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TAGS: Historia
31AGO2009

Historia de jeijo

Las bicicletas son para Aliste.

“… pero como todos los chicos de mi panda tienen bicicleta, yo no puedo ir con mi panda.
Las bicicletas son para el verano - F. Fernán Gómez.


Jeijo echó un rápido vistazo a un corral aplastado por el calor de las cinco de la tarde de un día de agosto. Observó a las gallinas con sus picos abiertos combatiendo el ardor estival bajo la sombra de un tejadillo de uralita y a los gatos despanzurrados bajo una higuera que decoraba una esquina del corral. Buscaba su bicicleta roja y en la primera ojeada no la vio. Luego se dirigió a la portalada dónde su abuelo solía estacionar el carro, pero allí sólo sesteaba la perra “Copa”; así que tornó sus pies hacia la panera que se encontraba en uno de los laterales del corral, casi convencido completamente de que algún adulto de su familia había guardado allí su bicicleta la noche anterior. Aunque ya no vivía en casa de sus abuelos, muchas tardes dejaba la bicicleta en su corral mientras jugaba el partido de fútbol que todos los días del mes jugaban él y sus amigos. Y al terminar la contienda balompédica, se iba a cenar a su casa olvidando muchas veces su bici en aquel corral.

En cuanto abrió la puerta de la panera, las gallinas dejaron de ser estatuas semimovientes que picoteaban con desgana la superficie del corral y fueron cacareando tras él. Primero, Jeijo constató que su bici estaba allí y luego, como otras veces, hundió sus dedos en el primer saco abierto que vio y, echando un ojo a que no lo viera su abuela, cogió un puñado de cereal que esparció por el corral para satisfacción de las aves. A continuación agarró el manillar de su bicicleta y la atravesó por medio del corral donde las gallinas finiquitaban aceleradamente su tapa de media tarde, abrió la puerta grande de madera que daba acceso a la calle y antes de que volviera a cerrarse ya daba las pedaladas suficientes para impulsar su vehículo hasta la era. Allí, a parte de algunos niños de menor edad traveseando entre los pilones y correteando por la áspera hierba de la era, se encontraban algunos amigos pasando el rato con un balón. El calor, pero sobre todo el escaso número de jugadores, enseguida los apartó de la idea de jugar un partidillo, así que se sentaron sobre la hierba y llegaron a la conclusión de que estaban cansados de interpretar – con el fin de conceder gol al delantero en cuestión – si el balón pasaba o no por encima de las piedras superpuestas que hacían las veces de postes.

Decidieron aquella tarde hacer unas porterías con postes de madera y, si se apuraban, quizás los largueros. Los pinos caídos del Ti Claudio tenían bastantes papeletas de ser el suministrador de su propósito, sin embargo alguien expuso la idea de poner rumbo a la ribera. Hasta allí había un buen trecho para ir andando, y por un momento esa idea se desvanecía en pos del pinar que estaba poco más allá de la punta arriba de la era. Sin embargo, uno de sus amigos dijo que podían ir hasta la ribera con las bicicletas por una ruta nueva que conocía. Cómo cortarían y traerían los palos sobre las bicicletas sería una decisión que acometerían en el momento de volver.

La ilusión se apoderó de ellos y convinieron en viajar hasta el río. Jeijo levantó su roja bicicleta postrada, casi caída, en la pared del pilón estrecho de la era. La bicicleta había vivido momentos mejores cuando sus padres se la regalaron unas navidades por Papá Noel. Ahora ya estaba algo destartalada debido al paso del tiempo, pero sobre todo por la caña que le había dado durante varios años por las calles y caminos de Lober. Sin embargo, era lo suficientemente válida para seguir disfrutando de Aliste. Y es que, si había alguna diversión que nunca se pasaba de moda, esa era la bicicleta. Daba igual ser niño, mozo o adulto; en Aliste era un pasaporte a la libertad, a recorrer cientos de senderos que no llevaban a ningún destino en particular y a la vez la mejor meta que se podía alcanzar: perderse bajo el sol, desaparecer entre la polvareda de un viejo camino, descubrir un nuevo paraje o detenerse bajo la sombra de un árbol arrimado a un sendero olvidado o sumido entre la vegetación.

