no contentos en conquistar tierras de labor, ocultar “cañizos” y ahogar las plantas de bien, invadían también los caminos que las “rozadas” habían dejado de lado. Se convertían así en arrugas viejas de un campo cada vez más solo de la compañía humana pero, a la vez, más cortejada por animales que siempre habían estado allí en completa armonía con el hombre alistano. En los estertores del segundo milenio de la era cristiana, ese equilibrio hombre-naturaleza parecía balancearse en Lober.

Como ejemplo, la superpoblación del jabalí que se vislumbraba no sólo en montes, sino también en huertas, viñas, maizales y tierras de cereal. Sumido en estos pensamientos de presente y futuro de su amada tierra, Jeijo apuró el último trago de su cerveza y posó el botellín algo fuerte sobre la barra. Sonó a cierre. El verano daba a su fin y todos, como golondrinas sobre cables de la luz, se preparaban para volver a sus ciudades. La claqueta de la última escena, y con muchas tomas grabadas de veranos anteriores, dio un chasquido: tocaba despedirse, bajar el telón hasta otro puente, otras vacaciones.

Ahora tocaba la función de un pueblo olvidado, de puertas nuevas “pechadas” bajo un ataúd de viejos tablones, de calles sin tumultos, de una era añorando la algazara infantil y de blancas aceras sin conversaciones amarradas al fresco. Quedarían sólo los ecos de cerrojos y motores alejándose. Los pocos que no se iban tendrían un pase especial para el estreno de un “re-make”, otro más, basado en una soledad inundada de olas cabalgadas por jabalíes que seguirían siendo, más que nunca, dueños del “País de las Jaras”.


A los que les gusta perderse entre jaras”.
Jeijo.

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Escrito por Eltiodelbar

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14JUN2007

Historia de jeijo

Lorca en Aliste

Un “ya” en tono apagado, casi silencioso, sonó en aquel trocito de una de tantas riveras alistanas. Jeijo lo pronunció a la vez que levantaba sus brazos hacia un cielo azul hecho jirones por pequeñas y dispersas nubes blancas. En frente de él, a algo más de dos metros, su hermano y un amigo levantaban también su brazo izquierdo y derecho respectivamente. En sus manos sujetaban un total de cuatro cuerdas de color anaranjado, de aquellas que solían usarse para atar “alpacas”. Del otro extremo pendía una red de color rojo entretejida con fibras de nylon de forma tan junta que apenas pasaba su dedo meñique. La red quedó suspendida en el aire por el peso de cinco piedras que se agolparon todas en el centro, provocando que casi tocara la superficie del arroyo que, en el lugar donde se encontraban, iba encauzado entre paredes de piedra que delimitaban dos prados. En uno de ellos había una pequeña huerta en la que se encontraba Jeijo peleándose con zarzas, ortigas y un manzano para hacerse un sitio relativamente cómodo. En el otro lado del pequeño río, sus dos compañeros compartían un prado dedicado al pasto. Se ubicaba en la falda de un monte emplazado en el lugar que las gentes de por allí llamaban “La Mina”. La razón de aquel nombre era que, unos metros más arriba de donde se ubicaban los tres muchachos, existían dos antiguas minas de las que Jeijo no conocía su fin extractivo. Estaban excavadas en horizontal, a modo de cuevas, que hacían que desde la distancia pareciese como si aquel monte observara todo con dos ojos negros como el cisco, de mirada penetrante y de incesante lloriqueo por el manar de agua desde su oscura profundidad. Sus preciadas lágrimas, que eran retenidas en una presa metros antes de la boca de cada mina, se guardaban para los meses de sequía con el designio de regar mediante un método de turnos llamado “a la roda” y a través de una red de estrechos canales que, como caminitos de ratones, llegaban a todos los rincones de las huertas colindantes al monte. Éste se precipitaba sobre la parte del regato en el que se encontraban y justo en su orilla nacía una hilera de chopos y alisos que servían de cobijo a los tres chavales. Bajo aquel tejado de hojas recién nacidas, Jeijo unió las dos cuerdas que sujetaba, se las pasó a su hermano y a continuación saltó hacia la otra orilla. Extendieron la red y quitaron las piedras. Seis ojos buscaron con avidez algún pececito enredado sobre aquella maraña roja que una vez había servido para transportar fruta. ¡No hubo suerte!

