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TAGS: Historia
01FEB2008

Historia de jeijo

Tesoros

Mi primo, el mayor de la familia, y yo siempre soñábamos de niños con ser detectives. A través de la ventana de una de las habitaciones de la casa de mis abuelos, donde dormía mi primo, se nos podía ver intentando resolver casos que nos inventábamos o que agrandábamos sobre algún suceso acontecido que oíamos a nuestros mayores. Otras veces nos dedicábamos a espiar a las chicas o a otros niños. En épocas pasadas, aquella también había sido mi habitación que compartía en vacaciones con el mismo primo y algunos fines de semana con mi tío y una cinta de “Los Pecos” a la hora de dormir. Por eso, y otros motivos, allí siempre me sentía como en casa y estaba encantado de que fuera nuestro “cuartel general”.

Detectives era la profesión preferida, tanto que competía con la de futbolista – yo, un niño que no tenía más “novias” que una pelota con la que pasaba incontables horas –. Hacíamos que fumábamos cigarrillos imitando a grandes personajes del celuloide, como el duro Humphrey Bogart, admirábamos el refinamiento de Hercules Poirot y la perspicacia del gran Sherlock Holmes y nos reflejábamos en los personajes de la serie que tanto empezaba a cuajar: Corrupción en Miami.

No sabíamos que una tarde de verano, recién comenzada en el silencio de la siesta, tendríamos un caso real que pondría a prueba nuestra capacidad detectivesca. Habíamos quedado, como casi todas las tardes, con otro amigo en la sombra que dibujaba la casa de mis abuelos y que avanzaba lentamente durante toda la tarde, como un caracol pertinaz, hacia la era. Saliendo por la puerta pequeña del corral observamos como venía por el camino que conducía desde su casa hasta la era. Llevaba un paso ligero, con cierto ademán de persona de color del Bronx neoyorquino al ritmo del sonido de “Modern Talking” o su paisana “C.C. Catch” que emitía su radiocasete, de aquellos que todavía no conocían el sonido estéreo y el dolby surround.

Una vez los tres juntos, gastamos nuestra primera media hora intentando encajar guijarros entre las cuatro paredes de los dos pilones de la era. Era difícil, pero tenía su recompensa cuando veíamos la abombada trayectoria de una piedra que primero subía al cielo y luego descendía vertiginosamente hacia su objetivo chocando contra el agua y haciéndola sonar con un profundo eco, a la par que salpicaba gotas que flotaban en el aire unos instantes y luego desaparecían como si se evaporaran entre los rayos de un sol incendiado. Cuando nuestros brazos dijeron basta, dimos un respiro a las pequeñas piedras de nuestro alrededor y decidimos ir en busca de las tres chicas que el día anterior nos habían enseñado el inquietante juego de las Tijeras de Verónica.

Era simple. Unas tijeras abiertas introducidas hasta la mitad en un libro y atadas con una cinta a lo largo de él, de manera que tijeras y libro se mantuvieran en el aire con el simple apoyo de un dedo por la parte inferior de cada ojal de la tijera, con peligro de muerte si se metía el dedo por dentro, ya que se suponía que eran los ojos de una tal Verónica muerta en extrañas y macabras circunstancias. Por supuesto, el arma homicida fueron unas tijeras. El juego consistía en hacer preguntas en alto a Verónica que contestaría con un escueto o no en función de hacia que lado se moviera el libro. Y la verdad es que el libro se movía.

No tardamos en encontrarlas. En la Fontanina, auspiciadas por la sombra fresca de un grandioso pajar de piedra, junto a su puerta de madera que iba a juego en esplendor y altura con el resto del inmueble, estaban jugando otra vez con Verónica. Las dos más mayores en edad sostenían una por cada lado las tijeras y la otra niña, de mi quinta, parecía hacer alguna pregunta. Al llegar, nos unimos enseguida a preguntar banalidades: que si le gusto a tal, que si cuál está por pascual, qué si ganará la liga el “madrid”, la “real” o el athletic, etc. De pronto, la niña, incipiente mujer que había importado el juego desde Vitoria, hizo una pregunta qué tornó inesperadamente las carcajadas de la diversión del juego en bocas cerradas. ¿Existe algún tesoro en Lober? – preguntó. El silencio se concentró en las miradas cruzadas que los seis nos hicimos, sobre todo hacia la “vasca”, posándose finalmente con expectación en el movimiento del libro. Sí, fue la respuesta…

¿Qué sería del verano sin las noches? En Lober, el ambiente nocturno se llenaba de conversaciones enramadas, como la hiedra, en las pequeñas y largas aceras construídas en alguna de las caras exteriores de las casas. Otras personas, vara y linterna en mano, se aventuraban a adentrarse en la espesura de la noche y paseaban por la carretera camino del “empalme” o de Tolilla, no había más direcciones. Los niños teníamos un amplio repertorio de juegos: el “veo veo”, el “escondite inglés”, las comidas preferidas, el pañuelo o la rayuela. Sin embargo, el juego estrella para la noche era el escondite.

En la noche que siguió a la pregunta enigmática, el sitio elegido para “salvarse” eran las tablas cruzadas que tapaban la puerta de una gran casa blanca deshabitada, con cierto aire señorial, dinteles de granito en puertas y ventanas y con fecha de nacimiento: 1.915. El tiempo había hecho mella en la pintura blanca de sus paredes y en las tejas, lo que le daba un aspecto lúgubre y desangelado. Era un lugar ideal apenas iluminado por la bombilla de la casa de la Ti Dominga y por el que parecían pasar fantasmas – siluetas de niños – apenas perceptibles entre la poca luminiscencia de las bombillas que cada casa encendía para alumbrar sus humildes entradas hasta una hora prudente.

