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TAGS: Historia
25JUL2008

Historia de jeijo

Una Historia muy Lejana


El mejor profeta del futuro es el pasado
- Lord Byron.

Estuvieron dando vueltas por el sitio que les habían indicado. Jeijo y su amigo habían deambulado un buen rato por un monte que caía vertical sobre el río Mena. Sus mansas aguas fluían bajo un fino témpano que tiritaba en el suave devenir del río, camino de su encuentro con su compañero el “Aliste”. Discutían entre ellos cuál podía ser el error y repasaron las indicaciones que les había dado la abuela de su amigo: bajar por el camino de Tolilla hasta que se hace llano para desviarse a la derecha y seguir un sendero que discurre parejo al río. Después, cruzarlo por un pequeño pasadero de losas de pizarra y posteriormente subir por un camino que conduce a un pinar situado en la falda derecha del monte pegado al río. Allí encontrarían parte de las murallas de un castillo, pero no vieron nada.


Tras media hora de pesquisas decidieron desandar el camino, más que nada obligados porque en los últimos días de diciembre la duración de la tarde era irrisoria. Además, aquel día una película de niebla alta ocultaba todo viso de luz solar, dejando los dominios del cielo al grajo que con su canto de aullido rompía el silencio del invierno disfrazado aquel día de un sudor empapado en la tierra, de un paciente goteo en las ramas ateridas de los árboles y de un frío húmedo que traspasaba toda la ropa que uno se podía poner para llegar punzante a los huesos. La andanza toda la tarde entre el oscuro verde de la hierba de la ribera y las jaras del monte había calado a los dos muchachos y, justo antes de atravesar el río otra vez por el pequeño paso elegido, en un lugar donde el río se estrechaba e inventaba diminutas cascadas plateadas, junto a unas rocas, su amigo decidió encender un fuego.


La excusa era calentar los pies, pero teniendo en cuenta que estaban a escasos veinte minutos de casa, la verdadera razón había que buscarla quizás en la psique humana. Era la poderosa llamada de usar unas cerillas que había birlado de la cocina de la casa de sus abuelos y encender un fuego en el campo como habría hecho cualquier antepasado. Una tradición antigua que seguía viva en la piel del hombre a pesar de vivir en una era de tecnología y de bienestar. Puede que el fuego dejará de ser aquel primer gran invento de la humanidad que hizo al ser humano abandonar el camino de las bestias, sin embargo, en Aliste, aún seguía siendo una eficaz arma para todos.


El fuego tardó en coger fuerza. La leña que habían cogido estaba húmeda y al principio sólo expiraba un humo blanco que se perdía rápidamente entre el día gris. El amigo de Jeijo había sido previsor y portaba en el bolsillo de su cazadora suficiente papel para atormentar hasta el fin una leña que se resistía a su incineración. Al final, una llama lenta pero segura se hizo paso entre los porros y los fue quemando a la misma velocidad que Jeijo y su compañero se descalzaban y ponían sus botas y calcetines cerca del fuego. Pronto comenzaron a humear y los dos chicos colocaron sus manos por encima del fuego, en ademán de dominio, mientras se reían de su fracaso y decidían que volverían a intentarlo el día siguiente.


La vuelta a casa, con los pies envueltos en calcetines calientes, se hizo más cómoda y llegaron al pueblo cuando la noche se colaba sin piedad en un día opaco que no oponía resistencia. Lober parecía dormitar a pesar de ser las seis de la tarde y sólo daba visos de estar vivo por el humo que huía por las decenas de chimeneas que apuntaban como tímidos cañones al cielo. Las escasas farolas poco ayudaban a dar vida al pueblo y los dos mozalbetes se perdieron por calles de sombras oscuras dirección a sus respectivas casas y al resguardo de un buen fuego, otra vez.


Jeijo arribó feliz a la casa de sus abuelos. Para Jeijo las navidades eran una etapa del año muy familiar en la que pasaba extraordinarios días con sus primos y algunos amigos que pocas más veces veía. Los días se hacían cortos pero se aprovechaban al máximo: patinaban sobre charcos helados, jugaban con la nieve cuando hacía acto de presencia, practicaban el deporte rey en el resbaladizo césped de la era o hacían una buena fogata en la “palomara”. Una vez que las tardes se hacían noches, los sillones del salón de la casa de sus abuelos era un campo de batalla perfecto para que él, su hermano y sus primos se picaran unos con otros. También los juegos de cartas y de sobremesa eran habituales mientras la estufa de leña, un motor en propulsión, ahuyentaba a las frías garras del invierno de rasguñar a su familia. La diversión se completaba con la televisión de “las dos cadenas" que siempre emitía alguna película o serie que en esas entrañables fechas se consagraban tanto para niños y jóvenes.


El día siguiente despertó con una helada. La niebla había desaparecido por la noche y parecía que las estrellas habían dejado su impronta de polvo galáctico sobre la tierra. La buena noticia era que el cielo volvía a iluminar las tersas caras de los alistanos y se agradecía, sobre todo a la abrigada, el tibio calor del sol. Jeijo, después de comer fue en busca de su amigo. Éste había vuelto a interrogar a su abuela, pero la información sobre el sitio seguía siendo la misma. Lo único novedoso fue que según parece el castillo estuvo habitado por los “moros”.