La expedición constó de cuatro mozalbetes. Uno de ellos, el más joven y a la vez el más alocado encima de las dos ruedas, les guió por el nuevo camino que conducía a la ribera. Según sus palabras, la senda los dejaría junto al “pozo los bueys”, un lugar mágico bajo la falda del mítico monte de Peñalba, en el que el río Mena se apretaba en una presa hecha de grandes “fincones” con el fin de usar su agua en las huertas de alrededor. Un trocito de ribera engalanada con dos molinos y cruzada por grandes losas de piedra que denominaban “la puente”. Una larga rivera deslindada continuamente por alisos y chopos alargados, que vistos desde su tronco parecían tocar el cielo y escondían entre sus hojas verdes varias clases de tímidos pájaros, sólo adivinados por sus cantos. Para llegar a aquella pequeña jungla – que aquella tarde no llegarían a ver – tomaron rumbo por el camino de la era que conducía hacia al cementerio y torcieron, antes de llegar a él, hacia poniente. Era un sendero tortuoso y bonito por el que se veía durante un trecho la parte norte de Lober, ilustrada principalmente por cortinas, cuadras y pajares, hasta dejarlo a sus espaldas para adentrarse en la fronda del monte bajo.

La pandilla de cuatro se adelantaban unos a otros, aceleraban, frenaban, hacían el cabra y sobre todo disfrutaban del paseo y del paisaje que se embellecía cada vez más según se acercaban a la ribera. Cada golpe de pedal hacía deslizar los neumáticos de las bicis surcando la tierra y levantando una imperceptible polvareda que se escurría entre los matojos de hierba y jaras que delimitaban el camino. Cada vuelta de la cadena entre los dientes engrasados de la pletina y el piñón imprimía suficiente velocidad a la bicicleta que hacía que el aire estancado de la tarde veraniega se convirtiera en un soplo fresco en los rostros de los muchachos. Y cada giro de manillar a izquierda o a derecha les acercaba un poco más al afluente del río Aliste. Era en esos momentos cuando la vida parecía detenerse, y daba lo mismo si detrás del monte de Peñalba – que ya en la lejanía tenían en frente – el mundo hubiera sucumbido a una catástrofe, porque allí todo seguía igual; igual de bien.

Y así, pedal tras pedal, encadenados a un viejo sendero y agarrados a los manguitos de la bicicleta, llegaron a un punto del camino donde la tierra desaparecía, daba un giro de noventa grados hacia la izquierda y para su sorpresa se convirtía en una ancha avenida de hierba seca. No sólo parecía acabarse el camino, sino que su pendiente era bastante empinada y parecía terminar de golpe en un regato, afluente del Mena. Las bicicletas se embalaron por la cuesta. Jeijo tomó ventaja sobre su amigo pucelano y su primo, dejando en último lugar al más mayor de ellos que llevaba una bicicleta de color verde, una mezcla entre una bicicleta de paseo y las antiguas y grandes que todavía se veían derrengadas por algunas cuadras y pajares, y reparada y acondicionada durante la última semana con el sudor de su padre. La velocidad cada vez iba a más y Jeijo empezó a apretar ligeramente su freno delantero, ya que el cable del freno trasero se había roto días antes. En ese instante, escuchó la voz del piloto de la bicicleta verde gritando repetidas veces. – ¡Qué no frena!–. Mientras iba adelantando sin compasión a los dos primeros colegas y se dirigía sin control a la altura de Jeijo que, en esos momentos, apretaba el freno a tope cuando casi al final de la cuesta, que se empinaba todavía algo más, la hierba desaparecía y afloraban peñas sobre el suelo lo suficientemente altas como para pensarse seriamente no pasar por encima de ellas a gran velocidad.

Las ruedas de la bici de Jeijo dejaron de rodar justo en el borde de aquellos escollos y observó como su amigo imprudentemente le rebasaba. Su bicicleta iba frenada, pero sus neumáticos, que eran planos y no llevaban un mísero dibujo, resbalaban por la hierba seca sin hacer caso omiso a las zapatas que se apretaban, como los dientes de un lobo a su presa, sobre las llantas de ambas ruedas. Tal era la velocidad que saltó el desnivel que las peñas dibujaban sobre el terreno dejando la bicicleta por un instante en el aire y dirigiéndose a tremenda velocidad hacia unas grandes rocas levantadas sobre el pequeño arroyo que casi lo tapaban. Las alternativas para direccionar y frenar su bicicleta eran unos grandes zarzales que había a su izquierda y la pared de un prado a su derecha. La tragedia se mascaba...

