ACEPTAREn aliste.info utilizamos cookies propias y de terceros con la finalidad de optimizar la navegación y obtener estadísticas que nos permitan mejorar los servicios prestados a través de esta página. más información
Qué lugares hay de interés en tu pueblo?

Añade uno
Descargate el PDF gratuito de ADATA
con la guía de setas.




aliste.info en facebook

Siguenos en:
http://facebook.com/aliste.info

aliste.info en google+

Siguenos en: https://plus.google.com/113384361826438383797

aliste.info en twitter

Siguenos en:
http://twitter.com/alisteinfo

aliste.info en youtube

Siguenos en:
http://youtube.com/alisteinfo

TAGS: Historia
21OCT2007

Historia de jeijo

Caramelos de Marina

Jeijo se dirigió al pilón de la plaza y se engarabitó en la base de la pila de la fuente. Contaba con siete años escasos y le costó subirse. Sin embargo, le convenía alcanzar aquella meta para prestar atención con detenimiento a todo aquello que era nuevo para él. Resollando y desde su posición de pívot de la NBA observó la plaza. Si había un lugar en la aldea de Lober que podía competir con la era como sitio de recreo y de reunión de sus vecinos era la plaza de la iglesia. Una plaza diminuta, coqueta, ni redonda ni cuadrada, perfilada al libre albedrío por la propia iglesia, dos casas, un corral de paredes altas, dos pajares y una destartalada “casa concejo”. El dibujo se rompía por la boca de cinco calles que conducían respectivamente a “la cuesta”, al “pallarico” y la calle de los “negrillos”, a la cantina, al barrio “la lana” y al “toral”.

La plaza era presidida por una iglesia ni más grande ni más pequeña que las estiladas por esos lares, con esquinas y campanario de granito labrado o de cantería y el resto levantada con mortero y piedras de la tierra. Sus tejas eran viejas y entre sus raíles se almacenaba musgo y alguna que otra pelota de tenis roída por el tiempo. El campanario se desvencijaba hacia el tejado del cuerpo de la iglesia, como si hubiera sido diseñada por el mismo arquitecto de la torre de Pisa, y en su parte superior destacaba una cruz de geometría casi griega. Bajo ella y en el esplendor de la espadaña había tres arcos: dos que cobijaban las campanas y otro por encima de éstas algo más pequeño donde no había bronce para tañer, lo que hacía que por su hueco pasara la luz del atardecer y esperara ansioso la devolución de la leyenda más famosa de Lober: “la campana de oro”. A naciente, en lo más alto del cabecero y en línea con la cruz, había una piedra blanca de cuarzo o jeijo. Justo debajo y en el interior del cabecero estaba Santa Marina, patrona con figura de ángel pero sin alas, ataviada con una larga túnica policromada y a su vez descolorida, puesta en el medio de un altar color oro y con gesto de preguntarse qué pintaba tan lejos del mar.

Aquel domingo, la plaza de Lober estaba más llena de lo que se acostumbraba tras la salida de misa. Esta vez, además de sus vecinos se habían unido otras personas “extranjeras” y estaban dispersas sin formar el habitual corro de los concejos o de las subastas de los santos que tan bien manejaba el “ti” Manolo Pérez. Por detrás de la muchedumbre y en su posición de centinela del pilón blanco manchado en sus bajos por barro, como la cola del vestido de una novia tras el fin de fiesta, y junto a los mozos que sentados a la orilla del agua reían mientras fumaban el tabaco que el padrino ofrecía una vez terminada la ceremonia eclesiástica, Jeijo, que de haber nacido niña hubiera llevado el nombre de la patrona, seguía observando. Era un día nublado aunque el cielo aguantaba como queriendo decir que el recién bautizado ya había recibido suficiente agua. Abuelos, viudas, matrimonios, solterones que parecían no haber encontrado su media naranja en las solteronas que afilaban ya sus garras, mozos y “semimozos”, así los llamó un cura una vez, niños de los “del pueblo” y de los que venían emocionados los fines de semana,… todos juntos parecían esperar algo a lo que Jeijo no acertaba a adivinar. Era su primer bautizo en Lober. La acogida de la tierra de Aliste en su seno humilde a un nuevo ser.

