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TAGS: Historia
16DIC2009

Historia de jeijo

Navidades. Tardes de cuentos.

Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.
“Los Cuentos Vagabundos”
- Ana María Matute.

Seguramente las mañanas más frías en la ciudad de Doña Urraca sean las de enero. El primer día de escuela tras la vuelta de las vacaciones de navidad era una de aquellas, por lo que a la hora del recreo se agradecía el frágil calor del sol. A Jeijo le encantaba jugar al fútbol todos los días con los de su clase. Media hora aliviada de libros y lecciones restregando sus zapatillas y pantalones por una arena del patio salpicada de pequeños cantos rodados. Sin embargo, aquel día sus ojos reflejaban una angustia que se transfiguraba en pequeñas lágrimas que secaba con sus ateridas manos. Unas manos que le escocían por dentro, mezcla de rabia y de impotencia por revivir unos buenos momentos que se esfumaban como las luces de su ciudad entre la niebla nocturna. Le invadía un sentimiento de distancia, de vacío y de soledad interior mientras recordaba una alegría y una euforia que habían desaparecido, y que extrañaba.

Aunque de lejos podía parecer que jugaba en uno de los campos de fútbol del patio con el resto de sus compañeros, no hacía caso al balón. Deambulaba por el amplio espacio de recreo como un vencejo con el ala rota. En su corazón todavía resonaban las navidades que había pasado en el pueblo, como de costumbre, junto a su familia. Vacaciones repletas de interminables juegos con primos y amigos, tanto al calor de una estufa, como entre charcos y hielo. Ansiaba volver atrás en el tiempo, regresar a aquellos días y hacerlos eternos.

Recuerdos y más recuerdos que lo obnubilaban de tal modo que no vio como el balón, desgastado y a medias de hinchar, se dirigía hacia él rozándole su fría oreja derecha, lo que le enfureció aún más. Pateó el balón hacia su portería y le llovieron críticas e insultos por tan estúpida acción. Jeijo se puso a jugar mientras volvía a una realidad cruda e implacable con los sueños, como el filo de un cuchillo que traspasa el corazón y ahoga en sangre los sentimientos y emociones.

Recordó, volviendo al pupitre, una historia que escuchó el día antes de la nochevieja. Era antes de cenar, con la noche bien metida en la tarde y junto al entrañable fuego que ardía en la chimenea de la casa de sus abuelos. Normalmente a esas horas, solía jugar con su hermano y sus primos en el salón de aquella casa. Revolvían los sofás, alternaban varios juegos de mesa y de naipes y atracaban el cajón del mueble en el que se guardaba el dulce típico de la Navidad: turrón del duro, blando o el codiciado de chocolate, mazapanes de soto, polvorones y frutas de Aragón, todo aliñado con peladillas, pasas, almendras y nueces. Y lo hacían a escondidas porque si venía alguno de los adultos se llevaban la reprimenda de siempre: “que luego no cenáis…”.

Tan larga era la noche que también había tiempo para disfrutar de alguna película o serie basada en cuentos navideños. Sus protagonistas eran variados: ángeles algo tarambanas que intentaban ganarse sus alas, gente desdichada a quien la navidad le cambiaba la suerte, niñas pobres de buen corazón martirizadas por mujeres diabólicas y un poco hechiceras, apuestos héroes que se las veían con villanos y duendes, o decenas de Papá Noel sumidos en absurdas peripecias a la hora de entregar los regalos a todos los niños del mundo. Cientos de cuentos ligados a la Navidad, desparramados entre villancicos y dulces canciones y cargados de buenos sentimientos que se guardaban en el cajón del olvido el resto del año. Aventuras conmovedoras de final feliz arremolinadas entre belenes y adornos desempolvados de año en año. Al fin y al cabo las mismas historias y cuentos, un mismo perro con distinto collar, pero que siempre ablandaban, a quién más y a quién menos, el corazón.