Jeijo volvió a saltar a su posición de combate y volvió su hermano a pasarle dos cuerdas. Luego, al unísono, posaron la red sobre la superficie del agua cristalina que trascurría por aquel rincón de forma sosegada, sin corriente perceptible, empapando con detenimiento y sin prisa cada una de las piedras que formaban las paredes de ambos prados. Esa paz y quietud contagiaba a los tres muchachos que pusieron las piedras sobre la red con calma y buen hacer. Una en cada esquina y otra en el medio. La malla se hundió rápidamente en el lecho del río, mientras Jeijo miraba a su izquierda intentando localizar alguna sarda. Así llamaban por tierras alistanas a un pequeño pez que solía medir entre cinco y quince centímetros, del color de cualquier otro pescado y con apenas apreciables manchas naranjas a la altura de sus aletas. Jeijo había oído hablar a la gente del pueblo que en tiempos de hambre las comían, al igual que culebras y lagartos, pardales y crías de tordos, e incluso sabía de una anécdota sobre cachorros de perro. Su abuela, en particular, decía que la carne del lagarto era exquisita, que su sabor era parecido a la carne del pollo. Jeijo, lejano a aquella época de posguerra y hambruna que sus abuelos, padres y tíos comentaban de vez en cuando en la sobremesa de comidas y cenas, tenía otras intenciones con aquellos animalitos acuáticos. Éstos se habían alejado del lugar de la red cuando se hundió, así que tuvieron que esperar en silencio durante unos cinco minutos. Tiempo que se hizo eterno en aquel lugar repleto de incontables variedades de buenas y malas hierbas, juncos cimbreantes al son del viento, árboles que tocaban el cielo y flores guardianas de los olores,... todo ello ingredientes de una gran ensalada aliñada con agua fresca, clara y algo “herrada”. Segundo a segundo, comenzaban a ver las sardas acercándose aunque todavía temerosas de la red, o quizás de los tres muchachos que desde allí abajo, para los lóbregos e hipnotizados ojos de un pez, tendrían seguramente la pinta de poderosos dioses dueños del cielo. Esta vez habían acordado no tirar de la red hasta que los peces no se hubieran familiarizado con ella. Eso les llevó otros cinco minutos más. El aire estaba en calma y por los oídos de Jeijo se colaba la partitura compuesta por la primavera para instrumentos tan variopintos como el canto hechizante de incontables aves, el apabullante croar de las ranas, el intermitente timbre de grillos y chicharras y el zumbido del vuelo, algo ebrio, de los insectos. En la lejanía, y como fondo a la sinfonía de vida que hasta el mismísimo Vivaldi hubiera deseado componer, balaba un rebaño de ovejas. Las sardas, condenadas a no escucharla, se acercaban a la trampa. De vez en cuando, alguna aventurera entraba sobre su dominio pero con un gesto veloz daba la vuelta. Al final, la desconfianza se fue tornando en alerta y poco después en despreocupación… Había cuatro sardas sobre la red cuando Jeijo y sus compañeros de pesca volvieron a tirar de las cuerdas.

Finalizada la jornada, los tres pescadores volvieron sobre sus pasos. Se pararon a beber agua en la fuente de la “Ferrada”. Era un bonito ritual, tanto al ir como al marchar, echar un trago en aquel manantial que se hundía en las entrañas de la tierra como diminuta puerta al infierno. Tras beber, tomaron el camino que unía “La Mina” con el pueblo de Lober. La corriente del río les perseguía en su andadura, serpenteando entre pequeñas cascadas, estrechos pasos y ovaladas charcas infestadas de “bichería”. En el momento que pasaba a su amigo el tarro de cristal que hacía las veces de pecera de las sardas pescadas aquella tarde, dejaron el camino principal y tomaron un atajo. Los primeros metros discurrían por un estrecho sendero que obligaba a los tres muchachos a ir en fila de a uno. Ristras de chopos por un lado y enfermos pero aún vigorosos negrillos por otro, a la vez que inundados en sus pies por espigada hierba y en sus caras por hordas de rabiosos mosquitos, convertían la senda en un trocito de selva amazónica. O eso le gustaba pensar al aventurero y soñador Jeijo… Siguiendo con la aventura, dejaron la frondosidad y pasaron a un horizonte más propio de la sabana africana en la estación de las grandes lluvias. En aquel amplio horizonte de la penillanura alistana, tres pares de desgastadas zapatillas saltaban prados, daban patadas a los cardos y surcaban la hierba recién cercenada por el semicircular devenir del “gadaño”. Más arriba, el aire abochornado se contaminaba con palabras banales que los tres chicos soltaban con el cierto criterio que le daba el ser opositores a mozos. En ello, Jeijo tornó su mirada hacia la derecha y observó el inacabable “Valdelmayo”. Observando aquel fértil valle, que esperaba el comienzo del verano para recibir decenas de bocas llegadas con las campanas tañidas en toque de “vacada”, Jeijo se dio cuenta que el paisaje se traducía en un solo color: el verde. Pero no era un verde uniforme. Podían verse tantas tonalidades del color de la esperanza que se hubieran necesitado varias paletas de pintor para poder dibujar un cuadro de la vista que tenía en frente. No era el mismo verde el de los frescos fresnos que el de las hojas de las frutales, de los pinares o de los robledales. No igualaban las pegajosas y nevadas jaras con sus vecinas las escobas, las protegidas viñas o las anfibias “arrabazas”. Y no conjuntaban las perennes hojas de las encinas, con los gallardos castaños, los majestuosos árboles de ribera o el verde de la pradera manchado de infinitas flores. Incluso el trigo y la cebada, en su etapa adolescente, tenían diferencias notables. Jeijo no lograba entender ese dicho de que azul y verde no pegaban en el vestir. En Aliste, en primavera, cielo y campo eran un bello conjunto.

