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TAGS: Historia
14JUN2007

Historia de jeijo

Lorca en Aliste

Un “ya” en tono apagado, casi silencioso, sonó en aquel trocito de una de tantas riveras alistanas. Jeijo lo pronunció a la vez que levantaba sus brazos hacia un cielo azul hecho jirones por pequeñas y dispersas nubes blancas. En frente de él, a algo más de dos metros, su hermano y un amigo levantaban también su brazo izquierdo y derecho respectivamente. En sus manos sujetaban un total de cuatro cuerdas de color anaranjado, de aquellas que solían usarse para atar “alpacas”. Del otro extremo pendía una red de color rojo entretejida con fibras de nylon de forma tan junta que apenas pasaba su dedo meñique. La red quedó suspendida en el aire por el peso de cinco piedras que se agolparon todas en el centro, provocando que casi tocara la superficie del arroyo que, en el lugar donde se encontraban, iba encauzado entre paredes de piedra que delimitaban dos prados. En uno de ellos había una pequeña huerta en la que se encontraba Jeijo peleándose con zarzas, ortigas y un manzano para hacerse un sitio relativamente cómodo. En el otro lado del pequeño río, sus dos compañeros compartían un prado dedicado al pasto. Se ubicaba en la falda de un monte emplazado en el lugar que las gentes de por allí llamaban “La Mina”. La razón de aquel nombre era que, unos metros más arriba de donde se ubicaban los tres muchachos, existían dos antiguas minas de las que Jeijo no conocía su fin extractivo. Estaban excavadas en horizontal, a modo de cuevas, que hacían que desde la distancia pareciese como si aquel monte observara todo con dos ojos negros como el cisco, de mirada penetrante y de incesante lloriqueo por el manar de agua desde su oscura profundidad. Sus preciadas lágrimas, que eran retenidas en una presa metros antes de la boca de cada mina, se guardaban para los meses de sequía con el designio de regar mediante un método de turnos llamado “a la roda” y a través de una red de estrechos canales que, como caminitos de ratones, llegaban a todos los rincones de las huertas colindantes al monte. Éste se precipitaba sobre la parte del regato en el que se encontraban y justo en su orilla nacía una hilera de chopos y alisos que servían de cobijo a los tres chavales. Bajo aquel tejado de hojas recién nacidas, Jeijo unió las dos cuerdas que sujetaba, se las pasó a su hermano y a continuación saltó hacia la otra orilla. Extendieron la red y quitaron las piedras. Seis ojos buscaron con avidez algún pececito enredado sobre aquella maraña roja que una vez había servido para transportar fruta. ¡No hubo suerte!