La travesía del camino se hizo más rápida que el día anterior. Ya conocían por dónde tenía que ir para encontrarse con la historia. Llegaron al mismo lugar y volvieron a recorrer el monte. Se centraron sobre todo en la cima, pensaron que si había restos de un castillo, éste por lógica, debería encontrarse en lo más alto. Lo único que encontraron fueron jaras, robles, espinos y escobas; maleza en general tan tupida que apenas si se podía andar. Otra vez les tocaba volver a Lober sin nada en sus manos.


Al atardecer, una luna recién creciente parecía pinchar con sus dos cuernos el cielo violáceo. La decepción fue compañera de los dos chicos en su regreso. Al menos, la tarde había sido soleada y, mientras el sol se dignó en dominar el cielo, Jeijo había disfrutado del paseo por la ribera fundiéndose con el bello paisaje, aun a pesar de que la muerte invernal estaba presente en la mayoría de las plantas que los escoltaban. El viaje de ida había sido un cúmulo de sueños y alucinaciones en la cabeza de Jeijo que, como un pequeño Don Quijote, se había llenado de historias antiguas en las que las espadas cristianas en forma de cruz colisionaban contra las medias lunas moras en escaramuzas sin fin. Pensaba Jeijo que por allí pudo haber una batalla y a las pruebas se remitía: la leyenda sobre la campana de oro de la iglesia robada por los “infieles” y el castillo que estaban buscando. Sin embargo, todas aquellas ideas se desmoronaron como un castillo, esta vez de naipes, y los gigantes guerreros de ambos bandos sólo fueron aire en un monte que ofrecía unas magníficas vistas del pueblo de Tolilla y de la ribera del Mena. Al menos, pensó Jeijo, había conocido un bello lugar.


Los años pasaron y su pasión por Aliste hizo que la ilusión de historia arrebatada en aquellas navidades y en aquel monte volviera con nuevos bríos. Buscando nuevas rutas de bicicleta por la comarca alistana, cayó en sus manos un trayecto que pasaba por el castro de Mellanes. Jeijo había oído más veces hablar de la palabra castro, pero pensó que se refería a una manera de llamar a algunos montes y la incluía en ese diccionario con palabras que no tenían cabida en el castellano del siglo XX y sí en el antiguo dialecto leonés. Pero esta vez estaba equivocado. La ruta hacía referencia a que todavía se podían observar parte de las murallas y del foso del antiguo poblado celta que estuvo allí asentado. Jeijo se quedó de piedra. A pocos kilómetros de su Lober, existió un antiguo poblado celta del que había restos. Y él sin saberlo... Desde entonces investigó más sobre aquello y su sorpresa se acrecentó al comprobar que más de la mitad de los pueblos de Aliste tenían su castro, es decir, su antigua historia. Y así descubrió que la abuela de su amigo tenía razón, aunque hubiera errado en quiénes fueron sus moradores. Tampoco se extrañó porque, quizás por falta de estudios sobre la historia del país, la gente mayor siempre hacía referencia a la invasión musulmana para explicar parte de su pasado.


Así que un día de invierno otra vez, y cambiando a su amigo por su inseparable compañero de fatigas en sus largos paseos, un pequeño perro de color negro, puso sus ilusiones rumbo al castro de Tolilla. Hizo el mismo recorrido que antaño y se dio cuenta de que no se habían equivocado un ápice. Además, Jeijo comprobó que estuvieron justo al lado de la muralla y no la vieron, a pesar de que la pisaron. Claro está que la idea de muralla medieval que de niños poseían nada tenía que ver con la realidad. El castro de Tolilla aún dejaba ver un pequeño montículo de tierra que se levantaba sobre el suelo lo suficiente para darse cuenta de que aquello era algo hecho por la mano del hombre. No le quedó ninguna duda cuando descubrió, por la parte exterior de lo que quedaba de muro, una hendidura hecha sobre el terreno que según los entendidos fue el foso que rodeaba la muralla a modo de defensa externa.


Las ahora pobres y derruidas protecciones fueron importantes para los Zoelas, pueblo astur que habitó aquellas tierras antes de la invasión romana. Ya es una historia muy lejana, pero aquellos hombres y mujeres se sirvieron para sobrevivir del mismo paisaje que Jeijo aún podía contemplar. La misma tierra en la que uno todavía podía perderse por miles de veredas y decenas de arroyos serpenteantes entre los pequeños montes en los que seguían reinando el jabalí, el lobo y el ciervo, animales aún temidos, odiados y venerados, como entonces. Los antiguos poblados siguieron vivos con la llegada de los romanos hasta que el tiempo los hizo inútiles y se convirtieron en centinelas silenciosos y olvidados de los pueblos alistanos. Más vale tarde que nunca – se dijo Jeijo, y dio gracias por haber conocido aquello.



“A Ángel Esparza Arroyo, por su minucioso estudio sobre los castros del noroeste zamorano, que me ha hecho descubrir parajes encantadores”.


Jeijo.


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Escrito por CALAiTO

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