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TAGS: Historia
01ABR2009

Historia de jeijo

Un paseo estelar


En muchas tradiciones, la vía láctea aparece como un lugar de paso que enlaza los mundos divino y terrestre. También es comparada a la serpiente, al río, a una huella de pasos, a una salpicadura de leche, a una costura, a un árbol. Es tomada por las almas y por los pájaros para su viaje entre los mundos. Simboliza la vía de los peregrinos, de los exploradores, de los místicos, de un lugar a otro de la tierra, de un plano a otro del cosmos, o de un nivel a otro de la psique” - Alain Gheerbrant



Los créditos de la serie “Aquellos maravillosos años” se deslizaban por la pantalla de una televisión que emitía en blanco y negro para dar luego paso a los anuncios comerciales. Era el momento de acudir a la cita nocturna que Jeijo y uno de sus primos solían tener las noches de agosto con sus amigos. Apagaron la televisión y salieron de la casa de sus abuelos por la puerta principal. Junto a ella orillaba una estrecha y larga acera que era ocupada a esas horas por su familia y otros vecinos. Todos disfrutaban de amenas charlas en las que “arreglaban” el país, o el pueblo, e intercambiaban pareceres sobre el tiempo y el campo. Tras la acera se encontraba la calle de la iglesia, la arteria principal de Lober, una calle especial, tanto que la naturaleza le había regalado un trozo decorado con pequeñas piedras de color rosado esparcidas por un suelo de tierra. Al otro lado de la calle, apenas alumbrados por la escasa luminosidad de la farola exterior de la casa del Ti Pedro, estaban esperándolos el resto de la población adolescente que veraneaba en Lober. El reloj de Jeijo marcaba el inicio de la última hora del día y era el momento de perderse en el seno de las tinieblas, morder la noche y comerse a bocados su frescor que tanto se echaba de menos durante el ardor diurno.


Era una noche en que la luna parecía enfadada con su prima la Tierra y no le revelaba ni una mísera línea de su luz argentada. Tal era la oscuridad del firmamento en aquellas noches sin luna que el cielo parecía una persiana bajada y las estrellas sus pequeñas rendijas por las que pretendía colarse la luz del sol. Era un cielo plagado de estrellas, más bien saturado de motas de luces tiritonas que, ajenas a la polución de las ciudades, rompían el negro cielo y se convertían en el mejor espectáculo nocturno, dejando boquiabiertos a cualquiera que pasara una noche de verano en Aliste. Niños, jóvenes, adultos, ancianos…, daba igual cuántas veces las pupilas de uno se hubieran fundido con aquel paisaje tan lejano, licuado con paciencia de millones de años y respaldado por teorías extrañas e incomprensibles como la del “Big-Bang”. Siempre había una nueva estrella que descubrir y nunca se cansaba uno de volver a maravillarse con constelaciones como la “W” de Casiopea, el “carro” de la Osa Mayor o la “sartén” de la Osa Menor, con la pequeña estrella polar al final de su “mango”. Sin embargo, la protagonista principal del cielo azabache era la vía láctea. Un conjunto de miles de estrellas que rompían en dos el cielo como si fuera el espinazo del universo. Una verdadera guía, como se solía decir, hacia Santiago de Compostela. Y en el caso de Lober, en dirección contraria a la ciudad gallega, la vía láctea orientaba hacia el empalme de la carretera, como si el camino con esencia de brea, que era la vía que transitaba por Lober, fuera un espejo en la tierra del camino de estrellas con refulgencia de nata. Y era aquella dirección la que tomaban la mayoría de los paseantes nocturnos.


Jeijo y sus amigos también decidieron aquella noche coger derroteros hacia el empalme. Salieron del pueblo con sus risas, sus voces y correrías de siempre, todo amenizado con una banda sonora platicada a golpe de cabezal de un viejo radiocasete. Sus siluetas se fueron fundiendo en la oscuridad de la noche mientras se alejaban del pequeño pueblo de Lober y avanzaban por su única carretera convertida en una guía de viandantes nocturnos en aquellas noches oscuras del verano alistano, un “suco” que conducía a piernas, patas y varas, bien en la ida hacia el empalme, o bien a la vuelta de nuevo al pueblo. Como otras noches, en su camino se encontraron a gente adulta regresando de su paseo, adivinados entre la espesura nocturna por las pequeñas luces de sus linternas de petaca que parecían querer emular a las estrellas.