Jeijo volvió a saltar a su posición de combate y volvió su hermano a pasarle dos cuerdas. Luego, al unísono, posaron la red sobre la superficie del agua cristalina que trascurría por aquel rincón de forma sosegada, sin corriente perceptible, empapando con detenimiento y sin prisa cada una de las piedras que formaban las paredes de ambos prados. Esa paz y quietud contagiaba a los tres muchachos que pusieron las piedras sobre la red con calma y buen hacer. Una en cada esquina y otra en el medio. La malla se hundió rápidamente en el lecho del río, mientras Jeijo miraba a su izquierda intentando localizar alguna sarda. Así llamaban por tierras alistanas a un pequeño pez que solía medir entre cinco y quince centímetros, del color de cualquier otro pescado y con apenas apreciables manchas naranjas a la altura de sus aletas. Jeijo había oído hablar a la gente del pueblo que en tiempos de hambre las comían, al igual que culebras y lagartos, pardales y crías de tordos, e incluso sabía de una anécdota sobre cachorros de perro. Su abuela, en particular, decía que la carne del lagarto era exquisita, que su sabor era parecido a la carne del pollo. Jeijo, lejano a aquella época de posguerra y hambruna que sus abuelos, padres y tíos comentaban de vez en cuando en la sobremesa de comidas y cenas, tenía otras intenciones con aquellos animalitos acuáticos. Éstos se habían alejado del lugar de la red cuando se hundió, así que tuvieron que esperar en silencio durante unos cinco minutos. Tiempo que se hizo eterno en aquel lugar repleto de incontables variedades de buenas y malas hierbas, juncos cimbreantes al son del viento, árboles que tocaban el cielo y flores guardianas de los olores,... todo ello ingredientes de una gran ensalada aliñada con agua fresca, clara y algo “herrada”. Segundo a segundo, comenzaban a ver las sardas acercándose aunque todavía temerosas de la red, o quizás de los tres muchachos que desde allí abajo, para los lóbregos e hipnotizados ojos de un pez, tendrían seguramente la pinta de poderosos dioses dueños del cielo. Esta vez habían acordado no tirar de la red hasta que los peces no se hubieran familiarizado con ella. Eso les llevó otros cinco minutos más. El aire estaba en calma y por los oídos de Jeijo se colaba la partitura compuesta por la primavera para instrumentos tan variopintos como el canto hechizante de incontables aves, el apabullante croar de las ranas, el intermitente timbre de grillos y chicharras y el zumbido del vuelo, algo ebrio, de los insectos. En la lejanía, y como fondo a la sinfonía de vida que hasta el mismísimo Vivaldi hubiera deseado componer, balaba un rebaño de ovejas. Las sardas, condenadas a no escucharla, se acercaban a la trampa. De vez en cuando, alguna aventurera entraba sobre su dominio pero con un gesto veloz daba la vuelta. Al final, la desconfianza se fue tornando en alerta y poco después en despreocupación… Había cuatro sardas sobre la red cuando Jeijo y sus compañeros de pesca volvieron a tirar de las cuerdas.

Finalizada la jornada, los tres pescadores volvieron sobre sus pasos. Se pararon a beber agua en la fuente de la “Ferrada”. Era un bonito ritual, tanto al ir como al marchar, echar un trago en aquel manantial que se hundía en las entrañas de la tierra como diminuta puerta al infierno. Tras beber, tomaron el camino que unía “La Mina” con el pueblo de Lober. La corriente del río les perseguía en su andadura, serpenteando entre pequeñas cascadas, estrechos pasos y ovaladas charcas infestadas de “bichería”. En el momento que pasaba a su amigo el tarro de cristal que hacía las veces de pecera de las sardas pescadas aquella tarde, dejaron el camino principal y tomaron un atajo. Los primeros metros discurrían por un estrecho sendero que obligaba a los tres muchachos a ir en fila de a uno. Ristras de chopos por un lado y enfermos pero aún vigorosos negrillos por otro, a la vez que inundados en sus pies por espigada hierba y en sus caras por hordas de rabiosos mosquitos, convertían la senda en un trocito de selva amazónica. O eso le gustaba pensar al aventurero y soñador Jeijo… Siguiendo con la aventura, dejaron la frondosidad y pasaron a un horizonte más propio de la sabana africana en la estación de las grandes lluvias. En aquel amplio horizonte de la penillanura alistana, tres pares de desgastadas zapatillas saltaban prados, daban patadas a los cardos y surcaban la hierba recién cercenada por el semicircular devenir del “gadaño”. Más arriba, el aire abochornado se contaminaba con palabras banales que los tres chicos soltaban con el cierto criterio que le daba el ser opositores a mozos. En ello, Jeijo tornó su mirada hacia la derecha y observó el inacabable “Valdelmayo”. Observando aquel fértil valle, que esperaba el comienzo del verano para recibir decenas de bocas llegadas con las campanas tañidas en toque de “vacada”, Jeijo se dio cuenta que el paisaje se traducía en un solo color: el verde. Pero no era un verde uniforme. Podían verse tantas tonalidades del color de la esperanza que se hubieran necesitado varias paletas de pintor para poder dibujar un cuadro de la vista que tenía en frente. No era el mismo verde el de los frescos fresnos que el de las hojas de las frutales, de los pinares o de los robledales. No igualaban las pegajosas y nevadas jaras con sus vecinas las escobas, las protegidas viñas o las anfibias “arrabazas”. Y no conjuntaban las perennes hojas de las encinas, con los gallardos castaños, los majestuosos árboles de ribera o el verde de la pradera manchado de infinitas flores. Incluso el trigo y la cebada, en su etapa adolescente, tenían diferencias notables. Jeijo no lograba entender ese dicho de que azul y verde no pegaban en el vestir. En Aliste, en primavera, cielo y campo eran un bello conjunto.