Comenzado el juego, me oculté en un oscuro callejón sin salida y tras mis pasos me siguió una de nuestras amigas vespertinas que sólo me dijo – “Tenemos el tesoro”. Aquellas palabras se deslizaron por mis oídos percutiendo cada letra dentro de mí como el insomne tic tac de un antiguo reloj despertador. No me había vuelto a acordar del tesoro imaginando que Verónica se refería al escondido en Peñalba. Aquel que estaba enterrado a tan poca profundidad que podía encontrarse a golpe de arado o pezuña de ganado: la campana de oro. Sin embargo, aquella frase me dejó confuso. ¿Acaso habían sido capaces de encontrar la campana? Me quedé pensativo, absorto, tanto que me tocó “quedármela” la siguiente vez.

Desde entonces, nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: "mierda en bote". Al final nos cansamos de no obtener pistas suficientes y llegamos a la conclusión de que Verónica se había confundido y todo había sido fruto de una broma hilada en el tedio de las primeras y calurosas horas de las tardes de verano. Casi ya olvidado el asunto, mientras apurábamos los últimos minutos antes de ir a comer sentados en la acera de la casa de mis abuelos, en una sombra que menguaba a pasos agigantados, observamos como las tres muchachas llevaban un objeto no muy abultado que apenas se hacía visible excepto por su color amarillo chillón.

Se dirigían dirección a las escuelas, calle abajo. No nos bastó decirnos nada, sabíamos que podía ser el tesoro. Las seguimos lo más sigilosamente posible y siempre con precaución de no ser vistos. Llegó un momento en que las perdimos de vista, pero justo antes de doblar la esquina por la que supuestamente debían haber pasado oímos sus voces. Parecían llegar del corral de Felisa y llegamos a escuchar suficientes palabras entrecortadas para entender que estaban enterrando el tesoro. No hacía falta seguirlas más, así que desandamos nuestros pasos y volvimos a sentarnos en el alfeizar de la misma ventana, como si no nos hubiéramos movido de allí. Al poco las “piratas” regresaron a sus casas. Un sol casi vertical daba la hora de comer y los cinco minutos de espera se hicieron eternos. Luego, apresurados cogimos las dos bicis que estaban aparcadas de cualquier manera sobre el suelo y nos dirigimos hacia el lugar dando un rodeo.

Encontramos el tesoro. Nuestros ojos se obnubilaron al ver un recipiente color amarillo que estaba enterrado entre el abono seco. Si alguien nos hubiera visto habría pensado que nos habíamos vuelto locos, como esas personas afortunadas que les toca la lotería de Navidad. Reíamos, saltábamos, pero decidimos huir del lugar enseguida por si volvían las dueñas del tesoro. Volvimos a montarnos en las bicis. Me subí en la parte de atrás de una de ellas y, mientras sostenía el tesoro, fui llevado en volandas por mi primo carretera abajo, dirección Tolilla, haciendo parada en Fuentelugar.

Nuestro amigo hizo los honores de abrir el recipiente. Sus manos nerviosas denotaban el estado general de los tres. Desenroscó la tapa y todos al unísono inclinamos nuestras cabezas. Nuestros ojos se centraron en su interior olvidándonos un momento del resto del mundo. En un segundo la ilusión se transformó en decepción y luego en una enorme humillación – me pregunté si el día de los santos inocentes no era en Diciembre –. Mi primo arrojó el contenido a la carretera y le dio un puntapié al recipiente. Un bote de Cola Cao que fue a parar al arroyo que regaba las huertas colindantes. Nos quedamos pensativos, abochornados, repasando lo que había pasado los días anteriores. La verdad se hacía más dura observando que el tesoro se componía de “caganetas” de oveja y boñigas de vaca. “Mierda en bote”.

El orgullo herido era menos pasando los días en Aliste. La amistad y el verano no se podían romper por aquella tomadura de pelo. Unos días más tarde, y en otro lugar del mundo se encontraron los restos del Titanic. ¡Menudo tesoro! Aunque a mí no me importó. Yo había descubierto la era y sus pilones, las charcas llenas de ranas en “Valdecarbayo”, los derrapes de las bicicletas, el agua fresca de la ribera del Mena, los pequeños refugios en que se convertían las aceras – con sus sombras de día y luces tenues en la noche -, el inquietante juego de Verónica, los partidos del atardecer, los “apartamentos” y las presas de agua en las “Peñicas”, los caminos por los que nos abríamos paso con nuestra música, los juegos de cartas, las moras y la gaseosa de sabores. Y lo mejor de todo: buenos amigos. Descubrí toda aquella diversión bajo un calor que no se apreciaba, sobre una tierra que no se quejaba, rodeados por estrellas que nos envidiaban.


A todos los buenos corazones que siempre descubro en Lober.

Jeijo
“Nos pasamos ni sé el tiempo buscando un tesoro que nos habían hecho creer que tenían, siguiéndolas a todas horas, y cuando les preguntábamos qué era ese tesoro, siempre nos contestaban: ‘mierda en bote’.” SALVA.



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Escrito por Jeijo

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