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19JUL2007

Historia de jeijo

El País de las Jaras


La pronunciada pendiente de “El Carrilón” hacía resollar y entrecortar las palabras escasas de los tres mozos. Aunque iban con algo de prisa, Jeijo no tuvo más remedio que, casi llegando a su cima, detenerse. Le venía bien tomar algo de aire, aunque esto era un motivo secundario. Se dio la vuelta y observó su pueblo desde aquella posición altanera. Para él, no cabía la más pequeña duda que desde aquel patio de butacas de aforo ilimitado se contemplaba la mejor escena que se podía representar de Lober de Aliste.

Un color pizarra, pintado por un primerizo atardecer sobre la Sierra de la Culebra, hacía las veces de telón de fondo. A su izquierda, y en la función de tramoyista de los teatros alistanos, un sol que entre bambalinas de pinos y matorrales daba luces y sombras a un decorado de verdes, pardos y dorados montes. Éstos, desde la cierta lejanía de la cumbre del “Carrilón”, asemejaban olas que daban la impresión de querer engullir a un pueblecito que luchaba, a finales del siglo veinte, por sobrevivir y no convertirse en un mero hogar de veraneantes. Sobre las tablas del escenario participaban, ajenos al maremoto, actores formando una aleatoria conjugación de viejas y nuevas casas, maquillados con arrugas de piedras unos, en blanco resplandeciente o crudo otros.

En el reparto, aquí y allá, se entremezclaban corrales, cortinas y también olvidados pajares con sus viejas tejas enmarcadas en refaldos. Entre ellos, y con papel estelar, una actriz encarnada en la torre del campanario, con su cruz de granito cual peineta desafiando tímidamente al cielo e inclinada redentora hacia su galante altar. Como cierre al espacio de actuación, y a modo de foso para orquesta, se encontraban las “Peñicas” y su arroyo seco y tortuoso, cual minúsculo “cañón del Colorado”, en el que de rapaz había gastado muchas tardes.

Y así, boquiabierto ante la escena que, estuviera donde estuviera, siempre llevaba grabada en su retina, fue interrumpido por su hermano que lo llamó para continuar el camino. Los tres jóvenes pasaron la cima y comenzaron a descender por la cara solariega de la colina. Mientras iban descubriendo los montes que encajaban “Valdelmayo”, los chicos, apaleados por un estío lleno de interminables noches de fiestas en incontables coliseos alistanos y de tardes deportivas de fútbol y pelota mano en los habituales estadios de Lober, siguieron arrojándose por una pendiente que, cada vez más pronunciada, hacía que sus pasos se alargaran sin querer.

Tanto picaba, que bajar por allí sobre una bicicleta sin tocar el freno se había convertido años atrás, para él y sus amigos, en una cuestión de agallas, del mismo modo que subirla en la de llevar el nombre honorífico de Indurain. Así, y entre carriles de hormigas, fueron dejando atrás el melodrama de un Lober temeroso de su futuro incierto, pero ya escrito en guión, y que sólo esperaba a que se lo chivaran desde la caseta del apuntador ocupada, esta vez, por un verano que llegaba a su fin.

Pisaron la hierba sagrada del valle. Aquella que se reservaba para el ganado. A pesar de ser un año seco, en muchas partes del lugar, el pasto guardaba en sus entrañas el frescor de la primavera. Esa mezcla entre verdor y sequedad, unida a un cierto grosor en su espesura, hacía que hundir sus pies en ella produjera la sensación de estar pisando escarcha en pleno verano. Aunque seguían viéndose algunas vacas, principalmente era “pastiada” por los tres o cuatro atajos de ovejas que no habían viajado a la vecina y prima Sanabria. Demasiado pote para tan pocos comensales, pensaba Jeijo. El valle había contemplado mejores episodios de grandes festines que parecía que no se volverían a emitir. Ahora, más bien, la hierba quedaba a expensas de los inocuos dientes del viento que siempre, aunque en el pueblo pareciese que el día estaba en calma, corría por “Valdelmayo”.

Más fuerte unos días, más suave otros, pero el correr del aire siempre estaba presente por aquel largo pastizal que se traducía en la imaginación de Jeijo en un paisaje semejante a la estepa mogola por la que, ¡quién sabe!, podría aparecer la roja melena de Genghis Khan montado a horcajadas en lomos de su caballo. Sin embargo, el hecho de que aquel día fueran a la espera del jabalí con la escopeta de uno de sus acompañantes le hacía sentirse como “John Dunbar” en “Bailando con Lobos”, cuando es invitado por los indios a la cacería del búfalo por las interminables y salvajes llanuras de Dakota del Sur. Aquel rodaje en exteriores siguió hasta llegar a su destino: una fuente y sus charcas, valle arriba, donde habían preparado concienzudamente la espera.

Esa misma tarde, horas antes, y asfixiados por un sol encaramado en el cielo que apenas regalaba sombras, habían reconocido el terreno con el fin de elegir el sitio más adecuado para el acecho. Los signos evidentes de pezuñas hechas huellas sobre el fango, de hoyos escarbados en las inmediaciones de las charcas del valle y las rozaduras de barro seco sobre unos pinos cercanos, les había llevado a tomar la decisión indiscutible y unánime de apostarse detrás de una pared del prado que se situaba en frente del lugar de recreo de los cerdos salvajes.