Aquella tarde vieja, como el año, Jeijo dejó por un momento el salón y se fue a la cocina. Allí, en el escaño y algunas sillas de madera, parte de su familia se apiñaba junto al fuego. Jeijo tomó asiento en la silla más pequeña y se arrimó a la chimenea para extender sus manos hacia una lumbre que ardía lenta, de talle bajo, como suspirando ávida de más leña. Sus manos entraron enseguida en un dulce calor que hizo volver la sangre a sus dedos a través de un agradable hormigueo. Sensación que se hacía más placentera al sentirse acurrucado al calor de las llamas mientras afuera, en la intemperie, se oía silbar el viento de la noche, frío, perverso como las brujas de los cuentos, que dejaba su rastro de hielo sin miramientos y pretendía con escaso éxito colarse por el hueco “enciscado” de la chimenea. El olor de la leña quemada pareció disiparse por momentos cuando su padre abrió la puerta que daba al corral. Acarreaba un fajo de leña de encina y, con él, un trocito de frío que encontró una oportunidad de filtrarse en la cocina y que enseguida se empotró en la espalda de Jeijo. Antes de cerrar la puerta y espantar la helada, su padre dejó pasar a un paisano del pueblo. Pasaba los cincuenta y peinaba pocas canas. Venía a saludar a la familia, pues era conocido de siempre, pero su trabajo en una lejana ciudad le impedía venir al pueblo tanto como deseara.

Una vez que su padre colocó la leña recién traída sobre la lumbre y azuzó los rescoldos con el fuelle, el huésped, con el frío en el lomo, tomó asiento junto a un Jeijo que observaba como las débiles llamas crecían poco a poco y trepaban por los troncos de leña engulléndolos en su haz de luz. Al poco, el fuego se agrandó de tal manera que su intenso calor obligó a quienes se sentaban junto a la chimenea a retirarse un metro hacia atrás. Mientras, el paisano, deshaciéndose de su chaqueta azul de lana, respondía a las típicas preguntas: cómo le iba, qué tal los hijos, cuánto tiempo sin venir, para cuándo la vuelta... El hombre respondía con los tópicos de siempre: bien, tirando; ahí andan que ya dejan a uno “pa’ atrás”; vengo cuando puedo que el viaje es largo; sólo Dios lo sabe… y a cada respuesta tornaba los ojos hacia la lumbre, mordiendo su labio inferior, aguantando la lágrima. Al final, en un arrebato, manifestó que ya le hubiera gustado hacer como el lobo del cuento.

Jeijo, que jugaba con las tenazas a quemar los porros más finos desparramados por el rellano de la chimenea, despertó de su sueño de brasas al oír la palabra de aquel bello y mítico animal, a la par que defenestrado y odiado durante siglos. Todos parecían preguntarse a qué historia se refería, porque leyendas sobre el lobo había muchas. El paisano sonrió levemente y luego carraspeó sobre su mano cerrada. No se le había pasado por la cabeza que en aquella visita tuviera que hacer de narrador, así que, en ademán de envalentonamiento, dio un trago al vino que le habían servido y, con parsimonia, inclinado hacia el fuego, se explicó:

“Pues cuentan de un cachorro que nacido en un pequeño pueblo de montaña, una vez destetado, fue adoptado por una familia que vivía en una gran ciudad. Si bien parece que tenían raíces en la aldea. El perro era “guapín”, salió a la madre, de raza cazadora. Un lebrel ¡vamos!, aunque algunos aseguraban que de padre tenía al mismísimo lobo. De vez en cuando, aquella familia, que lo cuidaba como si fuera un hijo más, lo llevaba al lugar donde había nacido. Era entonces cuando el cachorro la gozaba. Nadie sabe la razón exacta, pero, según iba creciendo, aquellas contadas escapadas no parecían ser suficientes. Puede ser que las almohadillas de sus patas no se acostumbraran al hormigón y prefirieran la frescura de la hierba. Puede ser que su mirada se perdiera entre tanto edificio y no encontrara su olfato el olor del tomillo. Fuera lo que fuese, cabe decir que cada latido de su corazón lo impulsaba a huir de la ciudad y a dejar para siempre sus humos y sus ruidos. Así que, llegados a este punto, en una de las tardes de paseo con sus dueños, en un despiste de éstos, se escapó. A pesar de las llamadas y los silbidos, no miró nunca hacia atrás. Debió trotar por cientos de calles hasta que por instinto salió de la ciudad y después tuvo que cruzar el campo llano hasta llegar a los montes que conocía…”.