Surfeando por aquel océano verde llegaron al pueblo. Para llegar a los pies de los pilones de la era, regatearon esquinas de empedradas paredes centenarias, fueron acechados por puertas de madera vieja vestidas, algunas, de coloridas cortinas, y se diluyeron entre sombras y claros dibujados por casas y pajares sobre un lienzo de compacta tierra. Arribados a su destino, y ante la atenta mirada de la posición de vigía del “Mayo”, abrieron el tarro y lo sumergieron sobre el agua de uno de los pilones. Los pececitos, liberados de su cárcel nómada, se habituaron rápidamente a su nueva casa y miraron con indiferencia a sus dioses captores. Éstos observaban orgullosos la nueva vida que habían traído a Lober: ahora sus vecinos podrían contemplar los peces mientras la “hacienda” doblegaba su sed. Allí, sentados sobre el abrevadero, los tres chicos terminaron la tarde. Los atardeceres de finales de mayo eran alargados y pausados. Parecía que el sol no quería despedirse nunca de la bella y vigorosa primavera en la que él, con sus dardos de luz, era principal protagonista. Se dilataba tanto la tarde que los gorriones tenían tiempo de revolotear en busca de una cómoda cama entre ramas de negrillos, zarzales, naves o corrales. En estos quehaceres de recogimiento, sobrevolaba solemne una cigüeña sus cabezas cuando la voz de la madre de Jeijo llamándolos sonó en su corazón como el botón de stop de un radiocasete. De repente, los oídos de Jeijo dejaron de escuchar la sonata que la primavera seguía tarareando. Fue como si aquella llamada hubiera apagado el televisor en el que se emitía un interesante documental sobre la espesa sabana africana o la prolífica amazonia. El corazón de Jeijo se apenó y su andar, en las decenas de metros que recorrió desde el pilón hasta el vehículo donde esperaban sus padres, se asemejó al deambular de un alma sin pena, un espectro que se estiraba con el fin de aferrarse con sus invisibles manos al borde del pilón. Aunque siempre era la misma canción, Jeijo, apesadumbrado, nunca se acostumbraba a volver a la rutina de la ciudad, a regresar al ostracismo de un paisaje gris y de un alquitrán que acababa comiéndose a uno por los pies. Antes de meterse en el coche, y después de despedirse de sus abuelos, volvió la mirada y observó con cierta envidia como su amigo, que residía de continuo en el pueblo, volvía a su casa despreocupado, sin prisa, latiendo su corazón con el botón del play bien apretado. Al cerrarse la puerta tras de él, cuatro de sus cinco sentidos dejaron Aliste. El vehículo arrancó y se fue alejando del pueblo entre humildes carreteras mientras los ojos de Jeijo, en un último esfuerzo por no marchar, se perdieron en el paisaje como lobos entre jaras y escobas, cual jabalíes hozando valles y charcas o a modo de milanos reales oteando prados y trigales. Jeijo, inmerso en aquel último recorrido y con la esperanza de regresar, recordó sus clases de literatura: “verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas,…”