Surfeando por aquel océano verde llegaron al pueblo. Para llegar a los pies de los pilones de la era, regatearon esquinas de empedradas paredes centenarias, fueron acechados por puertas de madera vieja vestidas, algunas, de coloridas cortinas, y se diluyeron entre sombras y claros dibujados por casas y pajares sobre un lienzo de compacta tierra. Arribados a su destino, y ante la atenta mirada de la posición de vigía del “Mayo”, abrieron el tarro y lo sumergieron sobre el agua de uno de los pilones. Los pececitos, liberados de su cárcel nómada, se habituaron rápidamente a su nueva casa y miraron con indiferencia a sus dioses captores. Éstos observaban orgullosos la nueva vida que habían traído a Lober: ahora sus vecinos podrían contemplar los peces mientras la “hacienda” doblegaba su sed. Allí, sentados sobre el abrevadero, los tres chicos terminaron la tarde. Los atardeceres de finales de mayo eran alargados y pausados. Parecía que el sol no quería despedirse nunca de la bella y vigorosa primavera en la que él, con sus dardos de luz, era principal protagonista. Se dilataba tanto la tarde que los gorriones tenían tiempo de revolotear en busca de una cómoda cama entre ramas de negrillos, zarzales, naves o corrales. En estos quehaceres de recogimiento, sobrevolaba solemne una cigüeña sus cabezas cuando la voz de la madre de Jeijo llamándolos sonó en su corazón como el botón de stop de un radiocasete. De repente, los oídos de Jeijo dejaron de escuchar la sonata que la primavera seguía tarareando. Fue como si aquella llamada hubiera apagado el televisor en el que se emitía un interesante documental sobre la espesa sabana africana o la prolífica amazonia. El corazón de Jeijo se apenó y su andar, en las decenas de metros que recorrió desde el pilón hasta el vehículo donde esperaban sus padres, se asemejó al deambular de un alma sin pena, un espectro que se estiraba con el fin de aferrarse con sus invisibles manos al borde del pilón. Aunque siempre era la misma canción, Jeijo, apesadumbrado, nunca se acostumbraba a volver a la rutina de la ciudad, a regresar al ostracismo de un paisaje gris y de un alquitrán que acababa comiéndose a uno por los pies. Antes de meterse en el coche, y después de despedirse de sus abuelos, volvió la mirada y observó con cierta envidia como su amigo, que residía de continuo en el pueblo, volvía a su casa despreocupado, sin prisa, latiendo su corazón con el botón del play bien apretado. Al cerrarse la puerta tras de él, cuatro de sus cinco sentidos dejaron Aliste. El vehículo arrancó y se fue alejando del pueblo entre humildes carreteras mientras los ojos de Jeijo, en un último esfuerzo por no marchar, se perdieron en el paisaje como lobos entre jaras y escobas, cual jabalíes hozando valles y charcas o a modo de milanos reales oteando prados y trigales. Jeijo, inmerso en aquel último recorrido y con la esperanza de regresar, recordó sus clases de literatura: “verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas,…”

A los que fuimos inseparables compañeros en la primavera de nuestras vidas



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Escrito por CALAiTO

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