El relato del paisano se interrumpió cuando un tío de Jeijo pidió paso para colocar, en el gancho que colgaba de la salida de humos de la chimenea, una lata agujereada repleta de castañas. Las llamas invadieron el metal, ennegreciéndolo aún más, y dentro, las castañas comenzaban su particular inquisición. El emigrante pasó sus dedos lentamente por sus labios y su barbilla y prosiguió:

“Claro está que cuando el perro llegó a su objetivo, las comodidades de las que disfrutaba en la ciudad desaparecieron totalmente. No tenía otro remedio que subsistir en el monte. Abreviando: se asilvestró. Tuvo que sobrevivir de la carroña, de la caza de conejos y lebratos. Hasta de ratones. A veces el hambre le hacía bajar a los pueblos y robaba gallinas, al igual que el zorro. Con esto se ganó mala fama entre los hombres, que le quisieron dar caza. Pero ni el hambre, ni la comida envenenada que algunos le pusieron como cebo, eran estorbos para seguir queriendo vivir en su tierra. Cuentan los pastores de la zona que lo vieron muchas veces cazando con los lobos, que a pesar de su pelo blanco con pintas negras y sus orejas gachas era uno más de ellos. Otras veces fue avistado como un solitario que se perdía entre el claroscuro de los carbizos o bebiendo el agua clara de los arroyos. Algunas noches se le oía aullar, y cuando cantaba el cuco se callaba…”

El arreón a la lata para que las castañas no se quemaran por un lado interrumpió al paisano por un momento, que aprovechó para darle otro trago al vino. El dulce aroma de las castañas asadas se iba notando en el ambiente y, mientras terminaban de cocinarse, todos miraban al horizonte del fuego. Nadie hablaba. Todos esperaban la continuación. El paisano, con templanza, recostándose sobre el respaldo de la silla, sabiendo que llegaba el final del cuento, entonó con voz grave y entristecida.

“Parece ser que dejó simiente y llegó a viejo. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se hizo la herida, que infectada, lo mató. Unos que si fue el colmillo de un jabalí que defendía su vida, otros que si la dentellada de un mastín que protegía a un rebaño. El día que traía su muerte, la helada fue tal, que tuvo que bajar a su pueblo natal en pleno día para beber el agua entre el hielo cuarteado de los pilones. Nadie se acordó de sus fechorías por los corrales y todos lo miraron con respeto. Al fin y al cabo, todos vivían de la misma tierra ¿no? Tras saciar su “sede”, puso rumbo otra vez al monte con paso renqueante. Por la noche se escucharon sus aullidos, mientras la luna llena se encaramaba al cielo. A la mañana siguiente, los perros de unos cazadores forasteros lo encontraron yaciente sobre la hierba, con los ojos abiertos apuntando al alba, pero sin vida para sentir la helada sobre su cuerpo. Los cazadores, ante los ladridos espantados de sus perros, se preguntaron qué hacía por allí un perro de caza parecido a los que ellos tenían. Luego observaron algo que lo diferenciaba y un escalofrío recorrió el espinazo de sus espaldas: eran sus ojos, de un color anaranjado, dorados como la miel de romero, fieros, de mirada profunda. No había duda ¡Eran los de un lobo!”

Un profundo silencio se apoderó de la cocina. Solamente el chisporroteo de la madera consumiéndose en el fuego se atrevía a romperlo, y a su vez lo remarcaba más en la mente de todos. Las llamas atrapaban sus miradas y sus pensamientos. Luego, todos cogieron castañas. La primera siempre quemaba de más. El paisano hizo una mueca doliente y apuró el vaso de vino. Él, como Jeijo, como casi todos, ya vislumbraba cercana la hora de volver a su rutina, cuando llegara el año nuevo, cuando la última castaña ya estuviera fría.

Y así fue. El petardeo aquella noche de las castañas en la lata se desvanecieron entre las doce campanadas que daban paso al día uno del mes primero. Más tarde, la canción con la que los niños pedían el aguinaldo en la víspera de Reyes se coló en las casas de los vecinos, y después, Lober se quedó a solas con las heladas y las lumbres, con la matanza colgada en las cocinas. Y al final, llegó el primer día de “cole”, y la primera clase, la segunda y el recreo. Y después la lección de ciencias naturales a la que Jeijo no prestaba atención porque se había distraído con el cuento del perro que se convirtió en lobo. ¿O siempre había sido un lobo? Por fin un relato en el que no era el protagonista pendenciero y mentiroso; el lobo feroz de los cuentos tradicionales que se narraban a los niños. Por fin una historia con la vida de un personaje camuflada en las entrañas de los emigrantes alistanos; el cuento de un lobo, de uñas desgastadas de tanto patear por el monte, vagando en la mirada de todos los que añoraban su tierra.

A los que leen cuentos con ojos de lobo.
Jeijo.


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Escrito por CALAiTO

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