La pared, ahogada en zarzales punteados de mora, era relativamente alta para lo acostumbrado en Aliste y les venía al pelo a la hora de posicionarse con la escopeta. De todos modos, para estar menos visibles a ojos indiscretos, construyeron en su retaguardia, a tres metros de la pared y a base de cuerdas y estrechas varas de roble, un parapeto no muy alto de ramas de escobas y alguna que otra jara. Para rematar la trampa, vertieron un poco de gasoil entre la charca y la pared.

Como la espera se podía hacer larga, decidieron cenar allí. El aperitivo, junto con la escopeta, lo había traído otro mozo en el tractor de su familia que estacionó monte arriba, en el camino de Samir. Cenaron matanza, latas de conserva y alguna pieza de fruta. Para Jeijo, comer en el campo era sinónimo de tranquilidad. Todo se hacía pausado. Se degustaba la comida de un modo ancestral, ajeno a las modernidades. Se comía sin prisa por terminar, sin necesidad de acabar rápidamente por el comienzo de una serie o un partido de fútbol. Mientras cortaba, navaja de Palaçoulo en mano, una tira de jamón sobre el pan, disfrutaba de la brisa, el paisaje y la última luz del día. Cada bocado era un deleite para las papilas gustativas en las cuáles se detenía indefinidamente cada uno de los sabores.

Salado, agrio, amargo y dulce se entremezclaban con jaras, pradera y arboledas en un menú frugal, pero a la vez especial por el realce de una hogaza casera amasada y mimada por la “ti Claudina” en el único horno de Lober que aún no había sido relegado por los pitidos emitidos desde una pequeña furgoneta cargada de pan, procedente de Gallegos o Ceadea. Quedando escasos minutos para que muriera el día, finiquitaron el yantar y recogieron los restos en una bolsa que dejaron cerca de la entrada de su guarida. A continuación se tumbaron sobre el suelo para hacer mejor la digestión y más llevadera la espera.

La noche recién comenzaba. Jeijo jugaba con sus pies en las hendiduras creadas por las piedras superpuestas de la pared del prado y sus manos, bajo la cabeza, se fundían con la hierba que aparentaba rezumar humedad. A su derecha e izquierda, en misma posición de relajamiento se encontraban sus tres compañeros. No hablaban. No podían. Apenas susurraban palabras contadas. Sólo escuchaban la posible llegada de la presa. Y mientras eso sucedía, cada uno de ellos, en sus pensamientos, dejaba pasar el tiempo que parecía detenerse mucho más de lo estipulado en un reloj suizo.

En verano, el silencio de la noche alistana era ruidoso. El aire, que discurría tranquilo y sosegado, se llenaba con los cantos reproductores y competidos de ranas y grillos, con el pío del tímido autillo, con el ruido disimulado, casi imperceptible, de algún ratón y con el rumor del ligero viento que acariciaba, más bien acunaba, rebollos y pinares. Aquellos ecos hipnotizaban. Aparecían y de repente desaparecían. Luego volvían, más estridentes ahora, más débiles después. O se callaban para siempre mientras parecían seguir resonando, indelebles, en los tímpanos de Jeijo.

Aquel sonido ambiente, inigualado por el “dolby surround”, más que despertar, mecía a los cuatro muchachos y los integraba, como un ser más, en la naturaleza salvaje de Aliste. O como le gustaba decir a Jeijo: el “País de las Jaras”. El cielo ayudaba al éxtasis de la relajación. El hecho de que la luna casi llena se deslizara por entre los montes de naciente y fuera escalando posiciones en el cielo, hacía que aquella noche, quizás, no fuera la más apropiada para dejarse llevar por el espectáculo estrellado del cielo alistano que, libre de aplastantes faros urbanos, humos artificiales y neones de colores adulterados, brindaba continuamente con sus luces de niebla de lejana procedencia. Aún así, la iluminación del techo del teatro era digna de observar con detenimiento.

Allí tumbado, Jeijo, presa de un embrujo, sentía que se había detenido el tiempo, que aquel momento silencioso lleno de murmullos se alargaría hasta el infinito y le hacía sentir vivo e inmortal. Parecía palpar que nada había cambiado. Que todo era igual a milenios precedentes. O casi igual. En el mismo instante que el frescor de la noche erizaba el vello de sus brazos, un pequeño y veloz punto de luz de un satélite surcando el cielo devolvió a Jeijo a la realidad.

La espera no se dilató por mucho tiempo. Cuando la noche todavía era una niña, empezaron a escuchar sonidos que llegaban muy débiles y que apenas se llegaban a distinguir de los demás ruidos nocturnos. Sin embargo, poco a poco, los nervios se fueron tensando en el momento que distinguieron el rumor cierto de los jabalíes por entre los pinares que se situaban monte arriba, a su derecha. Estaban algo sorprendidos. No pensaban que podían venir por ahí, tan cerca de ellos y casi por la espalda. Jeijo pensó que al final el parapeto había servido más de lo que se había previsto.