Subieron por la carretera dirección al sierro. Bajo los pies de Jeijo y sus amigos el asfalto, aún caliente del martirio del sol, desprendía un escaso pero suficiente calor que desaparecía en cuanto sobrepasaban los límites de la cuneta. Era una extraña sensación pero a la vez agradable, y hacía de la carretera una guía más segura y confortable cuando los jóvenes se adentraban por ella en el frondoso monte y dejaban atrás su pueblecito. Durante el camino, se divirtieron cogiendo a puñados la gravilla de la carretera que posteriormente la lanzaban fuerte contra el asfalto. Su choque se convertía durante un tiempo fugaz en chispas, un pequeño resplandor nocturno formado por decenas de centellas que asemejaban y maravillaban, durante un segundo, como las estrellas en el universo. Cuando los brazos se cansaron, siguieron la senda de asfalto que los llevó a su destino: el empalme de la carretera de Lober con la calzada que iba desde Gallegos del Río a la nacional 122. Un cruce de caminos situado a poco más de dos kilómetros de Lober y rodeado por jaras que se comían las cunetas, que parecían un muro bajo la oscuridad de la noche sin luna, como si quisieran ser una barrera a los transeúntes para guardarlos y separarlos del mundo salvaje de la noche del monte alistano.


Jeijo, como el resto de sus amigos adolescentes, se tumbó en la carretera mientras reposaba su cabeza en el estómago de uno de sus compañeros, a la vez que éste hacía lo mismo con otro, de tal manera que casi todos fundían sus orejas en el cuerpo de alguien. Así, cada uno se convertía en una almohada viviente que producía un calor suficiente para contrarrestar el frescor, casi rozando el frío, de las madrugadas de finales de Agosto. Y desde el mejor calor del mundo elevaban sus pensamientos al infinito de un firmamento oscuro punteado en blanco.


Era entonces cuando la música se colaba punzante en los oídos de los jóvenes y en el inmenso vacío de la oscuridad. Si la música nunca faltaba en todo el día, tampoco lo podía hacer durante la noche porque le daba forma a las notas, las esculpía y las colgaba de las estrellas para que sonaran dentro de cada uno con más fuerza, haciendo la noche aún más mágica. Letras de amores con el inolvidable acento italiano de Eros Ramazzoti o canciones que no dejaban a nadie indiferente como las de Mecano, se mezclaban con las cintas de otros grupos extranjeros como O.M.D., Pink Floyd o Transvision Vamp y con canciones sueltas grabadas de la radio…, siempre con la música a todas partes, eterna armonía contenida en siete notas difundida en parajes solitarios, de otra galaxia, como los eran el empalme y su entorno.


Y así, con la música como segundero, fueron despeñándose en el vacío del tiempo los minutos y las horas. Jeijo cerró sus ojos. En la oscuridad de sus párpados cerrados seguían brillando un instante los luceros del cosmos. Cuando se desvanecían, los volvía a abrir y el espectáculo de la bóveda celeste llenaba otra vez su mirada de puntos blancos. Unos destellantes, como aguijones de luz, otros más apagados y temblorosos, como si en cualquier momento se fueran a extinguir. Cuando parecía que su mirada se iba a perder para siempre en las estrellas, los volvía a cerrar, y al poco otra vez abiertos. Su juego se interrumpió por el ruido del motor de un coche que los muchachos y las mozas iban distinguiendo cada vez más nítido en la lejanía de los montes alistanos. Uno de sus amigos incitó a los demás a ver cuánto aguantaban sin quitarse de la carretera. Al principio nadie se movió, pero poco a poco fueron levantándose del colchón de asfalto cuando el vehículo se iba aproximando a su altura. Sólo tres de los jóvenes permanecieron inmóviles hasta el final, o eso pensaron ellos que se levantaron a la vez, casi de golpe, nerviosos, cuando el silencio de la madrugada engañó a sus sentidos haciéndoles creer que el automóvil se encontraba más cerca de lo que realmente estaba.


El hecho de levantarse desperezó a todos de su letargo y decidieron irse a la cama. Además, el fresco de la noche ya se había convertido en un frío poco tolerable a las prendas veraniegas. Regresaron a Lober por la carretera, su particular vía láctea que conectaba la realidad del pueblo con el misticismo del monte, la vida humana con la salvaje del país de las jaras, y siempre, como guía del alma, la música y sus risas. Los ojos de Jeijo se volvieron a colar una vez más por las rendijas de la persiana del cielo, desliéndose en el inmenso universo al que, por chocante que pareciera, también pertenecía el pequeño pueblo de Lober, que sierro abajo se anunciaba por su escaso alumbrado público. Un trocito de estrella que brillaba en su corazón con la misma intensidad que lo hacía Venus en la noche negra, y que nada tenía que envidiar a la vía láctea y su bruma de estrellas dirección a Santiago… o al “empalme”. También, bajo la sierra de la culebra, fundiéndose con el cielo como si de otras galaxias se tratara, asomaban tímidamente las lucecitas de algunos pueblos alistanos. Jeijo sonrió al caer en la cuenta de que paseaba por el universo con sus astronautas preferidos.


A los que miran las estrellas y siguen viendo figuras
Jeijo


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Escrito por CALAiTO

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