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TAGS: Historia
23NOV2007

Historia de jeijo

Caldo de Otoño”

El débil sol de otoño entraba escaso por la ventana de la cocina. Al abrigo de la chimenea menguantes brasas lucían entre ceniza y a su vera la familia de Jeijo, reunida gracias al “puente” de todos los santos, comenzaba a disfrutar de una comida copiosa y asada en la lumbre. Para regarla, su tío descorchó una botella de vino en la que había una pegatina roída y amarillenta de la que apenas se podía leer “vino de la Rioja” y que ya nada tenía que ver con la procedencia de su contenido. Sirvió a los comensales y enseguida Jeijo tomó el vaso y lo puso a trasluz un instante. Parecía sólido... Le dio un sorbo. Aquel vino se columpió en su lengua con un sabor fuerte, añejo como un coñac, casi se masticaba y su aroma no envidiaba al “bouquet” de un buen vino francés.

Miró a su abuela un momento. En ese instante las memorias de Jeijo se transformaron en un escalofrío que recorrió como una culebra de agua su espina dorsal y terminó en dos lágrimas que se mantuvieron a duras penas en sus ojos. Le vino a la mente la cosecha y elaboración de aquel vino, ocho años ha, y que, quién sabe por qué, seguía manteniéndose bebible. Entre sorbos de cristal y ruidos de cubiertos enredados entre platos, Jeijo recordó la vendimia de la uva que había sido madre de tan buen vino y que prodigiosamente había dejado tan buen sabor y había mejorado con el tiempo – como solía decirse del buen vino – en una tierra que no se lucía precisamente por sus buenos caldos…

… Su madre entró en la habitación temprano. Llevaba amanecido un rato pero como Jeijo y su hermano no eran madrugadores les costó levantarse de su cálida guarida. Jeijo se desperezó en cuanto salió a la calle. El sol de los primeros días de otoño aún calentaba y contrastaba con las lágrimas de rocío de la madrugada de tal manera que daba la impresión de que la tierra sudaba. Entre bostezos y estirones observó que toda su familia estaba preparada para ir a la vendimia. La mayoría montó en los coches, sin embargo Jeijo subió al carro que conducía su abuelo, vara en mano, rumbo al “sierro de las corzas”, acompañados por crujidos de los viejos listones del cuerpo del carro, el traquetear entre cantos de las ruedas de radios de madera y la lenta pero efectiva marcha de las dos vacas “uñidas” bajo el yugo.

Llegados a la viña, todos se equiparon con los aperos necesarios para la tarea: cubos, cestas de mimbre, baldes negros, navajas, gorras y sobre todo mucha disposición a doblar la espalda. Comenzaron la vendimia del lado contrario de la viña donde habían estacionado el carro y los vehículos. La viña, situada al sur de la falda del sierro de las corzas, tenía pocas carreras pero era tan larga que embutía en el alma la desesperación y la interrogación de cuándo acabaría la jornada.

La vendimia se realizaba entre pequeñas riñas sobre como debían atacarse las carreras – si a lo largo o mejor por filas – conversaciones de anécdotas sobre vendimias de años anteriores, de si la uva era mejor o peor, de si el tiempo había acompañado o no, o si era mejor la “híbrida” a la hora de recolectar. Palabras que se ahogaban en la espesura de los robles ladera arriba y que de vez en cuando amainaban y se transformaban en un silencio que sólo se rompía por el golpear de racimos recién cortados contra los cubos y por el ruido de las hojarascas de las vides violadas por los brazos de los vendimiadores.

A Jeijo le gustaba la vendimia porque eran días de reunión familiar, como un pequeño anticipo de las navidades y un extra al recién terminado verano. Si no fuera así, y porque le había empezado a gustar beber el vino, no hubiera estado muy dispuesto a doblar repetidamente la espalda o trabajar de cuclillas, incluso, cuando ya no sabía como ponerse, de rodillas sobre la tierra. Entre estos barrocos esfuerzos, recibía consejos de su abuelo y su padre para que aprendiera a dejar las uvas royas, pero estas advertencias no servían de nada porque todas le parecían iguales y ante una duda repetitiva, y por no preguntar siempre, al final lanzaba al cubo todos los racimos que encontraba a su paso.

Como agacharse no era santo de su devoción, siempre se ofrecía voluntario a transportar los baldes llenos de uvas para descargarlos en el carro. Su padre, su hermano, tíos o primos, todos en comandita y con los baldes de duro y negro plástico rebosantes de uvas a caballo sobre sus hombros y espaldas, daban la estampa de los personajes dibujados en los botes del Cola Cao. Y luego volvían a la tarea por entre las carreras balanceando el balde o parándose a coger algún buen racimo. Y otra vez a agacharse y sumergirse en aquel documental de minifauna enredada entre hojas, parras y babos: avispas con sus aguijones latentes y sus primas las abejas, “teresas” camufladas, arañas de largas patas y minúsculos torsos, incluso se dejaban ver ratones entre el terreno seco y algo pedregoso o perfectos nidos de media esfera olvidados ya por sus pequeños constructores. Y otra vez volvían las conversaciones sobre quién había venido a vendimiar al pueblo o, llegando ya a un punto de cansancio, de si se paraba a almorzar.
Hasta que el final esta maravillosa idea se hacía realidad: el último y algo duro salchichón y chorizo de la matanza del año anterior, jamón cortado en tacos, hogaza de pan, agua fresca, cervezas vino, aunque éste último no apeteciera con tanta uva en el buche, y manzanas eran pequeñas delicias que reponían las fuerzas no sólo del cuerpo sino que allí sentados y auspiciados por la sombra fresca de un “freno” y con un cielo dolorosamente azul como límite a las miradas perdidas surgidas mientras se masticaba, también descansaba el alma del ajetreo de la ciudad y de las sombras sin aliento de los edificios.