Jeijo fue testigo directo de cómo su amigo se chocaba contra la pared del prado y salía despedido de su bicicleta hacia el interior del prado. Se hizo un silencio. El impacto había sido brutal y todos se temían lo peor. Boquiabiertos, los tres chavales dejaron caer sus bicicletas y fueron raudos a ver cómo se encontraba su amigo. Observaron las consecuencias del tremendo choque en la bicicleta: una llanta delantera totalmente torcida y metida hacia un cuadro que también estaba bastante dañado y desperfectos en los pedales, radios y reflectantes. El choque se había llevado también algunas piedras de la “parede” y había arrancado un arbusto de metro y medio. Su amigo tumbado boca arriba y mirándolos de frente, convalecía en la hierba del prado y se dolía en general. Lo ayudaron a levantarse y comentaron todos sus puntos de vista, todavía alucinados por la bestialidad de la jugada. El accidentado declaró que la opción más válida fue chocar contra la pared porque las rocas del riachuelo eran grandes y puntiagudas y una caída sobre ellas podía haber tenido consecuencias fatales sobre su espalda o su cabeza, y la idea de meterse entre los profundos y altos zarzales, evidentemente, tampoco le había hecho mucha ilusión. Todos le dieron la razón. La mejor de las funestas opciones fue la elegida.

Regresaron a Lober andando, cada uno con su bicicleta y ayudando al herido. Un poco antes de llegar al pueblo Jeijo y su primo se adelantaron para avisar a los padres del herido. La madre parecía visualizar el accidente y se lamentaba de lo ocurrido temiéndose muchas más contusiones de las que realmente tuvo – por suerte – y el padre nada más enterarse masculló.– ¿qué le ha pasado a la bici?–. Sabiendo, el mejor que nadie, el trabajo que le había costado adecentarla.

Aquella bicicleta verde no volvió a salir de la lobreguez de un garaje. Nunca más volvió a saber de caminos y veredas o de curvas entre esquinas de cortinas o del siempre dificultoso paso por la “colaga”. Además, hubiera sucumbido a la inminente llegada de las “mountain bike” que arrasó con los distintos tipos de bicicleta que, según la época, habían arribado a los polvorientos caminos del verano alistano y que iban perviviendo de generación en generación, de tal forma que se juntaban modelos diferentes: bicicletas de paseo de diversos tamaños, las de “carrera”, las de asiento para dos, las California XL2, bicicletas con manillar de “Harley”, incluso alguna de marca Peugeot. A Jeijo nunca le faltó bicicleta, pues pasaba mucho tiempo en el pueblo, y tuvo a lo largo de su infancia y adolescencia varios modelos. Y siempre se la dejaba a aquellos que no tenían, cosa que le costó más de una bronca de sus padres, pero de las que hacía caso omiso porque pensaba que todos debían disfrutar de aquel invento que parecía hecho por dios, como el caballo al hombre, para los jóvenes de Aliste.

Y es que con las bicicletas se podía jugar a mecánicos y ponerse las manos engrasadas igual que aquéllos, se imitaban a los saltadores de motos con rampas hechas principalmente con trozos de chapa robadas de la escuela de Tolilla y se contaban de igual modo las anécdotas de caídas, como cuántas pedaladas era uno capaz de dar haciendo el caballito. Jugaban a policías y ladrones, hacían circuitos y se cronometraban, derrapaban en la arena, en la gravilla de la carretera y en la hierba seca de la era. También, la bicicleta era un medio para hacer pinitos con el “tuning” cuando la decoraban con fragmentos de señales de tráfico para que brillaran entre las luces nocturnas o le colocaban un pequeño espejo retrovisor. Era el vehículo perfecto para asaltar otros pueblos, como si fueran jinetes guerreros con licencia para saquear lo que encontraban a su paso, y parecían motoristas cuando les daba por acelerar el manguito del manillar mientras un trozo de plástico duro, colocado oportunamente entre el cuerpo de la bicicleta y los radios, golpeaba éstos haciendo un ruido similar al de una moto “petada”. Y si la bicicleta no tenía frenos pues se usaba la suela de la zapatilla, bien contra el suelo o en la goma de los neumáticos. Y sin olvidar que era un medio de transporte ideal para llegar más rápido a los sitios: a coger un balón a casa, a beber agua de alguna fuente, o darse un garbeo por el pueblo y encontrar a los amigos, porque ellos, sí, eran los auténticos motores de las bicicletas y del engranaje de un maravilloso verano más.

A quien me pueda contar una buena historia sobre bicicletas.

Jeijo.


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Escrito por Jeijo

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