A los que fuimos inseparables compañeros en la primavera de nuestras vidas



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Escrito por CALAiTO

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TAGS: Historia
14JUN2007

Historia de jeijo

Una Tarde de Verano en la Era

Jeijo observaba impaciente como su madre, con la ayuda de un embudo de plástico de color verde, llenaba una barrila con agua fresca. Salía a borbotones de un cántaro colocado sobre una cantarera de madera oscura y vieja y que ocupaba parte de una pequeña despensa ubicada en la cocina de la casa de sus abuelos. A finales de aquel verano Jeijo cumpliría 10 años. Para un niño de su edad, pasar el tiempo estival en el pueblo era un regalo de los dioses. No podían existir mejores vacaciones. No conocía la playa, y de la montaña sólo había visto la sanabresa desde el alto del sierro en los días claros. Pero no le importaba en absoluto, ni siquiera se lo había planteado. Allí en Lober, tenía todo lo que un niño podía necesitar: cientos de caminos que recorrer, miles de cosas con las que jugar y millones de segundos para dejar volar su imaginación. Para Jeijo el pueblo de su madre era un universo paralelo y, a la vez, diametralmente opuesto a la ciudad en la que residía el resto del año.

Jeijo agarró una de las asas del recipiente cuando escuchó, como un eco venido de la profundidad de aquel barro labrado en Moveros, el sonido inconfundible del agua rebosando la boca de la barrila e invadiendo parte del embudo. Con brazos temblorosos consiguió levantarla, llevarla a sus labios y beber un poco de agua para dejar espacio al tapón de corcho, unido a la barrila por un fino cordel blanco, y la tapó. Jeijo, sin tiempo apenas de percibir el beso de su madre, salió disparado de la cocina, cruzó el corral sorteando gatos y gallinas y abrió la puerta exterior desde la cuál divisaba la era. Si aquel pueblecito, de casas con paredes de piedra y refaldos de pizarra, se podía comparar con otro universo, la era, entonces, tenía que ser su más reluciente astro. Los ojos de Jeijo, del color de las castañas, se llenaron con la imagen de aquel pedazo de terreno herboso, mayoritariamente seco en aquella época del año. Vista desde su posición, la era estaba flanqueada por dos caminos junto a los cuáles, a modo de muralla de protección y delimitando el terreno de la era, existían sendos pilones de agua. A su derecha, un majestuoso pilón de base cuadrada del que nacía un chariz de granito que dibujaba una especie de medio rombo y terminaba, a algo más de dos metros de altura, en un pequeño pico también romboidal. Del lado izquierdo, un pilón mucho más alargado y estrecho que estaba escoltado por dos majestuosos chopos, cercanos el uno del otro. Hermanos inseparables hasta el punto de que su fresca sombra se proyectaba sobre la era como una sola. Y cuando se levantaba el aire, “portugués” o “castellano”, sus hojas lo hacían sonar y, sin duda, salía más puro.

Jeijo avanzó hacia la era, pero no tomó ninguno de los dos caminos. Cruzó por entre los dos pilones que, rebosantes siempre de agua, formaban pequeñas charcas que hacían el paso intransitable, salvo por un pequeño camino discontinuo de pequeñas losas de pizarra colocadas sobre el barrizal y que cruzarlo por ellas se convertía en un divertido juego de equilibrio. Mientras pasaba de una en una, las ranas, molestadas en su baño de sol, saltaban y se escondían bajo el agua removiendo la arena del fondo. Jeijo se detuvo un momento en la losa más grande. Las observó con detenimiento y se dijo que más tarde volvería a ver si cazaba alguna. Para ello contaba con una rudimentaria arma que llamaba “ballesta” y que un amigo le había enseñado a hacer con sencillos materiales. Prosiguió su caminó y pisó la era. Lentamente fue mimetizándose en la vida y ajetreo que allí existía: parvas y parvones, carros, perros, vacas y algún que otro burro, medas construidas a base de manojos de color oro, señoras envueltas en pañuelos diciendo cosas que no llegaba a escuchar, paja y grano lanzado al aire, el mismo que momentos antes había pasado por entre las hojas de los chopos… El peso de la barrila iba haciendo mella en los brazos de Jeijo y se apresuró a llegar hasta el trocito de aquel planeta llamado era que en suerte le había tocado a su familia para realizar las tareas de la trilla. Aquel año, el país de su familia era el número 9, “como los años que tienes” le había dicho su madre a finales de la primavera.