Pero a un Jeijo despistado le sorprendió que al final lloviera, más bien granizara. Emocionado, saltó del alto y corrió hacia el centro de la plaza. Sin embargo, no se guareció en la portalada de la iglesia como hubiera sido lo normal. Al contrario, Jeijo se dejó golpear por un granizo de colores que rompía el monótono día gris. Empezó a corretear por entre las piernas de los adultos y a chocarse con algún otro niño. Todos, pequeños y mayores, se agachaban y deambulaban por la plaza emocionados por una lluvia de caramelos que desde la posición de Jeijo parecían caer del mismísimo cielo. Recoger los caramelos de un bautizo era la parte lúdica tras el fin del acto religioso. La gente corría de un lado para otro, como pollos sin cabeza, en busca de los caramelos y soportaban empujones que en otra situación no se hubieran aguantado sin venir detrás una palabra malsonante u otro envite como respuesta. Todo daba igual. Era el momento de correr, empujarse, incluso pisarse… y mientras, el homenajeado en brazos de su madre no se daba cuenta de nada. Jeijo a pesar de ser su primera vez aprendió rápidamente la mecánica del juego de acopiar caramelos, incluso llegó a coger alguno al vuelo.

Pasó toda aquella algarabía rascando la tierra del suelo con sus uñas para “apañarlos” mientras sorteaba despreocupado, y con su mirada ya puesta en otra presa, los pisotones de solteronas cegadas por su sed de dulce, quién sabe si afectadas por la gula de acumular causada por el generalizado pensamiento existente entre la gente que vivió la posguerra del “por si acaso”. Terminado el festín preguntó a su madre de dónde había salido aquel maná infantil. Ella respondió – “por la cruz del campanario, hijo”. Sus pequeños ojos tornaron hacia el cielo, buscó la cruz y observó una parte esquilmada que tenía en el punto cardinal superior. Jeijo supuso que por allí, como en los volcanes, había comenzado la erupción de lava dulce.

Volvió a preguntar – ¿y quien los ha tirado por ahí? – su madre, siguiendo la broma, le contestó – “la señora que está en el altar, se llama Marina”. Jeijo se creyó todo a pies juntillas y le caló hondo como la gota gruesa que cae desde un canalón roto. El resto del mediodía entre desenvolturas sonoras de caramelos y salivaciones gustativas Jeijo no dejó de echarle un ojo a aquel milagro y otro, cómo no, a sus bolsillos repletos de sabores. Y todos los domingos cuando entraba en la iglesia y se acercaba a la sacristía miraba a Marina, con su mirada perdida en un horizonte que no veía, y le daba las gracias por endulzar la vida.

En otro bautizo, un Jeijo algo más mayor, se dio cuenta que los caramelos, y si había suerte duros y pesetas, los lanzaban los padrinos desde el campanario o, más habitual, desde la entrada de la iglesia. Aprendió que las nubes de las que procedían las gotas dulces tomaban nombre propio y su origen no era divino. Y aunque los años pasaron y los bautizos menguaron siempre miraba la cruz con respeto, como si tuviera un halo enigmático, y guardó perpetuamente aquel recuerdo de su primer bautizo como un tesoro de la infancia con la misma fuerza que atesoraba en su pantalón los caramelos de los bautizos.

Y la cruz siempre estuvo allí. Mientras jugaba a la pelota en la pared occidental de la iglesia, y casi pegado a ella, si miraba hacia arriba parecía tocar el cielo. O sentado al fresco en las noches de verano, por fuera del bar, daba la sensación de ser una estrella más que con su brillo opaco sólo iluminaba al pueblecito de Lober.

Sin embargo, en una oscura noche de un senescente verano una tormenta acabó con la cruz. El estruendo de luz buscó desde un cielo estremecido la vieja vigía impasible de la vida de Lober que desapercibida saludaba siempre silenciosa a sus vecinos, los mismos a los que vio en sus bautizos, bodas y entierros. Se despidió con otra lluvia. Esta vez cambió los caramelos por su esencia de antigua piedra que se desparramó, como estrellas en el cielo, por la plaza y por las tejas que aún siendo menos viejas seguían estancando alguna pelota. Se despidió entre sollozos de truenos quién sabe si cansada, triste, por el fin de un verano que como antaño, como en los bautizos, llenó de vida la plaza.

A Santa Marina, por venir de tan lejos para congregarnos en su plaza.
Jeijo



0 puntos
(0 votos)


Escrito por CALAiTO

+info


(c) 2019. Web powered by aliste.info