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TAGS: Historia
14JUN2007

Historia de jeijo

Una Tarde de Verano en la Era

Jeijo observaba impaciente como su madre, con la ayuda de un embudo de plástico de color verde, llenaba una barrila con agua fresca. Salía a borbotones de un cántaro colocado sobre una cantarera de madera oscura y vieja y que ocupaba parte de una pequeña despensa ubicada en la cocina de la casa de sus abuelos. A finales de aquel verano Jeijo cumpliría 10 años. Para un niño de su edad, pasar el tiempo estival en el pueblo era un regalo de los dioses. No podían existir mejores vacaciones. No conocía la playa, y de la montaña sólo había visto la sanabresa desde el alto del sierro en los días claros. Pero no le importaba en absoluto, ni siquiera se lo había planteado. Allí en Lober, tenía todo lo que un niño podía necesitar: cientos de caminos que recorrer, miles de cosas con las que jugar y millones de segundos para dejar volar su imaginación. Para Jeijo el pueblo de su madre era un universo paralelo y, a la vez, diametralmente opuesto a la ciudad en la que residía el resto del año.

Jeijo agarró una de las asas del recipiente cuando escuchó, como un eco venido de la profundidad de aquel barro labrado en Moveros, el sonido inconfundible del agua rebosando la boca de la barrila e invadiendo parte del embudo. Con brazos temblorosos consiguió levantarla, llevarla a sus labios y beber un poco de agua para dejar espacio al tapón de corcho, unido a la barrila por un fino cordel blanco, y la tapó. Jeijo, sin tiempo apenas de percibir el beso de su madre, salió disparado de la cocina, cruzó el corral sorteando gatos y gallinas y abrió la puerta exterior desde la cuál divisaba la era. Si aquel pueblecito, de casas con paredes de piedra y refaldos de pizarra, se podía comparar con otro universo, la era, entonces, tenía que ser su más reluciente astro. Los ojos de Jeijo, del color de las castañas, se llenaron con la imagen de aquel pedazo de terreno herboso, mayoritariamente seco en aquella época del año. Vista desde su posición, la era estaba flanqueada por dos caminos junto a los cuáles, a modo de muralla de protección y delimitando el terreno de la era, existían sendos pilones de agua. A su derecha, un majestuoso pilón de base cuadrada del que nacía un chariz de granito que dibujaba una especie de medio rombo y terminaba, a algo más de dos metros de altura, en un pequeño pico también romboidal. Del lado izquierdo, un pilón mucho más alargado y estrecho que estaba escoltado por dos majestuosos chopos, cercanos el uno del otro. Hermanos inseparables hasta el punto de que su fresca sombra se proyectaba sobre la era como una sola. Y cuando se levantaba el aire, “portugués” o “castellano”, sus hojas lo hacían sonar y, sin duda, salía más puro.

Jeijo avanzó hacia la era, pero no tomó ninguno de los dos caminos. Cruzó por entre los dos pilones que, rebosantes siempre de agua, formaban pequeñas charcas que hacían el paso intransitable, salvo por un pequeño camino discontinuo de pequeñas losas de pizarra colocadas sobre el barrizal y que cruzarlo por ellas se convertía en un divertido juego de equilibrio. Mientras pasaba de una en una, las ranas, molestadas en su baño de sol, saltaban y se escondían bajo el agua removiendo la arena del fondo. Jeijo se detuvo un momento en la losa más grande. Las observó con detenimiento y se dijo que más tarde volvería a ver si cazaba alguna. Para ello contaba con una rudimentaria arma que llamaba “ballesta” y que un amigo le había enseñado a hacer con sencillos materiales. Prosiguió su caminó y pisó la era. Lentamente fue mimetizándose en la vida y ajetreo que allí existía: parvas y parvones, carros, perros, vacas y algún que otro burro, medas construidas a base de manojos de color oro, señoras envueltas en pañuelos diciendo cosas que no llegaba a escuchar, paja y grano lanzado al aire, el mismo que momentos antes había pasado por entre las hojas de los chopos… El peso de la barrila iba haciendo mella en los brazos de Jeijo y se apresuró a llegar hasta el trocito de aquel planeta llamado era que en suerte le había tocado a su familia para realizar las tareas de la trilla. Aquel año, el país de su familia era el número 9, “como los años que tienes” le había dicho su madre a finales de la primavera.