Bajo la sombra de una meda le esperaba su abuelo, que sólo tuvo ojos para la barrila. Bebió hasta saciar su “sede”, mientras dos pequeños ríos de vida corrían por las comisuras de sus labios, se adentraban en sus incipientes arrugas y limpiaban parte del sudor y polvo de paja pegado a su rostro. Entre tanto, Jeijo no paraba de preguntarse por qué su abuelo vestía unos grisáceos pantalones largos con el calor que hacía. Terminó de beber, esparció agua por su cara y nuca y agradeció a Jeijo el favor. Éste, a su vez, observó como su padre, sentado sobre un trillo, le hacía ademán de que le llevara la barrila. Jeijo corrió hasta la parva, puso un pie en ella y saltó sobre el trillo. Mientras su padre se refrescaba, Jeijo gozaba de aquella atracción de feria. Observaba como el trillo, venido de la lejana Segovia, surcaba aquel mar de cereal que lentamente se hacía añicos por la lenta y, a la vez, eficiente labor de las pequeñas piedras afiladas e incrustadas, como dientes de tiburón, en el bajo del trillo. La parva era grande y por el lado interior del coso, y en sentido contrario al que iba Jeijo, navegaba otro trillo capitaneado por su abuela y con su primo como segundo de abordo. Sin parar de rumiar, tiraban del trillo dos vacas con una parsimonia y una paciencia, de esa que viene impuesta y no queda otro remedio, dignas de elogio ante aquel sol de justicia. Terminó su padre de beber y dejó a Jeijo solo en el trillo. Le dijo que era sólo un momento, mientras se quitaba su sombrero de paja y se lo ponía a Jeijo sobre su pelo lacio y algo largo. Jeijo se quedó perplejo observando como salía su padre de la parva en dirección a la sombra que hacía las veces de cuartel general de su familia. Nervioso ante aquella nueva experiencia, agarró las cuerdas que servían de mando de los dos “motores” del trillo y se sentó en el taburete. Hasta la segunda vuelta no se fue relajando y disfrutando del viaje, aunque siempre con un ojo avizor. De repente ocurrió lo peor. La vaca de la derecha, de piel rojiza, casi oscura en algunas zonas de su cuerpo, y largos cuernos apuntando al cielo, levantó su rabo. Primero orinó sobre la parva y, una vez terminado lo que a Jeijo le parecía el “Salto del Ángel”, se dispuso a proseguir con otras tareas de evacuación. En ese momento, Jeijo agarró, algo dubitativo, una lata vacía que tuvo como primer uso el envase de pescado en escabeche. Tenía unos treinta-cuarenta centímetros de diámetro y algunos menos de fondo, estaba bastante oxidada y apenas se dejaban entrever los dibujos de pececitos de color gris, sin alma, que nadaban sobre un fondo amarillo. Su interior, también desgatado, estaba algo sucio por restos secos de anteriores recogidas de excrementos. Se armó de valor y puso la lata casi pegada a las patas de la vaca. Soportó la caída de la primera boñiga, pero cuando cayó la segunda, sus brazos no resistieron, más por el asco que por el peso, dejando caer la lata y la mierda sobre el “pan”.

Como Jeijo era un niño, tenía licencia para que le ocurriera aquello y salvarse así de limpiar lo acontecido. Poco a poco se fue cansando y desentendiéndose de la trilla. Le parecía divertido hasta cierto punto, pero también se daba cuenta de que aquello era algo muy serio para los mayores. Esperó a que su primo bajara del trillo y se fueron alejando del lugar buscando agujeros de grillos en los que introducían una fina y larga paja de centeno con la intención de apresar a sus moradores. Al final el destino los llevó a coincidir con su hermano y otros niños de variadas edades en los pilones. Cuando se cansaron de mojarse, cazar “sanguijuelas”, renacuajos, zapateros… y observar boquiabiertos el perfecto vuelo estático de las libélulas, como casi todas las tardes, se marcharon a jugar un partido de fútbol en otra era, más pequeña y menos interesante que aquélla. Sin embargo, cuando cayó la tarde y el ejercicio de la trilla terminaba, un rato antes de cenar y mientras un sol grande y colorado se recostaba lentamente sobre su habitual cama de jaras y robles, la era se hizo pasto de los niños. Corriendo a ver quién se la “quedaba”, escondiéndose entre los parvones o escalando, los más osados, las medas, no había tiempo de parar. Tampoco se libraban los trillos que, atracados fuera de su mar de paja, eran ocupados y usados como coches deportivos, de policías y de ladrones. O simplemente saltaban sobre los sacos de color blanco que en su día guardaron nitrato y ahora, reciclados, almacenaban el trigo extraído ya de su madre. Jeijo era uno más de aquella invasión infantil llegada con la luz violeta y añil del atardecer, mientras luces temblorosas de nacientes estrellas iban llenando el cielo de pequeños testigos del fin de un día de verano más.

“A los que fuimos niños en Lober en los inigualables años 80”

Jeijo.

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