Como decía su madre, la vuelta a la tarea era difícil porque “con la tripa llena uno no se podía doblar”. Sin embargo, poco a poco, al igual que el trabajo incansable de las hormigas, las filas fueron disminuyendo y cuanto más cerca estaba el final más se aguantaba a terminar. Jeijo en la última fila se desentendió de coger más uvas y se dedicó a cargar en el maletero del vehículo de su padre los cestos llenos de uva para comer y lo cubos vacíos impregnados, al igual que las manos de los vendimiadores, del dulce de la uva.

Regresaron al pueblo. Tocaba comer. Lober se llenaba del ambiente de la vendimia. Había un olor especial mezcla de dulce, vinagre, humedad y sulfuro. La estampa del pueblo se empapaba con cubas y artesones en remojo por fuera de los pajares o junto a los pilones, con idas y venidas de carros y coches y sobre todo con la gente que regresaba al pueblo con el fin de convertirse por unos días en “químicos” del vino. Aunque hacía calor pasadas las tres, un estofado de patatas con carne era el mejor reconstituyente al esfuerzo de toda la mañana y mediodía. Tras el café y algún gato enredando bajo la mesa siguió la tarea.

Jeijo se enfundó unas botas verdes de agua que le llegaban a la rodilla y se aupó al carro junto a su padre que realizó la misma operación. Se subieron encima de un mar de uvas, porque el que se ahogaban hojas de vid, avispas y otros insectos, y comenzaron el proceso lento de ir aplastándolas para desbordar su jugo que lentamente se deslizaba por el artesón colocado en la base del carro y salía por su espita en cascada hacia un balde redondo y verde. De allí, se transportaba a las oscuras y añejas cubas de las que previamente se había eliminado el oxígeno que contenía quemando un poco de azufre en su interior y que dejaba un olor muy fuerte y desagradable en la bodega. El trabajo de pisar era arduo por lo que se relevaban entre varios. Todo el mundo seguía con alguna labor. Pisar, llevar el mosto y la “madre” a la cuba o desechar el tallo de los racimos pisados. Más trabajo pero más ameno y descansado que la recogida de la uva. Su abuelo fatigado por la jornada dejó de ayudar y se tumbó cerca del carro. Aunque su cuerpo decía no a seguir allí, su espíritu de agricultor le hacía retenerse, vivir lo que había sido su vida, estar con los suyos y pasar otro día más de trabajo de campo pero al fin y al cabo, como pensaba Jeijo, agradable si era bien llevado.

Su abuelo falleció poco después de aquella vendimia, no se sabe si antes o después de que cantara el gallo y cuando el otoño pintaba, y regalaba a los alistanos, un paisaje vivo de bellos y múltiples colores apagados de tonos ocres, marrones, naranjas, morados, amarillos y oro, que hacían del paisaje un puzzle por el que se colaba aun el verde furtivo de la primavera. Un otoño como otro cualquiera en que las hojas caían como una lluvia fina e incesante que sepultaba la tierra yerma y helada. Tiempo de ásperos y maduros madroños, de tardes desapacibles, de largas noches acurrucadas al calor y al crepitar de la chimenea, de castañas y de “setos”. Fue una fría mañana protagonizada por un sol perezoso que disputaba con las gallinas quién se acostaba antes. Un sol que madrugaba cada vez menos provocando pequeñas e inmaculadas nieblas agarradas a los fondos de una tierra que su abuelo hizo suya a golpes de azada, camisas sudadas y manos agrietadas…

… Acabada la comida, la botella de vino se encontraba vacía. Sólo restaba un “culín” en la que quedaban los posos y un color morado, casi negro, tintando el cristal. Jeijo apuró las últimas gotas de su vaso mientras pensaba que una muerte es una hoja menos que se desprende del alma y cae en la indiferencia del tiempo. Un alma que se tiñe de otoño a medida que trascurre el tiempo, como las canas en el cabello. Su abuelo se fue, lo mismo que desaparecían los negrillos y las cuadras, al igual que se convertían en trastos viejos los arados romanos, los artesones, las “palanganas” y los trillos, como los concejos y las rozadas. Sin embargo, antes de despedirse una parte de él se quedó y se coló por última vez en la bodega donde “cocía” el mosto dejando, como última hijuela, su impronta en aquel vino que Jeijo y su familia disfrutaron por mucho tiempo. Siguió presente en sus comidas, en sus recuerdos, en sus paseos por montes y veredas. Al final, Jeijo espantó la culebra de agua alegrándose de haber conocido sus tradiciones, su forma de vivir, las costumbres comunales que rigieron el pueblo, de aprender a ser justo en esta vida, de disfrutar con las pequeñas cosas que ofrecía Aliste y de no olvidar que al mal tiempo hay que darle buena cara porque al final la primavera siempre regresa.


(A mi familia)

Jeijo


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Escrito por Jeijo

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