Bajo la sombra de una meda le esperaba su abuelo, que sólo tuvo ojos para la barrila. Bebió hasta saciar su “sede”, mientras dos pequeños ríos de vida corrían por las comisuras de sus labios, se adentraban en sus incipientes arrugas y limpiaban parte del sudor y polvo de paja pegado a su rostro. Entre tanto, Jeijo no paraba de preguntarse por qué su abuelo vestía unos grisáceos pantalones largos con el calor que hacía. Terminó de beber, esparció agua por su cara y nuca y agradeció a Jeijo el favor. Éste, a su vez, observó como su padre, sentado sobre un trillo, le hacía ademán de que le llevara la barrila. Jeijo corrió hasta la parva, puso un pie en ella y saltó sobre el trillo. Mientras su padre se refrescaba, Jeijo gozaba de aquella atracción de feria. Observaba como el trillo, venido de la lejana Segovia, surcaba aquel mar de cereal que lentamente se hacía añicos por la lenta y, a la vez, eficiente labor de las pequeñas piedras afiladas e incrustadas, como dientes de tiburón, en el bajo del trillo. La parva era grande y por el lado interior del coso, y en sentido contrario al que iba Jeijo, navegaba otro trillo capitaneado por su abuela y con su primo como segundo de abordo. Sin parar de rumiar, tiraban del trillo dos vacas con una parsimonia y una paciencia, de esa que viene impuesta y no queda otro remedio, dignas de elogio ante aquel sol de justicia. Terminó su padre de beber y dejó a Jeijo solo en el trillo. Le dijo que era sólo un momento, mientras se quitaba su sombrero de paja y se lo ponía a Jeijo sobre su pelo lacio y algo largo. Jeijo se quedó perplejo observando como salía su padre de la parva en dirección a la sombra que hacía las veces de cuartel general de su familia. Nervioso ante aquella nueva experiencia, agarró las cuerdas que servían de mando de los dos “motores” del trillo y se sentó en el taburete. Hasta la segunda vuelta no se fue relajando y disfrutando del viaje, aunque siempre con un ojo avizor. De repente ocurrió lo peor. La vaca de la derecha, de piel rojiza, casi oscura en algunas zonas de su cuerpo, y largos cuernos apuntando al cielo, levantó su rabo. Primero orinó sobre la parva y, una vez terminado lo que a Jeijo le parecía el “Salto del Ángel”, se dispuso a proseguir con otras tareas de evacuación. En ese momento, Jeijo agarró, algo dubitativo, una lata vacía que tuvo como primer uso el envase de pescado en escabeche. Tenía unos treinta-cuarenta centímetros de diámetro y algunos menos de fondo, estaba bastante oxidada y apenas se dejaban entrever los dibujos de pececitos de color gris, sin alma, que nadaban sobre un fondo amarillo. Su interior, también desgatado, estaba algo sucio por restos secos de anteriores recogidas de excrementos. Se armó de valor y puso la lata casi pegada a las patas de la vaca. Soportó la caída de la primera boñiga, pero cuando cayó la segunda, sus brazos no resistieron, más por el asco que por el peso, dejando caer la lata y la mierda sobre el “pan”.

Como Jeijo era un niño, tenía licencia para que le ocurriera aquello y salvarse así de limpiar lo acontecido. Poco a poco se fue cansando y desentendiéndose de la trilla. Le parecía divertido hasta cierto punto, pero también se daba cuenta de que aquello era algo muy serio para los mayores. Esperó a que su primo bajara del trillo y se fueron alejando del lugar buscando agujeros de grillos en los que introducían una fina y larga paja de centeno con la intención de apresar a sus moradores. Al final el destino los llevó a coincidir con su hermano y otros niños de variadas edades en los pilones. Cuando se cansaron de mojarse, cazar “sanguijuelas”, renacuajos, zapateros… y observar boquiabiertos el perfecto vuelo estático de las libélulas, como casi todas las tardes, se marcharon a jugar un partido de fútbol en otra era, más pequeña y menos interesante que aquélla. Sin embargo, cuando cayó la tarde y el ejercicio de la trilla terminaba, un rato antes de cenar y mientras un sol grande y colorado se recostaba lentamente sobre su habitual cama de jaras y robles, la era se hizo pasto de los niños. Corriendo a ver quién se la “quedaba”, escondiéndose entre los parvones o escalando, los más osados, las medas, no había tiempo de parar. Tampoco se libraban los trillos que, atracados fuera de su mar de paja, eran ocupados y usados como coches deportivos, de policías y de ladrones. O simplemente saltaban sobre los sacos de color blanco que en su día guardaron nitrato y ahora, reciclados, almacenaban el trigo extraído ya de su madre. Jeijo era uno más de aquella invasión infantil llegada con la luz violeta y añil del atardecer, mientras luces temblorosas de nacientes estrellas iban llenando el cielo de pequeños testigos del fin de un día de verano más.

“A los que fuimos niños en Lober en los inigualables años 80”

Jeijo.

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Escrito por CALAiTO

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