Los sonidos de los jabalíes se escuchaban cada vez más próximos a ellos. Los muchachos seguían tumbados aunque ligeramente incorporados para poder ver algo, más bien intuir. El sonido del paso firme por entre la hierba y alguna que otra resonancia gutural indicaba que uno de ellos estaba muy cerca. Además, parecía localizarse por el flanco de la entrada del caseto construido. Las dudas de por qué se acercaba tanto se fueron disipando: el jabalí había olido los restos de la cena y tenía la intención de proseguir con el festín. Cuatro, cinco metros no más, debía haber entre el jabalí y ellos. Distancia tan cercana que puso a todos con tal tensión que Jeijo escuchaba los latidos de su corazón bombeando sangre cargada de adrenalina ante la inminente acción.

En esto, su amigo el cazador se fue incorporando levemente para apuntar, sin embargo el jabalí lo vio y comenzó a chillar mientras subía monte arriba, dando la espalda al valle, a las charcas y al gasoil. Los mozos se levantaron como un resorte. Al alzarse, la mirada de Jeijo, acostumbrada a la oscuridad, rebasó la línea de la pared del prado y vio en las charcas a tres crías de jabalí que iniciaban, alertadas por su madre, carrera por el valle. Después, Jeijo se giró para ver como la escopeta encañonaba hacia la oscuridad a un cuerpo nervioso, rápido y negro que no dejaba de berrear.

Dos segundos después la escopeta descerrajaba dos tiros. Los dos cañones, sin piedad, descerrajaron la noche que se abrió por unos instantes a un silencio absoluto iluminado por dos fogonazos de gris pólvora que osaron competir en milésimas de segundo con la pulida luna. Tras ellos, se precipitaron dos balas al encuentro del salvaje habitante del “País de las Jaras” y mataron los susurros de las sombras. Se sumergieron las ranas. Se detuvo la brisa. Voló el autillo. Dos cartuchos humeantes, descargados de su rabia y su veneno, cayeron sobre la hierba mientras los cuatro jóvenes pasaban a un estado de excitación e inquietud por saber como había terminado todo.

Les pareció sospechoso un bulto quince metros más arriba. No se movía. Dudaron unos segundos y, armándose de valor, se decidieron ir a su encuentro. Se acercaron lentamente hasta comprobar, decepcionados, que era un matorral más de los tantos que habitaban por aquellas tierras sin labrar. De la jabalina y su descendencia ni rastro.

A finales del siglo veinte, todo había cambiado en Aliste. Hasta el bar, donde Jeijo tomaba una cerveza y sus neuronas proyectaban a modo de “flash-back” la cacería de días antes, había sido décadas antes la Casa de Concejo. Entre la generación de Jeijo y la de sus abuelos sólo había una intermedia, pero parecía haber trascurrido varios siglos. La arraigada economía de autoconsumo había perdido su batalla contra las jóvenes e industrializadas ciudades a las que los hijos de Aliste, como los padres de Jeijo, habían comenzado a emigrar lustros atrás con la humilde intención de librar los fines de semana, de tener un mes de vacaciones o la de poder darse algún capricho de vez en cuando.

Esto se traducía en el paisaje alistano en la conversión de otrora tierras de cultivo y pastizales en semillero de enmarañado matorral, zarzales y ortigales que, no contentos en conquistar tierras de labor, ocultar “cañizos” y ahogar las plantas de bien, invadían también los caminos que las “rozadas” habían dejado de lado. Se convertían así en arrugas viejas de un campo cada vez más solo de la compañía humana pero, a la vez, más cortejada por animales que siempre habían estado allí en completa armonía con el hombre alistano. En los estertores del segundo milenio de la era cristiana, ese equilibrio hombre-naturaleza parecía balancearse en Lober.

Como ejemplo, la superpoblación del jabalí que se vislumbraba no sólo en montes, sino también en huertas, viñas, maizales y tierras de cereal. Sumido en estos pensamientos de presente y futuro de su amada tierra, Jeijo apuró el último trago de su cerveza y posó el botellín algo fuerte sobre la barra. Sonó a cierre. El verano daba a su fin y todos, como golondrinas sobre cables de la luz, se preparaban para volver a sus ciudades. La claqueta de la última escena, y con muchas tomas grabadas de veranos anteriores, dio un chasquido: tocaba despedirse, bajar el telón hasta otro puente, otras vacaciones.

Ahora tocaba la función de un pueblo olvidado, de puertas nuevas “pechadas” bajo un ataúd de viejos tablones, de calles sin tumultos, de una era añorando la algazara infantil y de blancas aceras sin conversaciones amarradas al fresco. Quedarían sólo los ecos de cerrojos y motores alejándose. Los pocos que no se iban tendrían un pase especial para el estreno de un “re-make”, otro más, basado en una soledad inundada de olas cabalgadas por jabalíes que seguirían siendo, más que nunca, dueños del “País de las Jaras”.


A los que les gusta perderse entre jaras”.
Jeijo.

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Escrito por Eltiodelbar

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